martes, 13 de abril de 2010

20. Nahuel Toro


-Quiere decir "Tigre Valiente" -informa el Guillo.
-Pero si acá no había tigres -duda Luigi.
-Pero había pumas, y a los pumas también se les decía tigres -reinforma el Guillo.
-A los jaguares también se les decía tigres, ¿no? -y Andy fuma el largo cañote.
-Sí, así es... Creo. -Opto por callarme y mirar el paisaje nocturno: no mucho, campo y campo y campo y ni por asomo una sierra, un monte, una, bueno, nada de eso.
-Uppp, puf, para qué habremos salido de noche -Andy alarga el porro para atrás; lo recibo y hago uso, claro-. Luigi, un café, sivuplé.
El copiloto es Luigi, y como tal es el encargado de mantener despierto al conductor a como dé lugar: por ahora, con marihuana y café lo va llevando bastante bien.
-¿Cuánto falta, cuándo llegamos? -pregunto, en la más colgada.
-No empieces. Recién hace una hora que salimos. -El Guillo está agreta, muy ortiba. Le paso el armado, mejor. Antes, otra pitada.
-Es mejor viajar de noche, querido. -Luigi lucha por no derramar el termo encima de Andy, lo consigue-. Es más... Místico. Tu cofi.
-Más místico las garonchas. Bue, por lo menos no hay nadie, en la ruta.
-Estamos en pleno invierno, es la madrugada de un jueves, claro que no hay nadie por acá -el Guillo está muy de cara, todavía. Que fume un poco-. A ver... Para ser exactos, son las 4:16 de la mañana, sí. Up, ahhh.
El 1.6 pega un saltito, acelera a 100, 110, 120 km/h.
Jueves, 6:15 AM
Estación de servicio en la ruta. Cuatro jóvenes argentinos ingresan y piden cafés con leche, medialunas, galletitas de vainilla y limón, alfajores de dulce de leche, una petaca de ron cubano.
-Uh, ya falta poco.
-¿Cuánto?
-Dos horas, dos horas y media.
-¿Seguro?
-Siempre y cuando no nos perdamos.
-Agh.
-Los caminos esos, de noche, son un quilombo.
-Ni un cartel.
-Nada.
-Bueno, hasta que nos bajemos este desayuno, puede llegar a amanecer.
-¿Te parece?
-No sé.
-Siempre amanece.
-¿Seguro?
-Casi siempre.
Jueves, 8:33 AM
Amanecer. Las sierras cordobesas largan algo de vapor de rocío amarillento. Un Fiat color claro, blanco, crema, naranja pálido, da bandazos en un baqueteado camino de ripio. Estaciona frente a una tranquerita que lleva a un atípico chalet de montaña. Algunos pájaros hacen ruido. El pasto está escarchado en varias partes, escarcha que se derrite con los rayos del sol oblicuo.
-¡Llegamos a la casita! -el Guillo se entusiasma, será el día que comienza, será el ron.
-Primero entremos el auto, después armamos un caño, después desayunamos -organiza Andy y enciende un cigarrillo. Y se pone a mirar un hormiguero que está en la base de un árbol.
Entrar las mochilas y los bolsos y las cajas con las provisiones nos supone un terrible esfuerzo físico, y una buena porción de tiempo. Pero lo logramos. Voy hasta la cocina, abro la llave del gas, doy fuego a una hornalla, ¡funciona! Todo bien. Pongo agua a calentar. Vuelvo al comedor, busco y encuentro el mate y la bombilla, pero la yerba. Luigi corta las tiras de cinta de embalar de una de las cajas de cartón con un cuchillo que de dónde lo habrá sacado, es un cuchillo de caza, de monte. Abre la caja:
-Antes que nada, Luigi, dame la yerba -pido, y obtengo un kilo de Aguantadora-. Uf. -Hago-. A mí me gusta más la Nobleza Gaucha.
-No jodas, Martino; también compramos medio de Taragüí, ¿te va?
-Más o menos, bueno, sí, todo bien.
Entonces, Luigi va sacando y poniendo encima de la mesa: medio kilo de café Cabrales, un kilo de azúcar, dos, tres, cuatro botellas de vino tinto (Carcassone, dos Martins, Flichman), una botella de ginebra De Korenauer, una de vodka Absolut, una de tequila Conquistador (no la tengo, a esta marca), dos de whisky Blender´s, ¡un Jack Daniel´s!, ¡un Wild Turkey!
-Che, de comida... ¿hay algo? -llega y pregunta el Guillo.
Luigi saca dos paquetes de fideos y uno de arroz. Y de su bolsillo, un alfajor empezado.
Jueves, 12:47 PM
Andy y Luigi vuelven con el asado que acaban de comprar, en algún lado.
-Nos tuvimos que ir con el auto hasta la loma de la mierda. -Andy resopla.
-La loma de la mierda queda lejos, sí -el Guillo ya está tomando vino-, atrás de la loma del chimango y al lado de la sierra de los teresos.
-Es que está lleno de lomas y sierras, por acá -rubrico.
-Váyanse a la mierda, ambos -Andy se sirve un vasote de tintorro.
-Pero si acabás de venir de ahí, y decís que queda lejos.
-Uh, Martino, basta. ¿No ves que estoy cansado?
-¿No ves que Andy está cansado, Martino? -el Guillo se manda otro vaso.
-¿Y el fuego? -Luigi también se copa con el Carcassone.
-Me extraña, araña. Vamos a poner la carne, dale -me hace el Guillote y salimos hasta la galería, que por suerte o por previsión está cerrada con paneles de fibra de vidrio transparente. Es que hace un frío. Las brasas están perfectas, más que justas. Parecen latir. De hecho, laten, aunque creo que soy el único que lo nota.
Jueves, 5:01 PM
Termino mi taza de café, me hacía falta. Andy duerme, con sus anteojos oscuros, tirado en el sillón que domina el paisaje, desde esta parte de la galería. Paisaje: cielo despejado, una o dos nubes que se deshilachan, sierras, una paloma que vuela, un caminito de tierra que baja desde algún lado y que va a algún sitio, piedras que brotan de la tierra, muy poco más. Y silencio. Ahora noto ese algo que me incomodaba: el silencio, claro. Sonrío. Luigi bosteza y se duerme al instante, sentado en su silla. Nadie levantó los platos, todavía. El Guillo, detrás mío, me dice:
-A ver, Martino, sonreí, dale.
Me doy vuelta: está apuntándome con su cámara de video. Creo que sonrío.
-Decí unas palabras, dale.
-Uh, no, Guillo.
-Dale, che. Bueno -y empieza-. "Acabamos de llegar, ehh, a Nahuel Toro, mi casa cordobesa".
-Y ya estamos fisurados -ilustro. Luigi ronca. Andy parece desmayado-. Si la cámara deja de mirarme y apunta para ese lado, verá a Andy, que ya no sirve para nada.
-¿Cuándo sirvió para algo? -narra el camarógrafo.
-Y, un poco más allá, a Luigi, que ronca y, si la cámara se acerca más, así, bien, ¡eso! Eso que cae de la comisura de la boca de Luigi es, señoras y señores, salivita babosa.
-¡Corte!
Atardece, veo, porque las sombras se alargan minuto a minuto. Tengo sueño, también.
Jueves, 9:22 PM
Termino de cocinar unos fideos, los cuelo, saco la salsa de tomates con un toque de azúcar, bastante sal, pimienta blanca, pimienta negra, orégano, tiro los fideos de vuelta a la cacerola, le echo toda la salsita, mezclo. Llevo el menjunje a la mesa del comedor. Todos están muy contentos fumando el tercer, cuarto porro del día, así que nadie se queja de nada. Es más:
-¡Grande Martino, le chef!
-A ver qué tal está esto... ¡Muy bueno, che!
-Dale, querido, servite unos buenos platos.
Y se largan a comer con una desesperación digna de mejor causa. Aprovecho, atrapo lo que queda del caño, me voy a la cocina con la excusa de:
-Traigo hielo para el vino -y fumo con ganas. Ah. Otra vez. Ahhh. Ahora sí, el hielo. ¿Qué vine a buscar? ¿El hielo? Uhhh, a ver, otra seca. Creo que era el hielo. Seguramente.
Jueves, 11:04 PM
Andy se sirve otro vaso de Jack Daniel's. La botella se defiende lo mejor que puede, pero dudo de su resistencia: somos cuatro, y nos encanta lo que tiene adentro.
-¿Armo otro, eh? -hace Luigi.
-Pará, pará. -El Guillo parece lúcido, habrá que desconfiar-. ¿Cuánto faso trajimos?
-Con Luigi compramos un veinticinco -dice Andy y paladea su bourbon.
-Bárbaro, entonces. Con Martino compramos otro, y bien cargado.
-¿Entonces? -hace como que pregunta Luigi, ya alisando una seda.
-Vos dale, que yo busco las cartas y hacemos un truco. -Bebo mi néctar alcohólico-. ¿Y de plata, cómo andamos?
-Yo traje cien dólares -Andy se masajea la cara.
-Yo, unos cien pesos, también, o sea, cien dólares. -El Guillo está dejando su escasa lucidez debajo de la mesa, creo-. ¿Luigi?
-¿Qué?
-¿Cuánto trajiste?
-Cincuenta, casi sesenta.
-Medio poco. ¿Vos, Martino?
-Cien, también.
-Bárbaro. Nos alcanza.
-¿Nos alcanza para qué? -pregunto-. ¿Qué se puede hacer, en este lugar? ¿En qué podemos gastar la moneda?
-Eh, no sé. -El Guillo patina vocalmente-. Urc, glub, me parece que en asado, facturas, pan...
-Qué farra -masculla Andy. Eso. Masculla: habla entre dientes, con mala onda.
-¿Quién lo prende? -pregunta Luigi. Este chico arma porros a velocidad supersónica.
Yo lo prendo, pero ya me está entrando el sueño.
-¿Y las cartas, Martino?
-Up, ¿qué?
-¿No ibas a traer las cartas, vos? -sigue el Guillo, ya muy en pedo.
-Uppp, sí, ahí voy.
Viernes, 11:35 AM
Mucha luz por todos lados. Miro a mi alrededor: el Guillo duerme a lo roca muerta, en la cama de al lado. Me levanto, salgo al pasillo, miro en el otro dormitorio: Luigi que se tapa la cabeza con la almohada. Andy no está. Voy al baño, meo, me lavo la cara, me pongo un poco de dentífrico en la boca y hago unos buches. Sput a la pileta, cierro la canilla. Hace frío. Vuelvo a la pieza, me pongo un buzo y me calzo las zapatillas y salgo y voy hasta la cocina, la pava está caliente, así que armo un mate y lleno el termo y salgo a la galería. Andy, sentado en el sillón, fuma un cigarrillo y sorbe una taza de café.
-Cómo va, Andy.
-Tanto tiempo.
Nos callamos. Me cebo un mate, está fuerte, me cebo otro, mejor.
-¿Trajiste la cámara, Martino?
-Claro.
-Después nos vamos por ahí, caminando, y sacamos unas buenas fotos.
-Dale.
-Antes nos fumamos este caño que armé.
-Me parece bien.
-Ok.
Ruidos dentro de la casa. Aparece Luigi, muy dormido, con una botella en una mano y un vaso en la otra.
-Buen día -hace-. Tengo una resaca.
-Por eso te tomás un whisky, ¿no? -y me cebo otro mate. Tengo ganas de tortas fritas.
-No es whisky, es bourbon.
-Bueno, Luigi.
-Y sí, me tomo un traguito para cortar la resaca. ¿Alguien quiere?
-Bueno... -empiezo.
-Dame el vaso -se decide Andy.
-Sí, bueno, voy a probar qué se siente, a esta hora de la matina -concedo, y es que el mate se me antoja medio pelotudo, al lado de los brillitos y reflejos que suelta el agua dorada al recibir las partículas luminosas llegadas con el viento solar.
-Con Martino nos vamos a sacar fotos por ahí. ¿Venís, Luigi?
-Uhmmm... No sé. ¿Van con el auto?
-No.
-Ah, entonces no.
Más ruidos dentro de la casa. Algo choca contra algo y otro algo se cae y rebota, no llega a romperse. Una puteada, pasos, aparece el Guillo con mortal cara de zombie. Nos mira, mira a lo lejos, entrecierra los ojos, vuelve a mirarnos, se detiene en la mesa o en lo que hay encima de ella, frunce el ceño, tuerce la boca, se rasca la barbita de pocos días.
-¿Qué hace el Wild Turkey acá? -pregunta.
Viernes, 3:43 PM
El Guillo y Luigi se quedaron en la casa haciendo panqueques, los que tendremos, tendrán que rellenar con dulce de durazno (que es el único que trajimos), a menos que junten la suficiente voluntad para poder andar los irregulares tres kilómetros que nos separan de la despensa más próxima. Vamos a comer panqueques de durazno.
-Ahí, Martino, ahí -dice, se entusiasma Andy, saltando entre los yuyos y las rocas. Me señala una ladera bastante colorida, matizada de sombras que son proyectadas por una manadita de nubes que acaban de aparecer detrás de otras sierras, más alejadas. Supongo que no es una mala foto, pero sin el componente humano va a resultar bastante aburrida, así que:
-Ponete por ahí, Andy, a ver, si querés te podés sentar en esa piedra, dale.
Y el amigo me hace caso, dócil (es notable, pero todos me hacen caso cuando estoy sacando fotos), y toma posición junto, encima de una linda y afilada roca saturada de incrustaciones de mica. La luz reverbera, se quiebra, quiebra, estalla a través de mi lente y dentro de mi córnea.
-Listo, sigamos.
-Vamos por allá, mirá, ahí tenés otra foto espectacular.
Caminamos. A pesar del esfuerzo, el aire es fresco, increíblemente puro, no se oyen motores, ni nada que parezca humano. Llegamos hasta un arroyo, un arroyo casi de montaña, ¿o será un río?, porque ahora calculo que tendrá unos diez, doce metros de ancho. No es profundo, a lo sumo un metro en algún lado, así que intentamos cruzarlo. Pero el agua está helada. No se puede. Nos sentamos en una miniplaya natural, Andy enciende un cigarrillo, yo apenas si tiro un par de fotos y ya; en realidad tengo ganas de estar así, sin hacer nada, sin siquiera tener que medir la luz y encuadrar y pensar qué velocidad voy a usar, ni nada de eso. Ni nada de nada, para ser exacto. Nada. Eso. Nada. Las sombras están moviéndose. Por suerte, Andy no la sigue con eso de sacá esta foto, sacá la otra. Son todos fotógrafos, re-creativos, super-observadores, cuando uno está cerca con su cámara cargada (mi reflex siempre está cargada), y todos quieren despuntar el vicio. Bah. Tengo sed. ¿Se podrá tomar el agua de este río? El agua del Paraná es muy poco recomendable... Pero acá estamos en otro mundo; si hasta parece otro planeta. Miro el cielo: azul, azul, un grupo de nubes grises y blancas a la izquierda, otro grupo menor de negras y grises y blancas muy a la derecha. Bajo la vista, miro el agua que está a apenas un par de pasos de mí: es transparente, no sé si cristalina ("aguas cristalinas", eso está bien para una sucia propaganda, nada más), algo verdosa, o será el fondo que la hace deslucir verdosa. Me llego hasta la orilla, meto la mano, muy fría, pruebo un poco, parece buena, tomo unos tragos, está bien, me doy por satisfecho. No moriré envenenado. Al menos no por esto, creo.
-Vodka, Martino -dice Andy, y se pone de pie.
-¿Eh?
-Que volvamos. Ya fue.
Viernes, 6:17 PM
Acabamos con todos los panqueques y con lo que quedó de harina improviso unas tortas fritas, y le encargo a Andy que traiga grasa de vaca del almacén, ya que va con el auto a comprar cigarrillos. Porque freírlas en aceite sería algo triste. Ya casi no hay luz natural. Luigi pone un cassette de David Bowie, creo (no soy un experto en Bowie). El Guillo enciende un porrete, se tira en el sofá del living, pone la tele: se ven unas imágenes muy borrosas, llenas de fantasmas y que van del blanco y negro al color y viceversa, pero más blanco y negro.
-Qué cagada -y el Guillo hace off-. La antena debe estar mal puesta. Up-uppp. A lo mejor alguna tormenta la movió. Up-ep-bufff. Dentro de un rato voy a ver.
-¿Tenés una linterna? -simula interesarse Luigi, aunque está concentrado en la brasita del cáñamo.
-Seguramente. En algún lado.
-Pasá el faso, querido.
-Ugh, dentro de un rato voy.
-Afuera hace un frío de locos dementes -le advierto-. Andá y fijate.
-¡Ahí voy! -al tiempo que se levanta a lo jabalí agónico-. ¡Soy pura vida, hermano!
Y va en busca de la puerta que nos conecta con la galería. La masa de las tortas fritas se me está saliendo de control, parece que quiere tomar conciencia de sí misma, y se debate, se pega a mis dedos, uhhh.
-¡Eh, che! -me aturde Luigi-. ¿Vas a fumar o no?
-Uhhh -infrareacciono-. Y bueno, dame una seca.
Afuera, frenos del Fiat. Andy entra, cierra de un portazo.
-No saben la tormenta que se nos viene encima. El cielo está negrísimo. Tomá la grasa, vos.
Consigo deshacerme de la mancha voraz que es esta pegatina de huevos, manteca, sal, harina, agua; abro el paquete de grasa y pongo un buen pedazo en la sartén, a fuego lento.
-¡Uy, che, no lo puedo creer! -reingresa el Guillo-. Va a llover. Hay viento. Nubes por todas partes. Hasta puede llegar a caer granizo.
-¿Granizo? -se extraña Luigi-. ¿Te parece?
-Acá llueven piedras así de grandes -exagera, creo, el Guillo-. O a lo mejor tenemos nieve.
-¡Nieve! -repite una vez más Luigi.
-Voy a poner el auto debajo del techito -dice Andy, y vuelve a salir.
Doy forma a la primera torta, la tiro muy torpe a su baño de grasa líquida, que me salpica.
-Aylaputísimamadre -me asusto un poco.
-Qué boludo -me alientan a coro los amigotes.
Viernes, 10:10 PM
El fuego del hogar está al máximo. Afuera: truenos, relámpagos, lluvia, viento, todo junto. Andy y el Guillo juegan al ajedrez. Con Luigi vamos por el quinto partido de backgammon. La botella de Wild Turkey está a punto de vaciarse, así que la ayudo y no more liquor. Andy trae el tequila de la cocina, un limón, un salerito de porcelana. Tiro mis dados; voy perdiendo cuatro a tres, creo. Saco un seis y un cuatro. Retumban los truenos. Luigi insiste con David Bowie, pero como nadie lo amonesta, me callo. Saboreo mi alcohol. Estoy muy colgado y relleno de tortas fritas, igual que los demás, así que nadie piensa en cenar. Me estoy mintiendo a mí mismo: de hecho estoy sopesando la idea de comer algo; después, en todo caso. Relámpagos, truenos, el viento que golpea contra las puertas y las ventanas con terrible fuerza. Esto, en cualquier momento, se vuela como la casita de los dos primeros chanchitos; pero no, si ésta es de ladrillos, no problem. Algo choca contra el techo.
-Les dije que iba a granizar -triunfante, el Guillote-. Che, vos, jaque mate.
No se le puede ganar, al protocerdo. Es el capo del juego ciencia. La única forma es estando uno por completo sobrio y apostar a que el escabio y la marihuana le nublen el pensamiento.
-¿Dónde, jaque mate? -se enoja Andy, que cae de algún cielo o sube del infierno.
Y el Guillo le muestra y le explica la jugada de manera doctoral, humillando al contrario mientras intercala frases del estilo "es obvio", "cómo no lo viste", "muy fácil". Andy no espera a que su vencedor termine y nos encara.
-A ver, que quiero jugar.
No le damos bola y seguimos tirando los dados contra el tablero de madera, fichas de marfil. Así da gusto. Choques golpes chasquidos contra y desde el techo, el viento insiste, sacude las ventanas, fuerza las persianas. Pero todo está bien cerrado. Todo. Me levanto y apago a Bowie. Vuelvo a sentarme, agarro el cubilete.
Los sonidos de la tormenta son fantásticos.
Sábado, 10:57 AM
Me levanto total y por completo aturdido, cansado, semisonámbulo. Al pasar por el living hacia la cocina, veo que Andy ya está despierto, con una taza de café o té en una mano y un pucho en la otra.
-Está todo embarrado. No voy a poder sacar el auto -me informa.
-¿Café?
-Ajá -me responde.
Excelente, medio litro y vuelvo a ser operativo. Agarro un paquete de galletitas de agua de marca desconocida, made in Córdoba, voy al living, me siento.
-Le voy a decir al Gordo que nos haga gamba con lo del disco.
-¿Ehm? -mastico, mezclo con café apenas azucarado.
-Que le voy a decir que nos aguante hasta que salga el disco, y que después vuelva a ser el batero titular, una vez que nos conozcan.
-Querés quedar bien con todo el mundo, vos -lo molesto. Pero si es la verdad-. No se puede.
-Entonces, no sé, lo siento. Pero yo voy a sacar mi disco.
Bebo el café caliente, hago una bola con las galletitas ya masticadas, trituradas.
-¿Seguro que no podés sacar el auto?
-Seguro.
-Bueno. -Café, trago-. Vamos a tener que comer fideos con manteca.
-Y, sí.
-¿Hay queso rallado?
-No. Pero hay para rallar.
-Bueno, dale, vos encargate del queso que yo hago los, eh, spaghetti.
-¿Ya querés comer, Martino?
-Sí. ¿Por?
-Porque podrías armar un faso, antes.
Me doy un golpe en la frente con las yemas de anular-medio-índice de mano derecha.
-¡Uy, claro! -y me digo: es que todavía estoy algo dormido.
Sábado, 9:55 PM
Atacamos el asado por todos los flancos. Una molleja aquí, unos chorizos allá, chinchulines, seso, morcilla, las achuras son una orgía en sí mismas.
-Grande, Luigi, si no fuera por vos -elogia el Guillo.
-Eso, un aplauso para el valiente -se toma un vaso de Flichman, lo vuelve a llenar, Andy.
-Che, que yo también lo acompañé -me ofendo.
-Sí, pero vos porque perdiste en el sorteo. -Este Guillo maldito-. Luigi se ofreció como voluntario, así que lo tuyo no tiene peso.
-¡¿Cómo, no tiene peso?! -me indigno, ahora.
-Bue, paren -intercede Andy-. Sí tiene peso, lo de Martino... Pero menos.
-Ya traigo las tiras y el vacío -y el medalla de honor Luigi se levanta, haciéndose el modesto y diligente. Pero sé, sabemos, que lo hace para elegirse esa punta de vacío que en este preciso instante debe estar en su punto óptimo.
-Che, oigan -y el Guillo levanta una mano y nos obliga a prestar atención-. ¿Oyen?
Sí. Cada vez más fuerte, un silbido agudo, irregular, envolviéndonos.
-El viento -se encoge de hombros Andy y clava su tenedor en la última morcillita-. ¿Y qué?
-Otra vez tormenta, me parece -postula el dueño de casa, haciéndose el baqueano.
-¿No será un tornado, Guillo? -lo molesto-. A que es un tornado.
Llega Luigi con el asado. Abro el segundo Martins: el vino se termina, y no compramos ninguno de repuesto, en el almacén. De colgados que somos. La carne despide un humo, un aroma, la corto, la observo en largo plano detalle, más el sonido del viento. Muerdo.
Domingo, 4:15 AM
-¿Cómo, que se acabó el tequila?
-Se acabó.
-Traigo la ginebra, ya vengo.
-¡Y hielo!
-¿Cómo vamos?
-Veintiocho a... Veinticuatro, ganamos nosotros.
-A ver qué hacés con esto: envido.
-¿Vos tenés algo?
-No.
-No quiero.
-Truco, entonces.
-Tomen el hielo... Che, ¿jugás solo, vos?
-Para lo que me ayudaste en todo el partido...
-¡Quiero retruco!
-A la mierda.
-Dale, pasame la, esta, ¿De Korchenbagüer?
-El hielo.
-¡Quiero valecuatro!
-Loco, así no juego más.
-¡QUIERO, MIERDA!
-Y encima esta lluvia, y nos estamos cagando de frío.
-¿Por qué no le ponés más leña al hogar, a la chimenea?
-¿Por qué no vas vos?
-Siete de espadas, ancho de espadas, gracias por participar.
-No juego más.
-¿Armamos otro caño?
-Traé esa ginebra para acá.
-¿Hacemos un último partidito?
-El hielo.
-¿Por qué no armás vos?
-¿Eh?
-Y esta puta lluvia.
-Lindo, Córdoba. Mucho paisaje.
-Hay que venir en verano, que se llena de mujeres.
-Ajá, sí, claro.
-Bue, me harté. ¡Pasen el hielo!
-Si querés yo pico el faso, querido.
-Bárbaro, dale. Mañana será otro día.
Domingo, 4:25 AM
cricPUF!
-No.
-No lo puedo creer.
-¿Qué pasó?
-¿Sos boludo, vos, o te hacés? Qué va a pasar; se cortó la luz.
-¿Hay velas?
-Acá tengo una, pero es de marihuana.
-Prendela, que por acá hay un candelabro.
-¡Quién fue el puto que me tocó el culo!
Domingo, 2:47 PM
-Dale, Andy, que si nos apuramos llegamos con tiempo para bañarnos y comer algo, antes de ir al boliche.
-Vos dame un café, Martino, que estoy muy de la cabeza, todavía.
Le sirvo en la tapa del termo, le agrego un sobrecito de azúcar.
-Tomá.
-Gracias. ¿Y esos dos?
Miro el asiento de atrás: Luigi y el Guillo duermen, dos marmotas desmayadas a culatazos.
-Están arruinados. -Con el puño desempaño, más bien borroneo el vidrio de mi ventanilla. Afuera: viento, lluvia, frío, campo mezclado con alguna elevación. Adelante: la ruta, algo de barro sobre el asfalto oscuro.
-La naturaleza nos expulsa -masculla Andy.
-¿Qué?
-Nada.
Pero sí, lo escuché. Y tal vez tenga razón.

miércoles, 31 de marzo de 2010

19. Bar del Mal


La televisión tiene estos raptos de maravilla, a veces. Habiendo agotado varias vueltas de zapping megatónico, el Guillo se detiene (gran lucidez a alta velocidad) en un canal venezolano, colombiano, que da un especial del Gran Sandro De América: ahora onda años sesenta, en blanco y negro, con increíble bola de pelo y saquito pre-mod, cantando un rock and roll muy a lo Bill Halley pero en plan Sid Vicious, o eso se me aparece ante mis retinas sobrecargadas, ultrabombardeadas, bardeadas a tiros de laser red green blue.
-Ouuuhhh... -hace el Guillo y smokea y ya la tuca ha fenecido-. Sandro es GRANDE.
-Es lo más, lo mejor -me escucho balbucear, muy bobo y muy convencido-. Pasame el control, eh.
-¿Para qué? Ni se te ocurra cambiar.
-No voy a cambiar. Quiero subir el volumen.
-Dejá que lo subo yo.
-Guillo, dame el fucking control.
-¿Por qué?
-Porque es mío.
-El faso también era mío, y lo fumamos entre los dos.
-Qué tipo... A vos te hace falta, no sé, medio litro de whisky.
-Ahí tenés razón, Martino, ¿ves?
-Dame el control.
-Ouuuhhh... Mirá esas minas, cómo lo idolatran, a Sandro. Le tiran... ¿Qué le tiran?
-La goma, le tiran, igual que vos.
-Eh, qué agresivo. -El Guillo se me antoja una babeante medusa de 85 litros apoltronada en mi sillón preferido-. Che, ¿no tenés un VHS virgen?
-¿Qué?
-Un video, para grabar esta parte que queda del programa. Dale, que ya nos vamos.
-No seas rompehuevos.
-Dale, Martino.
-A ver -me resigno-, por acá puede haber uno -es que cuando se pone en caprichoso, quién lo banca-, acá, tomá tu video de mierda y grabá y dejate de joder.
-Cómo funciona esta videocassettera... Ah, así, así. ¡Ya está!
-¿Contento, feliz?
-Ouuuhhh... Sandro es MUY grande, Martino.

Corte a calle con autos que pasan muy rápido, postes de luz con luces faroles electricidades, árboles sin hojas, casas buenas, árboles con hojas, Oroño a esta altura es un lindo lugar en el mundo. Pero caminar con este frío, sin alcoholito en las venas, es degradante. Caminamos, sin hablar. Se oyen nuestros pasos, apenas. Los autos han dejado de rodar, mejor. Dejamos la parte central del boulevard, cruzamos, doblamos una esquina, ahora veredas rotas, destripadas, con cintas de plástico que dicen "PELIGRO" y carteles que dicen "Disculpe las molestias. Estamos trabajando para USTED". Al pasar, el Guillo saca su encendedor y le da fuego a una de las cintas, que se prende, se quema y se corta. Pero todavía quedan muchas cintas. Seguimos caminando. Antes de llegar a la otra esquina, cruzamos otra vez. El frío, estando tan colgado, me cae bien, cosa rara en mí. Respiro hondo, ah, hasta el cansancio parece pasar, y desde la esquina llega una música todavía indefinida, pero que me motiva a seguir caminando.
-¿Otra inauguración? -me pregunta el Guillo en la más desinteresada.
-Ajá.
-Estos bares abren y cierran.
-Ajá.
-Es increíble, no se cansan del fracaso.
-Ajá, eso es cierto, Guillo.
-¿Tenés las invitaciones?
-No hacen falta. El dueño es hermano de Lorena.
-¿De quién?
-Lorena, la novia de Luigi.
-Martino, Luigi se peleó con Lorena ayer, o antes de ayer.
-No. ¿Se pelearon?
-No se pelearon. Dejaron de salir.
-Entramos igual.
El de la puerta, muy eufórico al ver que el lugar se está llenando de gente, casi ni nos hace historia y al mencionar que somos amigos del dueño nos manda un efusivo "Bárbaro, chicos, bienvenidos, que la pasen bien, entren, entren", realmente convencido en algún lado de su cerebro esponjoso de vaca loca de que tiene una posición de poder; dentro de media hora, cuando le pinte el bajón, o va a ponerse a tono al baño, o los que vayan llegando se van a topar con un ogro muy diferente a este adefesio híbrido de Sarah Kay con cajero de McDonald's.
Hay una mesa en la parte de adelante, desde donde podemos ver una buena porción de calle y por sobre todas las cosas estamos a un costado del espacio donde fluye, corre la marea de gente cuando este lugar se llena. Y hoy se va a llenar. Mañana, quién sabe.
-Mañana, quién sabe -digo.
-¿Euh? -muge el Guillo, mientras se sienta.
-Que vayamos pidiendo algo para tomar. Tengo frío, todavía.
-Sí, eso, sí, pidamos algo bien potente.
-Entonces, tequila.
-¡Qué genio! -El Guillo achica los ojitos y sonríe como el pelado de la cabeza de Geniol, años ha-. ¡Qué claridad de pensamiento, Martino!
-Gracias. Ahí va la moza, eh... ¡Mirá, es Lorena!
Lorena, ahora ex de un amigo, se acerca.
-Martino, Guillo, qué tal, cómo les va -hace la mina. Está bastante buena, si uno pone voluntad, no demasiada.
-Todo bien -convence el Guillo-. ¿Ayudando a tu hermano?
-Y, sí, qué puedo hacer. Es como de la familia. -Tiene sentido del humor, eso sí.
-¿Te podemos pedir algo para tomar?
-Para eso estoy, Guillo -hace una pausita, nos evalúa-. Che, chicos, están muy locos, o me parece a mí.
-Te parece a vos -la corto, qué se cree-. Pero si nos traés unos tequilas sí nos vamos a poner locos... De la cucuzza.
-Ok... Tequilas, dos... -empieza a memorizar.
-Cuatro tequilas en vasitos de toc toc, cuatro rodajas de limón, sal fina -preciso en voz alta.
-Entendido, capitán -se hace la chistosa, da media vuelta y va hasta la barra. El culo, si bien parece fuerte, está grande, más bien ancho. Ancho es la palabra justa. Bien por Luigi.
-Ahí llegan los chicos -avisa el Guillo. Andy y Luigi entran, hablan con un par de chicas que parecen conocer, o no, y se nos vienen. Antes de llegar a la mesa, Luigi ve a su ex, se detiene, se le acerca, se saludan con un beso, todo muy civilizado.
-Tanto tiempo -y Andy se sienta, mira alrededor nuestro, bufa.
-Sí, como tres horas sin vernos -el Guillo parece nervioso: ¿falta de energía?-. Che, ¿cómo se llama el bar, este bar, ahora?
-Bar del Mal -mastica Andy, saca un cigarrillo.
-¿Del Mal? -repito. Pienso, unos cronosegundos-. Ah, ja, muy bueno.
-¿Te parece? -rumia el Guillo.
-Hooola, qué tal -hace Luigi, se sienta, mira alrededor nuestro, bufa.
-Tequila para los chicos, vodka para Luis, limón, sal; ¿vos, Andy?
-Ah, hola, Lorena. ¿Qué whisky importado tienen?
-Hay una promoción de J&B a cinco pesos, por ser el primer día.
-Ugh, eso me gusta. Traeme uno doble, por favor.
Lorena se va, con el Guillo nos clavamos los primeros vasitos, el sabor es excelente.
-Bárbaro, esto -hace el Guillo-. Quiero más -y chupa la sal y se traga el mexicali y muerde el limón-. Ahhhh mierda quiero más, más tequila. Apurate con el tuyo, Martino, que si no.
-No jodas. Ahí viene Lorena, pedile.
-J&B doble, Andy.
-¿Me traés dos tequilas más?
-Cómo no.
-Yo también quiero dos más. -Acabo de matar mi segundo, y el cuerpo ha reaccionado notablemente bien; entonces, a seguir. El bar se está convirtiendo en un quilombo, pero nosotros, ya sabiendo cómo es la cosa en estas situaciones, quedamos en llegar temprano. Y lo logramos. No como otras veces. Estamos aprendiendo.
-A la mierda, esto está de diez -y Andy resopla y toma aire y gluc se baja medio vaso.
-Che, querido, contame bien lo del productor -Luigi le da duro y parejo al vodka solo, hielo.
-¿Qué productor? -interrumpe el Guillo, pero su atención se desvía al ver aterrizar nuestros nuevos tequilas.
-Vos, manager, deberías saberlo, ¿no? -silabea muy mala onda Andy-. Pero te llamo para que nos reunamos en un ensayo de la banda y te hacés el gil.
-No me hago el gil, estaba ocupado.
-¿Haciendo qué? -mala cosa, Andy se hace gárgaras con el escocés-; no, ya sé, no me digas, ya sé. Te estabas haciendo la paja a cuatro manos. Pajero.
-Puede ser, sí, de hecho me estaba haciendo la manuela por tercera vez, forro.
-Forro te tenés que poner hasta cuando te pajeás, a ver si te autocontagiás de sida, puto.
-Andate a la concha de tu madre, Andy -escupe el Guillo y zoc tercer tequila.
-Che, no se pongan agresivos -quiere tranquilizar Luigi-. Mejor no hablar de ciertas cosas, ¿eh, Andy?
-No, tiene razón el Guillo -el tequila me pone pipí-cucú-. La Paja, señores, así, con mayúsculas, er, berp -fiúúúú, respiro un poco-, la PAJA, masturbación, PajapajaPaja, eh... ¡Quiero decir! -todos me miran, ¿maravillados? ¿horrorizados?, cómo pega este tequila-; bien, ahí va: masturbarse es una de las formas de equilibrar la simbiosis cuerpo/mente -bebo mi whisky, no, tequila-. Ah. El alma, por lo general, queda fuera. Berkfp. He dicho.
Ahora que consigo estabilizar mis ojos, veo que ninguno de los cerdos de mis amigos me presta atención, y en cambio se dedican a jadear y regocijarse con la jauría de perras en celo en que se ha convertido el flamante Del Mal. Shit, mejor beber.
-Como te decía, Luigi, y vos, manager, prestame oídos -Andy agota su provisión de líquido elemento-. Bue. El pelotudo este, Tapia se llama, es el que nos llamó para grabar el disco, ¿sí? Ahora me sale con que está todo bien con la música, los temas le gustan, pero.
-Ajá -hago.
-Pero quiere sacar al Gordo y poner otro batero. -Andy mastica al aire, busca a alguien con la mirada, o eso me parece-. Dice que no da con la imagen de la banda. ¿Me siguen?
-No puede ser tan hijo de puta -perplejo, el Guillo.
-Sí puede ser. Es el que tiene el contacto, y no sé si también pone parte de la guita que hace falta para la difusión nacional, la publicidad, qué se yo.
-¿Pero qué quiere, ese tipo? -se indigna un poquito Luigi-. ¿Un modelo?
-Ringo Starr era bien feo -apunto.
-Y Charlie Watts es una momia, siempre fue una momia -aumenta el Guillo.
-Convengamos en que el Gordo es, eh, algo desagradable -concede Andy.
Ahora el lugar está hecho un infierno; no puede entrar más gente, y sin embargo, desafiando las leyes de la física, los cuerpos se amontonan y se amontonan y se apilan llenando todos los rinconetes posibles. Empieza a hacer calor.
-¿Entonces? -la sigo-. ¿Qué van a hacer? ¿Hablaron con el Gordo?
-No, todavía no -se ataja Andy. Está a la defensiva. Es algo bien nuevo, viniendo de quien viene-. Ya veré.
-Mándenlo a la mierda, al productor. Un baterista no se cambia así nomás -se enoja el Guillote-. Y el Gordo será horrendo a nivel imagen, pero siempre estuvo haciendo el aguante.
-Tiene razón -apoya Luigi.
-Sí, sí, es verdad -busco mortificar lo que queda de la conciencia de Andy.
-Ya veré, dije. La puta madre, quiero otro J&B.
Estoy mareado, pero mal. No importa, me meto el tequila hasta acabar con él, él conmigo, miro culos y tetas y caras y piernas, en ese desorden. Me ahogo. Me asfixio. Hace un calor, una humedad, las paredes y sus gotas de sudor, y a pesar de todo los imbéciles que llenan el bar se esfuerzan lo más que pueden en mantenerse en pose, en estar lindos y agradables y tratan de hacerse chistes y tratan de reírse de sus chistes, sin lograrlo del todo.
-Ah, bárbaro este tequila -cacarea el Guillo-. Pediría otro, pero a quién. ¿Y la moza, eh, y Lorena?
-No la veo, querido. Tomá mi vodka, yo no doy más. Preferiría fumar un caño.
Sí, por favor, y de paso nos vamos sin pagar.
-Sí, vamos a fumar -me desespero, tratando de no caer de mi silla.
-Paren un poco que queda poco faso, y hay que racionar -se defiende Andy-. Además, el bar está bueno, está lleno de guachas, está.
-Apesta -tiro.
-Podemos ir, en un rato -el Guillo-. Pero adónde.
-Adonde carajo sea -tiro.
-¿Y por qué te peleaste con Lorena? -cambia de tema el cantante futuro-expulsador-de-bateristas.
-No nos peleamos. Nada más no queríamos seguir saliendo.
-Ah, bue.
-Che, hagamos un porrito, demos una vuelta. -El Guillo, manager del orto de Mahoma, se interesa en rajar, por fin-. Aunque sí, este lugar está bárbaro.
-No, yo me voy -estoy reloco, mezclado y surcado por remolinos.
-¿Y si nos vamos unos días a Córdoba? -larga Luigi.
-Uh, puede ser, podría ser. La casa está libre.
-Yo tengo el auto, Guillo, así que juntamos unos mangos para la nafta y el asado y las drogas.
-Dale, Andy.
-Sí, querido, así nos despejamos un poco. Ojo del Águila, allá vamos.
-Eh, mírenlo a Martino.
-Uh, está de última.
-Parece que se durmió.
-Va a vomitar.
-¡No lo llevo al baño, canté primero!
-¡Yo tampoco!
-Uy, carajo, mejor saquémoslo de acá y vamos a fumar un fasolitus.
-Dale.
-Eso.
-Vamos.
-¿Ya pagaron?
-No, no paguemos un soto.
-Eso, que hoy inauguran.
-Le van a echar la culpa a Lorena.
-Que se joda, por boluda. Y ayúdenme con este tipo, que se nos muere, queridos.

martes, 16 de marzo de 2010

Sueños


Para experimentar, de preferencia, escuchando los temas "Didjerama" & "Didgital Vibrations" del disco "Travelling without moving" de Jamiroquai, en modo de repetición continua ad eternum.


Hace frío, afuera hace frío.

En cambio, ahora que miro bien, las ventanas de mi cocina están derritiendo la escarcha.

Flashback; en blanco y negro:
-Si todo lo que dijéramos fuera verdad, fuera cierto, Martino, ¿dónde estaríamos?
Y el Guillo ríe y se calza una gorra de béisbol y mira amanecer junto al río Paraná. El aire está helado. Entre mis manos, un mate. Chupo la bombilla.
-Todo es relativo. Eso es verdad. Y estamos en Argentina, Guillo.
Andy se ajusta sus guantes de esquí. Fuma como puede un cigarrillo. El cielo es azul y celeste y rosa pálido y lila y no parece haber nadie excepto nosotros, en la zona recién abierta por las topadoras y los bulldozers.
-Podríamos ir a Córdoba, sería muy bueno.
Luigi habla, creo yo, para entrar en calor. Destapa otra vez la ginebra Bols, lo mejor que pudimos conseguir de su bodega particular. La franja de tierra y árboles y pavimento y piedritas tendrá tres, cuatro kilómetros; una curva irregular que nace de un costado de avenida Wheelwright y se une al boulevard Avellaneda, o viceversa.
-Luigi, poné un poco de ginebra en el mate.
Digo.

La imagen subjetiva de mis manos y el mate y el porrón de ginebra, y amanece.
Voy hasta las ventanas y hago dibujitos con mis dedos, jeroglíficos de los que no sé ni el sentido ni el significado, y me gusta que sea así. Soplo, echo aliento al vidrio: el vapor se condensa. Afuera, tanto frío, mis plantas van a quemarse con los cristales de invierno.
En mi casa: nadie. Sobre la mesa de la cocina: una taza con pura leche caliente, un pedacito mínimo de hash, un chocolate suizo con almendras, un cigarrillo, una seda, una nota que dice: "Otra vez tuve que salir, ahora por una semana. Cuidá a tu hermana. En el banco te dejé $200. En el freezer hay kilos de asado. Tu Padre. P.D.: Llamó tu madre, desde Madrid."
Miro el reloj de pared, muy kitsch, que cuelga encima y detrás de la heladera: 20:25, marca.
Busco fósforos, enciendo, caliento un poco la bolita de hash, la dejo, primero desarmo el cigarrillo y vierto las hebritas de tabaco sobre la seda king size, vuelvo a calentar el caramelito, lo disgrego con mis pulgar e índice, ya está, enrollo lo mejor que puedo, paso la lengua, armo, doy forma, bebo un sorbo de leche, ah está buena, otro sorbito, cool.
Voy hasta el equipo de música que está en el living, CD de ambient noise, trip hop, enciendo una vela aromática, vuelvo a la cocina, bebo más leche, enciendo el porro. Fumo, voy hasta la heladera, la abro, miro dentro, la cierro, vuelvo a la mesa, parto un poco de chocolate, lo mastico sin ganas, lo dejo.
Vuelvo al living, llevando mi taza de leche ahora tibia -el frío estará colándose por algún lado- y mi porro. Me siento en el sofá. Fumo. Me saco las zapatillas. Aumento el calor de la estufa. Puedo sacarme el pullover de lana y lo hago y lo dejo a un costado, y me saco también el pantalón de corderoy, fumo. Voy hasta la pieza de mis viejos, que está en penumbras, no enciendo la luz, puedo encontrar las pantuflas del padre y me las calzo y salgo y vuelvo al living y fumo. Y termino mi leche. Y fumo, pero estoy cansado; apago el porro a medio empezar en un cenicero de cristal y me lo llevo a mi cuarto, lo guardo en una latita metálica de pastillas de mentol. Apenas si prendo el velador de la mesita de luz.
Me recuesto, tiro las pantuflas a un rincón y me tapo con sábanas y frazadas y cubrecama tejido. Mis ojos se cierran, lucho por abrirlos, la música que llega del living es sobrecogedora y baña, tiñe de negro y escarlata el empapelado que cede su crema pálido a la invasión, la música, la cadencia, los sonidos desde tan lejos, mis ojos, párpados, mis.
Un rayo surca como un rayo mi corteza cerebral, parte con la fuerza de un rayo se clava, incrustación dorada en la duramadre. No quiero dormir. Abro mis ojos. Se cierran, en el instante en que desde algún punto inexacto de la música brota una fina, terrible lluvia, terrible lluvia de arenas azules.
Esmihumo, me digo me pienso, peroahcaeRtanlívido, me resisto al sueño me levanto y giro en busca de la puerta, de una puerta. Abro y paso a una calle desierta, ojOsSangrediablos salen de las bocas de tormenta y puf desaparecen al entrar en contacto con los globos plásticos llenos de ozono que flotan esquizofrénicos por las vías férreas de Rosario, sé que es Rosario, pero no hay nada que la haga reconocible, giro y a mi alrededor, a mi alrededor nadie. Arriba: la tormenta que se estuvo gestando por años y décadas está a punto de desplomarse con peso de montañas sobre los edificios de frágil papel de aluminio, de madera balsa. Busco y a mi derecha, una puertita de metal con un cartel pintado a mano a mano que reza club social y deportivo, desde allí salen dos chicos que me parecen conocidos, me sonríen y hablan: "Yo soy Pancho, yo soy Capocha", frasean al mismo tiempo, también al unísono me informan: "Tenés que traer el asado", regresan por donde vinieron y cierran la puertita de latón descascarado descascarado. Giro y me enfrento con una chica muy bella demasiado bella demasiado hermosa rubia de largos cabellos lacios y mirada voltaica, me sonríe y me habla en un idioma que no comprendo, tal vez nórdico, gutural, me extiende una mano que se cierra en un puño y ahora me fijo en sus dientes, son blancos, blanco-hueso, detrás el cielo se expande, explota en un naranja que se autobombea en más naranja y encima de todo una Luna de Miedo y debajo de todo el horizonte de tantos edificios y sin líneas sin continuidad, la chica muy demasiado luminosa me mira me habla no puedo comprenderla su rostro se transforma en la máscara del ODIO, giro y camino, mis pasos mis pies me llevan, me teletransportan, me doy un golpe contra alguien, levanto la vista, es Luigi, que está pasando un fajo de billetes verde-dólar a un tipo con todo el aspecto de un policía, con el corte de pelo y los zapatos de un policía, pero vestido de bombero, con un mono rojo y lleno de bolsillos y un lanzallamas bajo el brazo izquierdo, con su mano derecha agarra los billetes y los guarda en un bolsillo y de otro bolsillo y con la misma mano saca una bolsa de merca, se la entrega a Luigi, mi amigo me mira y me habla: "Soy el Ratón", me sonríe, "Estoy esperando al Cuis", quiero girar pero vuelvo a golpearme con el Ratón y le tiro la bolsa el bombero se aleja por calle Paraguay veo el cartel que grita Paraguay y Bombero lanza un chorro vómito de fuego hacia el cielo de tormenta; "NO", dice el Ratón veo que la bolsa se ha abierto y que la coca se desparrama por el suelo, cebo granulado; empieza a garuar, saco un cigarrillo, me he puesto nervioso, fumo pero sabe a café quemado, saco otra vez el atado de cigarrillos Particulares y se me cae un paquete, otra bolsa de cocaine, entonces yo también, el Ratón se desespera, me mira con algo de temor con algo de ansiedad, como podemos las juntamos a las bolsas a los gránulos desperdigados, como podemos las juntamos y empezamos a jalar del mismo piso, de las baldosas flojas que exudan líquidos jabonosos, no nos importa nada, pasa gente, gente. Pasa cantidad de gente. Nadie mira de la masa de ojos camaleónicos. El Ratón jala, yo jalo, esnifo y guardo la merca que se pegotea al contacto de la ahora llovizna, ahora llovizna, guardo la pasta amarillenta en un tupper que además tiene bolas de matza y maíz. Corrientes esquina Paraguay. Un resplandor todo lo ciega, el relámpago que todo lo borra. Se hace tarde, se hace tarde. Pancho y Capocha estarán haciendo un fuego, si no les llevo carne se comerán las alimañas que viven en los sucuchos del club, sucuchos recovecos. Relámpagos. El Ratón que jala y llora o es la lluvia de gotas gordas y el viento que se lleva la blanca. Un camión pasa a nuestro lado y atropella a una vieja de cien años que llevaba su changuito, el conductor frena retrocede frena y saca la cabeza por la ventanilla y mira al despojo aplastado y GRAN carcajada y vuelve la jeta y nos me mira y es el Guillo, con una gorra de béisbol que dice Killer Instinct 7 con grandes dientes que me nos dice: "Soy el Cuis", nos me sonríe malito, "Pero no puedo salvarlos, tengo una fiesta", quiero buscar un apoyo un poste un auto un algo el camión arranca y se lleva al Cuis y a la vieja enroscada es una anaconda en el caño de escape que suelta gases venenosos. Relámpagos. Giro y la misma vieja de cien años con su changuito que me empuja, empuja al Ratón con tanta fuerza, le da una patada en el tobillo y el pobre Ratón cae de rodillas y gime un poco y se levanta y me dice: "Nos tenemos que ir", nos estamos por ir y aparece, en auto, un Ford Fairlane, el barrabrava mota de Newell´s, el más grandote de todos, no cabe en el Fairlane, saca medio cuerpo por la ventanilla y reconoce al Ratón y el mota tiene puesta la camiseta de San Lorenzo y le grita: "Botón, mal leproso, sos boleta", no me reconoce aún, me hago a un costado, el mota sube el auto de seis metros de largo a la vereda y nos corre y hay tantos otros autos y colectivos y motos y camiones por todas partes. El Ratón y yo nos separamos. Ahora el mota me sigue, me busca, escapo con media bolsa en el tupper, la otra mitad la salvó el Ratón, corro, corro, giro y el cuello parece que va a partírseme, una gigantesca casa rodante se interpone entre el perseguidor y yo perseguido, se asoma Andy en uniforme de piloto de combate, se saca la máscara de oxígeno, me guiña un ojo, me dice: "Soy el Hamster", me sonríe, "Es todo lo que puedo hacer", y me hace la venia y empuja al auto que tiene adelante, un Fiat Super Europa, hasta bloquear la bocacalle con su casacolectivorodante. Corro, corro, relámpagos. Cuadras y cuadras, y tanto tránsito detenido, sin que sus conductores dejen los volantes y se asomen a ver la tormenta. Corro cuadras y cuadras y giro y busco llego a casa, a mi casa, el corazón me late locamente y las venas hinchadas de mis sienes y de mi frente y mi transpiración y miro mi tupper, lo abro y en vez de la coca y la matza y el maíz veo, hay un reloj despertador con campanillas que marca las tres AM, tiene pintadas las letras "A" y "M", siempre es y será AM, o sólo es un reloj que funciona antes del meridiano. Entro en mi casa. Me encuentro con una nota en la mesa que dice: "Ya comimos. Nos gustó. Pancho y Capocha." Junto a la nota una foto boca abajo, la volteo, es la mujer rubia demasiado hermosa que me mira desde su cuerpo entero bajo la lluvia fina, y escrito en rouge o letras rojas, a la altura de su pecho, dice: "NADINE". Vuelvo a mirar, dice:"NADIE".
EntoncesNadieentonCesah despertar no es tan difícil, simplemente abro los ojos y aún antes de abrirlos ya estoy despierto. Estoy transpirando, claro. Salgo de la cama, me calzo las pantuflas, paso por el baño y busco una toalla y me seco el sudor y paso por el living y el equipo de música está encendido aunque el compact está en stop, acabado, oprimo power, paso por la cocina y pongo a calentar leche en el microondas, me seco el sudor, parto el chocolate sin comerlo, lo vuelvo a partir, me seco el sudor, pip!, abro el horno, saco la taza con leche tibia, me detengo un segundo a mirar el tenue vapor que despide, me seco el sudor, cierro los ojos y bebo, y respiro.

viernes, 19 de febrero de 2010

17. Chica pelirroja


Estoy en el bar Warhol, que es, lejos, el que menos me desagrada. Espero a los amigos. Mientras tanto, tomo un Manhattan que por suerte fue bien hecho, cosa infrecuente. En el bar hay una muestra de fotos de un colega que se llama, se hace llamar Fernando F. Divertida, la muestra. El leit motiv es "Sangre y pavimento". El flaco estuvo meses en la guardia del Hospital de Emergencias Clemente Álvarez, saliendo con las ambulancias y registrando los accidentes de tránsito de la ciudad y alrededores: choques de autos, de motos, de camiones, de peatones arrollados y aplastados a lo matambre, un locomotora-versus-camioneta (el más grosso, cuatro muertos desmembrados a lo cine gore), y hasta uno de la propia ambulancia que se llevó por delante a un repartidor de diarios en bicicleta, una madrugada de sopor y neblina, corriendo para salvar a una viejita que se murió de todos modos en la sala de cirugía. Anécdotas aparte, las fotos son muy buenas y Fernando F. está feliz, muchas personas lo saludan y hasta hay un periodista del diario Rosario/12, que se dedica a atragantarse con canapés y sandwichitos. Para tomar hay nada más que ananá fizz y strawberry fizz y jugos sintéticos de naranja y pomelo, así que tuve que pagarme un trago okey.
Suena una musiquita funky, parece Sly and the Family Stone, no puedo asegurarlo, pero si hay un lugar en Rosario donde pasan música escuchable, es éste. Miro hacia la puerta: están entrando Luigi y el Guillo, los dos recolgados y con anteojos oscuros, los pavotes. Pero hasta con los lentes se los nota desfigurados, rictus canábicos aflojándoles y poniéndoles en tensión los musculitos faciales. Malditos. Me doy media vuelta, me interno en los cardúmenes de pirañas de vernissage de inauguración de x-posición, tomo mi buen Manhattan que seguro me levantará el ánimo, Dios, que sea rápido. Es muy temprano, todavía. Giro a mi derecha, y.
1 metro setenta y pico, a ver, tendrá tacos, sí, pero son cortitos, entonces 1 metro 77, 78; delgada no escuálida, no anoréxica, muy esbelta, muy bien parada; piernas largas, pantalones verdes con líneas amarillas, dos serpientes, coooool; saco de cuero marrón oscuro seventies que tapa su culito, que mis zonas imaginativas definen como superior, muy duro y fuerte; brazos armónicos, hasta melódicos; hombros armados sin esfuerzo; y pelo rojo, rojo. Me acerco, sin pensarlo.
Ah, pero si una luz rojiza le da justo en la cabeza. Sin embargo, es pelirroja, suavemente colorada, casi rubia. Me paro a su lado. Miro por sobre su hombro: charco de sangre negruzca que se mezcla con masa encefálica que sale de la achatada cabeza de algo que sobresale de un intríngulis de fierros y plásticos y astillas de fibra de vidrio.
-Fuerte. -Me paro algo más adelante, para poder verla con comodidad cuando giremos.
Pero ella no gira.
-Sí, la fuerza de la imagen. Esto no es real -me contesta, con convicción pero sin énfasis.
Bueno, esto no estaba planeado.
-Tal vez no, pero yo puedo sentir la sangre, puedo olerla, hasta podría lamer la foto y probar su sabor.
-¿De verdad? -Sé que sonríe, aunque apenas si intuyo su cara-. A ver, probá.
Sonrío nada más que para mí mismo, acerco la boca al papel, paso la punta de la lengua por la imagen del charco que se muere.
-¿Entonces? -hace la, esta mujer.
-Como siempre -le devuelvo-. Salada, con un toque de nafta de 99 octanos.
Hace una risita, ahora sí gira: no, sí, linda, bella, hermosa, con dos círculos azules que me miran y me perforan y, trago saliva, qué decir.
-¡Eh, Martino! -me palmea la espalda el Guillo. Nunca pensé que pudiera alegrarme tanto de saludar a estos amigos.
-¿Qué hacés? -pregunta Luigi y termina su rojito fizz y lo intercambia a velocidad luz por otro que pasaba trepado a la bandeja de un mozo.
-Todo bien, acá -sospecho que cualquier cosa que diga será usada en mi contra, así que actitud pasiva.
-Uhhh, man, mirá esta foto -gargajea el Guillo.
-Qué descontrol, querido -comenta Luigi.
Y se cuelgan con la masacre, por suerte. Aprovecho, y largo, sin que la frase pase antes por mi cerebro.
-Probá esto, que no está mal -a la extraña. No duda, acepta el Manhattan.
-Fuerte, también. -No me devuelve el whisky más vermouth más bitter más hielo. Me mira.
-Vamos a sentarnos -y ya la saco de ahí. Los chicos siguen babeando frente a la imagen.
Corte a mesa contra pared. Enfrente mío: ella, que apoya una carpeta sobre el mantel.
-¿Y esto?
-Fotos. Mis fotos.
-¿Sos fotógrafa... o modelo?
-Intento ser lo primero para dejar de una vez lo segundo. -Y ríe. La frase me suena a... común.
-¿Se puede?
-Se puede.
Abro la carpeta, de tapas de ¿cartón acanalado?; adentro, carátula: Sofía di Lorenzo - Fotos - "Las Miradas"; sigo: un par de ojos en papel blanco y negro, ojos de niño, o niña; sigo: un ojo de anciana, o anciano; sigo, otro par de ojos, papel color.
-Estos son tuyos.
-Un autorretrato -me confirma.
Ahora nos miramos. Plano detalle de sus ojos. Plano detalle de los míos.
-¿Salimos? -propongo.
-Bueno.
En la puerta, casi habiendo logrado huir, me cruzo con Andy. Sus ojos: enrojecidos.
-Eh, Martino, ¿te vas?
-Un rato, después vuelvo -ojalá que no-, adentro están los chicos, por allá.
-Ah.
-Chau, che.
-Chau -hace, y se lo traga el bar.
En el exterior hace frío, me gusta, ella -Sofía- parece disfrutarlo.
-¿Adónde? -me pregunta, se sube el cuello del saco.
-Buena pregunta. Supongo que a otro bar, o a comer.
-No tengo hambre... Todavía.
-Entonces, caminamos hasta encontrar otro bar.
-Yo tengo auto.
-Qué suerte, qué bien, ¿vamos?
-Vamos. Está acá a la vuelta.
-...
-...
-¿Por qué fotografiás miradas?
-Por qué... Para aprender. Para aprender a mirar.
-Está bien.
-Es ése, el 504.
-Bueno.
-¿Me guardás la carpeta en el sobre que está debajo de tu asiento?
-Sí, claro.
-¿Por dónde voy? ¿Derecho, doblamos...?
-Doblá acá, por San Martín, vamos hasta Urquiza.
-Vos me avisás, ¿sí?
-Sí, eh... ¿No sos de acá?
-No.
-Ah. La próxima es Urquiza. Yo también soy fotógrafo.
-Yo todavía no soy fotógrafa.
-Cómo que no. Sacás fotografías, tenés una intención; resultado: sos fotógrafa.
-Bueno, desde ese punto de vista.
-...
-¿Martino es tu apellido, o tu nombre?
-No, mi nombre. Bah, Martín es mi nombre, pero.
-Martín está muy bien. ¿Vos expusiste el año pasado, en Warhol?
-Sí, pero a vos no te vi. No estuviste.
-No fui a la inauguración. Nadie me invitó; además, no me gustan esas... reuniones.
-¿Entonces, hoy...?
-Fer es un amigo, y además quería mostrarle mis fotos a un tipo que tiene un estudio.
-¿Y qué dijo?
-¿Quién?
-El tipo este, el del estudio.
-No, no se las di, al final.
-¿Por?
-Uy, porque... ¿Seguimos derecho?
-Eh, sí, no, no sé. ¿Querés que vayamos a un bar, o?
-¿O?
-Bueno, podemos ir a mi casa.
-Ah, bueno, jijiji. No andás con vueltas, Martín. Me parece que... bueno, no sé.
-Puf. Los bares, hoy, me molestan. Además, si querés ver fotos mías, nuevas.
-El viejo truco de ir a ver las fotos.
-El viejo truco de ir a ver las fotos. Más el nuevo truco de la botella de Jack Daniel's.
-¡Jack Daniel's! ¡Ay! ¡Hace tanto que no tomo Jack Daniel's!
-Qué mejor oportunidad. Che, ojo que se puso en amarillo.
-¿Y vivís solo?
-No, pero mi vieja está de joda en París, mi viejo no está, mi hermana tampoco.
-Bueno, no sé...
-Y no vuelven, hoy. Ni mañana. Nadie nos va a joder.
-¿Mañana, qué? Si voy es para ver tus fotos y después me voy.
-Jack Daniel's, Sofía.
-Está bien, dale; un vasito, miramos las fotos, me voy, mañana nos vemos. ¿Sí?
-Me parece bien, sí. En la próxima doblá a la derecha, a veinte metros está el garaje.
-¿El garaje?
-El auto va a estar más seguro. Están robando mucho, por acá.
-Pero si es por un rato... Pero, bueno, el auto no es mío.
-¿Qué, te lo afanaste?
-Casi. Es de mi tío, que me lo prestó para venir a Rosario.
-Esperá que te abro.
-...
-Dale, pasá. En el número 4.
-¿Seguro que lo puedo dejar?
-No hay problema. Salí primero que tengo que marcar la clave de la alarma.
-¿Y tu casa?
-Para allá, cruzando la calle. Buf, está frío.
-...
-...
-Me gustaron tus, tus fotos, Martín, las del año pasado.
-Ah, bueno, gracias, eh.
-"Gentes en plazas", se llamaba, ¿no?
-Pero qué buena memoria, sí, sí. Pasá, esperá que prendo la luz. Uh, qué quilombo.
-¿Por qué, "Gentes", en plural?
-Porque para mí, esas... Gentes, son más que "la gente" y menos que "la persona".
-Ah... Pero son personas, todas.
-Pero para mi cámara son extraños, desconocidos, objetos animados.
-Es duro, suena duro, eso.
-La imagen es dura, siempre, Sofía. Lo blando, en estos días, no se ve. Tu bourbon.
-Gracias. ¿Brindamos?
-Claro. Puf, por fin un motivo.
-¿Qué?
-Que... Bueno, que podemos brindar por, será cursi, por nosotros.
-Será cursi pero es lindo, también. Y por la imagen, ¿sí?
-Y por lo que no podemos fotografiar.
-Por lo que no podemos fotografiar.
-...
-...
-Bueno...
-Bueno...
-Vení, sentate un poco más cerca mío.
-¿Así está bien?
-Uf, sí, bueno, mirá, quiero decir, escuchá, yo.
-Sí, qué.
-Te parecerá idiota, bueno, no estoy muy acostumbrado.
-No, todo bien.
-En realidad estoy seguro de que va a sonar estúpido, pero.
-No importa, hay tantas cosas que siempre me parecieron estúpidas.
-No es una gran ayuda, eso, mujer.
-Quiero decir que podés decir lo que quieras, Martín, que.
-Esto es raro, no quiero decir que nunca me haya pasado, pero hace tanto.
-Está todo bien, no importa.
-Bueno, pero.
-No es tan grave.
-Bueno, no sé, es que, uf.
-¿Te puedo acariciar?
-¿¡!?
-Mientras me decís eso tan terrible... ¿Puedo?
-Sí...
-Gracias...
-"Sofía"... Es tu nombre, definitivamente.
-Definitivamente...
-...
-...
-Qué lindo abrazo...
-Mmm... Mar-tín...
-Shhh, dormite,dormite...
-Mmm...
-Shhh...
-...
-...
-Ey, Martín... Martín, despertate. Martín...
-¿Eh...?
-Dale, que son más de las siete... Me tengo que ir.
-¿Adónde, te vas a ir?

-A mi casa. Tengo que volver. ¿Me decís la clave del garaje? No, no te levantes.
-Pero quedate un rato, tomá algo, no sé, desayuná.
-No, no puedo. Si querés te llamo hoy a la tarde.
-Pero, pará, mujer, pará un poco. Uf, no. Bueno. Uf. Tenés mi número.
-No.
-A ver, Sofía, dame mi billetera.
-Tomá. ¡Ay! Dios mío, Martín, atendé el teléfono. Qué susto.
-Tomá, esta es mi tarjeta. Pero llamame hoy, Sofía.
-Hoy a la tarde, a la nochecita te llamo. ¿Cuál es la clave del garaje?
-4444. Cuatro veces cuatro. A prueba de, bueno.
-Chau, dame un beso, chau. Atendé que van a cortar.
-Chau. Cerrá con fuerza la puerta de calle, que a veces. Chau.
-¡Chau!
-Hola.
-Hola, Martino, por fin.
-Uh, che, qué carajo pasa.
-Tenemos medialunas de La Nuria y un porro marca ACME. ¿Estás desocupado?
-Dios mío.
-Martino, por favor, que hasta dentro de dos horas por lo menos no nos dormimos.
-No lo puedo creer.
-Dale, querido.
-Bueno, vengan.
-Hacé café con leche para tres. ¡Uh, perdón, con vos somos cuatro!
-Chau, hijos de.
-clack!

Sofía no me llamó, pero por lo menos recibí una carta suya, sin remitente, un mes después.

jueves, 14 de enero de 2010

16. Líneas como vidas que se cruzan en el cosmos


¿Qué día será hoy? Miro el despertador/radio: 16:47.
¿Qué día será hoy? Miro el despertador/radio: 16:48.
-¿Qué día será, hoy? -me pregunto, alta voz, sin salir de la cama.
Abro el cajón de la mesita de luz, busco, manoteo. Encuentro el porrito, un fino, bien. Ahora puedo ir al baño, lavarme cara, manos, sobacos, espalda; después podré fumar un poquito, desayunar: café con leche, tostadas de pan lactal con mermelada de durazno, un poquito de manteca, escuchar algo de jazz -Miles Davis, ojalá- en esa FM que hallé casi al azar, harto de oír siempre los mismos programas hechos por tipos que se creen muy vivos y que se ríen de sus propios abortos de chistes y que se me antojan patéticos, pseudolocutores que lanzan, con énfasis: "Uh, Oasis es la mejor banda de rock del momento" y gansadas por el estilo. Ahora mismo salgo de la cama, sí. Ahí va.

-Oh, Guillo, cómo va -hago.
-Bien, che, todo bien -me responde-. ¿Tenemos plata, hoy?
-Hoy sí. Mañana, no sé.
-Bueno, acompañame al garaje, que mi viejo me aguantó el auto.
-Buenísimo. -Caminamos en la noche-. Vamos. -Vamos nosotros, todavía.

Andy frena su 1.6 en Sarmiento entre Santa Fe y San Lorenzo, toca tres bocinazos. De un bar sale Luigi, saluda a un grupo que está tomando porrones en una mesa al lado del ventanal que da a la calle. En los vidrios hay carteles que dicen "Porrón 3 Pesos"; "2 porroncitos 4 Pesos"; "Hamburguesa Común 1 Peso". Los carteles están escritos con fibras de colores sobre cartulinas de colores. Luigi cruza los tres metros y pico de pavimento, o menos, da la vuelta al y se mete en el auto.
-Andy, querido.
-Cómo va, Luigi.
-¿Tenés algo armado?
-Me extraña.
-Ídolo.
Arrancan, doblan por Santa Fe, detrás de un colectivo de la 119 y delante de otro de la 148.

El R11 Turbo azul eléctrico frena a unos veinte pasos de la puerta de un bar que se llama The Boston.
-Terminá de pitar eso -me dice el Guillo, él mismo recolgado.
-Up, ya voy, uppp. -Cierro los ojos, los abro, los cierro-. ¿Querés una seca más?
-Eh, es un bardo.
-Dale, Guillo, matalo y bajemos. Y dame un Marlboro.
-No conseguí, tengo Camel. Dame, a ver. -Reposiciona lo poco que queda en la tuquera de papel de aluminio, le da fuego, la tuca se ha consumido-. Tomá los puchos, ep, agh. Va a quedar un olor a porro, acá.
-Prendé el aire acondicionado.
-Estás loco, nos vamos a congelar.
-Entonces, mejor bajemos.
-Sí.

-Ah, qué buen caño.
-¿Queda algo?
-Chup (smoke smoke), ep, casi nada.
-Tiralo, entonces, que ya llegamos.
-¿Te parece, querido?
-Dale, Luigi, que para después tengo algo much better.
-Si vos lo decís, Andy.
El Fiat estaciona, deja de oírse la música de The Who -Summertime Blues-, Andy saca el frente del pasacassette, salen, tui tut hace la alarma del auto al activarse, encienden cigarrillos, están por entrar al The Boston, dos grandotes los paran en la puerta.
-Perdón, chicos, tienen invitación... ¡Eh, Andy! -hace uno-. No te había reconocido, pasá, pasen.
-¿No sabés si entraron el Guillo y Martino?
-No, recién me mandaron a la puerta.
-Bue.

-Ahí están, los chicos -parece que me dice el Guillo, con voz de catedral y gran delay, el vodka me está partiendo el cráneo, este faso me deses-reestructura las coordenadas neuronales, arghARGH! este lugar está LLENO muchas chicas muchos tipos viene un flaco me dice Qué hacés te acordás de mí vos sos fotógrafo ¿no? le contesto algo el flaco se ríe está más loco que yo se va, ah, el animal del Guillo se termina su vodka.
-Qué suerte que hay vodka importado. -Y se pone a mirar unas mujeres hermosas y muy perras que están en la mesa de al lado, son tres o cuatro y parecen muy excitadas por algo o tal vez por nada, qué más da. Me concentro lo más que puedo en mi vodka con hielo dos gotas de limón un golpe de tónica pero 99% vodka checo sueco, seco. Danés.
-Chicos -hace Andy.
-Queridos -hace Luigi-. ¿Qué tomás, Martino? -Me saca el vaso y le da tremendo glub.
Se sientan, creo, la música lo impregna todo me moja me sacude hay tanto humo en este lugar tanta caza la onda promete me río de algo no recuerdo de qué pero me río y enseguida todos se contagian y se ríen nos reímos y hasta las minas de la mesa de al lado se ríen una lo saluda a Andy, qué grande Andy, líder de la banda de rocanrol, Andy y Luigi se ponen a hablar con las ninfas, cae un humanoide, qué quiere.
-Cómo les va, a los chicos -saluda al voleo. Ah, el dueño, Chupete, ¿Chupete?
-Bien, che, bien, qué hacés, lindo todo muy lindo berk -lo saludamos.
-¿Les gusta el bar?
Cierto, hoy inaugura, o reinaugura. Le decimos que sí, que todo muy bien, nos pregunta muy atento si vamos a venir siempre, es Andy el que dice que claro que sí, más ahora que la banda está por grabar y sacar un disco a nivel nacional, Chupete se admira, parece pensar, sonríe, nos.
-¿Los puedo invitar con unas pizzas y algo para tomar?
Milagro, que alguien te invite algo en Rosario. Realmente poco usual. El nuevo homo comercialis ha arribado a estas pampas.
-Sí, claro -dice Andy-. Gracias. -Y hasta le sonríe.
Corte a dos mesas que se unen para que todos podamos estar más cómodos, ya que se armó la charla. Las cuatro bellas perras se nos unen y se nos mezclan se presentan: natianaflorenciamariela, ah, qué interesante. Estoy muy de la cabeza y en realidad tengo unas ganas terribles de salir de acá y respirar un poco de aire fresco y de ver aire azul y árboles rojos veteados de verde prusia y de, de sentarme en algún lado sin que nadie me joda, y basta de ruidos, y, y me gustaría nadar en una gran, gigantesca pileta de cien metros por cien metros, o mejor de mil metros por mil metros, flotando casi en la superficie, iluminado y transportado por montoncitos, ramilletes de luces acuáticas que me envuelvan y acompañen y cobijen y guíen por mi deriva al garete, aguas termales, aguas tibias y silenciosas, y flotar sin tiempos y ver hacia arriba y arriba el cielo noche con luna llena y negrosgrises terroríficos nubarrones que tapen descubran tapen las nubes más pequeñas la Luna la LUNA, tal vez que caiga un rocío, una garúa en forma de partículas de oro y con la consistencia de la espuma de algún mar sagrado.
-Vamos, por favor. -Y me levanto-. Después venimos, si quieren.
Los chicos me miran.
Las chicas me miran.
En la mesa hay tres pizzas de muzzarella, queso, a medio terminar, cuatro porrones de Isenbeck a medio empezar, no se jugó mucho, "Chupete".
-Terminá tu vaso y nos vamos -me asegura el Guillo.
Miro mi vaso, calculo: tres tragos cortos, dos tragos largos. Tomo aire: un trago.
-Eso es fuerza de voluntad -dice Andy y se levanta-. Hagamos unos fonditos blancos con esta cerveza, mientras esté fría.
Y los tres llenan sus vasos y ahora las botellas de litro parecen desinflarse, me sirvo yo mismo un vaso hasta el borde.
Vaciamos nuestras cervezas, agarramos camperas y buzos.
-En un rato volvemos y arrancamos para algún lado, ¿les parece? -promete el Guillo.
-A lo mejor no estamos, dentro de un rato -se muerde un labio la que parece llevar la voz cantante, una morocha voraz.
-Ojalá que sí, porque te aseguro que la vamos a pasar bárbaro -sin mosquearse, el Guillo.
-Mientras, vayan emborrachándose, ¿sí? -completa Andy.
Y nos vamos, por fin.

El Guillo pone violento cassette de cinta de audio de Jimi Hendrix a todo volumen, delante nuestro el Fiat acelera el Guillo no quiere ser menos lo corre lo alcanza amaga pasarlo, doblamos por Alem, estamos con una botella de vodka que compramos en un 24 horas, sin hielo pero está muy buena, le doy un buen beso se la paso al conductor.
-Si conduce, no beba -me dice el Guillo.
-Si bebe, no conduzca -le contesto.
¿Me parece a mí o suena una sirena? Miro hacia atrás: un zorro con su moto y su asqueroso uniforme color caca lavandinada. El Guillo pone un cambio más, el Turbo reacciona como debe y ya estamos un pedazo adelante del Tipo; doblamos y bajamos por ¿Necochea?, dónde carajo estaremos, barrio Martin, el motoquero de tránsito se la cree y corre como loco, doblamos a todo vapor y las gomas scriii-iiiik-iikkk, el hijo de puta de Andy amaga doblar en contramano, hasta tiene la lucidez de poner el guiño equivocado, pega supremo volantazo más freno de mano, quema 3/4 de neumáticos traseros, lo que se viene, intuyo, me maravillará:
La moto colea, duda, rebota en un minibache, sigue, resbala patina se desliza sin gracia sobre el pavimento lanzada golpea contra el cordón de adoquines de la vereda, el zorro sale despedido como dibujo animado lisérgico del Pato Donald años '50 versión Disney desde el interior de su cápsula hibernatoria swoooshhh vuela vuela VUELA el vigilante la carota desfigurada en la mejor mueca los brazos pegados al cuerpo ni atina a cubrirse, la cabeza encasquetada choca quiebra las vidrieras de un pornoshop que está en la ochava y con feo cartel de neón que reza muy sutil XXX, el cuerpo sigue a la cabeza y CRASHCRACK! super, bonito destrozo que se arma ahí dentro.
El Guillo frena. Andy frena. Retrocedemos. El espectáculo es bello, digno de la Divina Comedia; siempre me gustó, la Comedia, y este cuadro es merecedor de ser imaginado por el Dante 2000. A saber: vidriera desarmada, luces dicroicas que se encienden y se apagan, un inspector/guardia de tránsito descalabrado -un muñeco-, tirado encima de una muñeca inflable, manchado de sangre que además le salta a chorritos de dos o tres heridas, con estalactitas y estalagmitas de vidrio que lo adornan a flechazos, más uno poc dos toc tres cuatro tuc poc consoladores de variado tamaño forma y color que le están cayendo de la estantería junto a la cual yace, en plena transición al gran sueño del que no se vuelve.
Al lado mío, el Guillo dice:
-Excelente -y con su cámara de video registra el espectáculo. -Fantástico. -Bzz-bzz, hace la handy cam-. ¡Corte! Rajemos.

Qué manera de gastar nafta, pienso en un momento, pero al instante siguiente me confirmo que la estamos disfrutando de una manera, que.
Andy se pone al lado del Renault y me pasa el porro, a sesenta, cincuenta, cuarenta por hora, no podemos arriesgarnos a perderlo: es hash. Lo atrapo, lo pruebo, lo apruebo, se lo acerco al Guillo, fuma como debe ser, más tranqui que la maría, apenas menos profundo.
En el Fiat, Andy y Luigi cantan a los gritos algo así como "nada ni nadie nos puede parar".
Smokeo y devuelvo el armado a sus creadores.
El parabrisas es la mejor pantalla del mejor autocine.
Corte a stop del auto junto a parque, está fresco, bajamos, me subo el cierre de la campera de cuero, la lana del interior me hace tan bien.
Corte a primerísimo primer plano de Luigi que sonríe bajo un farol bajo un árbol bajo la megasombra de los 22 pisos de posmoderno cemento metal, bajo uno de los cenits posibles.
Corte a plano medio pecho del Guillo de espaldas que camina y se aleja y dice en una letanía UN HACHA Y EN LA SANGRE un hacha y en la sangre un hacha y en la sangre un.
Corte a plano medio de Andy que abre los brazos en cruz y sonríe y aspira el fluido atmosférico como si fuera esencial (¿acaso no lo es?), y baja los brazos y deja de sonreír y se agacha hasta rozar el suelo de tierra con la yema de los dedos.
Camino por uno de los caminos que parten o llegan desde el centro de este intento de plaza, este apéndice de parque, que está desierto, es increíble, ni parejitas ni personas ni siquiera policías rondando con sus putos patrulleros y sus ganas de reventar a alguien o de molestar a nosotros, pacíficos ciudadanos viajeros de las realidades no ordinarias. Camino por el camino que enfrenta y corta al río; entonces, estoy yendo hacia el este; Andy va hacia el extremo del camino... Del camino norte; ¡no!, del camino sur. Entonces, el Guillo usa el camino norte y Luigi se queda en el oeste, cerca del auto, cerca del contacto tecnológico que nos permite movernos más rápido que cualquier animal terrestre conocido.
Todos nos alejamos del centro de la plaza, que es un círculo de tierra roja, con un mástil sin bandera en el medio.
Camino: despacio, flotando sobre colchones de aire y electrones, despidiendo vapor por mi nariz, hace frío, sintiendo las manos calentarse dentro de la piel de los bolsillos, un ser ha debido morir para que yo pueda vivir mejor, ja, ¿no es ese acaso el motor de la historia?, respiro con soltura las moléculas de oxígeno que se me presentan, grandes chorros de líquidos azules me hacen frente y se disgregan al contacto con la piel helada de mi frente, deseo estar solo y de hecho estoy solo, ninguno de mis fantasmas ha logrado seguirme hasta este punto, punto de tierra y piedras y raíces que, veo, surgen agudas entre mis piernas entre mis pies detrás mío, me detengo, creo, sí, me detengo, ah cierro mis párpados saboreo mi saliva, saboreo la sal de la sangre que mana de mis encías, ah es un sabor: esbelto y aterrador, pródigo en poder y amnesias; despego mis párpados a voluntad, una raja de visión, a mi alrededor: NADA. En mi interior: músculos y nervios que duelen y reptan mis huesos en un obsceno intento por atrapar mi atención, por derrocar el hilo de plata que sostiene mi mente desde el arriba del universo hasta donde nace mi médula espinal, hasta mis sustancias cremosas que burbujean sin orden en designios de la música menos razonada que haya asolado las lágrimas de este triste, malsano, fatídico loquero del que ninguno de nosotros, ni siquiera nos dos, podremos salir jamás.
Ah. Humo que sale de las grietas de la tierra. Mejor volver.
Camino hasta el centro rojo. Está Luigi, me dice:
-Tengo miedo. -Mira a todos lados-. Alguien me seguía. ¿Dónde estabas?
No puedo, no quiero, ni intento, ni tampoco me interesa responderle. Le doy la espalda.
-¡Ah, acá estoy, ahhh! -grita el Guillo y salta hacia nosotros y se hace el despreocupado y-. Ah, es fantástico este frío, ¿no?
Y mira hacia las sombras de los árboles. La lámpara de un farol explota. Menos luz. El cielo: gris plomo, un relámpago.
-¿Qué te pasó? -le pregunto al Guillo con voz neutra. Me mira alarmado. Sonríe, sin sus ojos.
-Nada, nada, todo bien, ¿por qué?
Lo imito: no le respondo.
El Guillo se enciende un cigarrillo, le da fuego a Luigi. Una ráfaga de viento y tierra seca. Comienza el viento, en remolinos de escarcha. Pero no es época de lluvias. Suena un trueno. El golpe rebota en los edificios desiertos. Otro estampido acero y rojo, y una luz: la centella alumbra la sala de ingreso de una de las torres, y me muestra a un viejo de uniforme y revólver que nos mira desde detrás de sus anteojos de -estoy seguro- armazón de cartílagos de foca blanca.
-Vi el futuro. -Andy me sobresalta. Aparece caminando desde el sendero norte. El Guillo va a hacer un chiste, pero se contiene y fuma su tabaco-. Estuve en todos los sitios. Vi el pasado. Vi toda mi vida.
-Mejor nos vamos, gente -los saco de su estupor. Un trueno, un relámpago-. El vigilante de enfrente está aburrido, y su única diversión somos nosotros.
Un dedo eléctrico toca la punta del mástil. Un chasquido amplificado un millón de veces hace pedazos la realidad. El auto arranca, rugen sus mecanismos bajo la rabia y la demencia.
Entonces, k`çkñ
kss ñ
skftSS`ÇSFTSKÑ
S`ÇKOSÇÇÇÑ
FSÑ
SEKÑ
SKKOKOKOÑ
Ñ
KÇÑ
Ñ
SÑ
SE`ÇÑ
ERA el futuro.

Coda:
Volvimos al bar.
Las mujeres aún estaban allí.
Fuimos los ocho a la casa de Andrés.
Bailamos. Bebimos. Fumamos. Cogimos.
Dormimos.
Despertamos ya de día.
Había sol.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

15. Gold Disco


-Hola. ¿Estaría Soledad?
-No, Soledad salió.
-Ah...
-¿De parte de quién?
-Up, eh, de Martino, de Martín.
-Martín. (Pausa). ¿Martín qué?
-Martín Verde. (Pausa). Y yo, eh, ¿con quién hablo?
-Con la mamá de Soledad.
-Ahhh... (¿La... mamá?). Mucho gusto.
-¿Le dejo algún mensaje?
-Sí, no, no sé, ¿no sabe si vuelve?
-No creo, salió con Gusti, el novio, así que no la espero hasta tarde.
-Bueno, le podría decir que la llamé. (Pausa). La re-llamo mañana.
-(Extrañada). "¿La re-llamo?"
-Bufff, ah, hasta luego, up.

BRRUUUMMM hace el Tipo 1.6 y doblamos por ¿Wheelwright? ¿Cómo se llama esta parte del Bajo, a esta altura? Todo brilla, los edificios son elásticos, qué bueno.
-Subo las ventanillas, Martino -dice Andy y tira su pucho al exterior, intentando pegarle al parabrisas del Ford Falcon que viene detrás. Lo logra, claro. Muchas chispitas y un bocinazo.
-Uh, guarda que por acá está lleno de zorros. -Siento mis facciones estirarse de una manera.
-Me cago en los zorros grises. -Acelera, para qué habré hablado-. Tengo el pase libre de mi viejo. Puedo estacionar donde quiera, hasta encima de algún linyera borracho.
-No seas boludo, Andy -suspiro-, que recién son las doce menos cuarto. Afgh, estoy con hambre.
-¿Qué, no comiste?
-Sí comí, pero este caño me da hambre.
-Todos los caños dan hambre. -Pasamos frente a la fuente de la rotonda de la Bajada Sargento Cabral, Soldado Heroico-. Y vos siempre tenés hambre, además. -Cubrién, dosé de Gloria, cuál Pré, cio a la Victoria-. Mirame a mí: nada de hambre, apenas un poco de sed. -Su Vida Rín-dé, Haciéndose Inmoral. ¡Inmortal!
-No aflojás con la milonga, vos, Andy.
-Si apenas me tomé un lagartito así. Ahora pasamos por lo del Flaco y vas a ver lo que es bueno. -Hace un rebaje innecesario-. ¿La llamaste a la morocha esa, al final?
-Sí, pero no estaba.
-Está buena, eh.
-Sí, no sé.
-La amiga, Gabriela, tiene sus buenas carreras ganadas.
Uh, no, ahora empieza a contar sus hazañas. Lo corto y retomo un tema/camino alternativo.
-¿Qué Flaco es éste que vas a ver?
-El Flaco Obelisco.
-¡¿El qué?! -reacciono con leve demora-. ¿Por qué, "Obelisco"?
-Largo, blanco, duro las 24 horas. Una raya gigante.
-Qué feo que te digan "Obelisco".
-Ya llegamos.
Subimos por Laprida, freno de mano, Andy deja las llaves en contacto para que yo pueda escuchar música. Qué detalle.
-Poné el cassette de Portishead, si querés. Está muy bueno. Ya vengo.
-Bueno.
Tengo hambre. Mis ojos hacen un rápido zoom in a la esquina, donde hay un panchero con su carrito y su gorrito y abro mi ventana y por Dios huelo las salchichitas. El trance/trip/hop no logra retenerme. Me bajo, segregando saliva a más no poder. Me veo a mí mismo como un repelente perro mestizo que babea y babea al recibir su inmundo plato de fideos pasados y menudencias de pollo. Me importa un carajo. Voy hasta Mr. Pancho.
-Hola... -dudo. El cuelgue se me nota, estoy seguro.
-¡Hola, maestro, buenas noches! -El panchero me saca al toque. Los vagos fumachalas, además de los tacheros & remiseros, deben ser, debemos ser, su principal fuente de ingresos. Pero no me gusta que me trate con tanta deferencia por estar de la mente.
-Eh... -Es inútil, no modulo.
-¿Un panchito, maestro? -No me gusta que me diga "maestro".
-Sí, un pancho. -Me concentro lo más que puedo. Tengo que parecer normaloide. Ungh.
-¿Con salsa simple o especial?
Tengo que responder rápido y mostrarme más seguro de mí mismo y pedir un pancho y pagar y tomarme el buque y fin del asunto. Esto es una misión espacial tipo Star Trek. Muy complejo, muchas variantes, demasiadas opciones.
Salsa especial, retumba en alguna recóndita región de mi subcerebro.
-Salsa especial -repito.
-Tengo de crema de leche, al roquefór, con champiñone, con salame, con aceituna, con jamón, de choclo que está muy buena -me recomienda. Por supuesto que no voy a pedir salsa de choclo; se la debe querer sacar de encima, estará a punto de pasarse. Maldito panchero maléfico, me querés envenenar.
-NO -ahora sí, me planto-. Abajo quiero crema de leche con un poquito de salsa tártara y cebollines.
-Cómo no, maestro. -Me hartó, con lo de maestro. Lo voy a refundir.
-Y la salchicha. Y arriba -tomo aire-, pepinitos, salsa golf, ¿tenés salsa picante?
-Sí, cómo no voy a tener -afirma, orgulloso, el envenenador-. Es casera, de Fighiera.
¿De qué? Ah, de un pueblo que queda cerca de Rosario. Muy buenas salsas.
-Salsa picante, papas fritas molidas, y -pienso, ya sé-, y un chorrito de Tabasco.
-Una bomba, maestro.
¿Qué carajo te importa?
-No querés algo para tomar, te va a dar sed.
Tiene razón; es más, ya tengo sed. Una voz interior me dice: "Sí Sí Sí Sí".
-Sí -repito-. Una, eh, Coca.
-¿Vaso grande?
"Sí Sí Sí Sí".
-Sí, no escuchás, grande -repito al estilo androide.
-Acá está, llevate unas servilletas, son tres pesos, chau maestro.
Andate a la mierda, asesino de estómagos. Pero muerdo el hot dog tercermundista y me sabe a éxitos. Aunque está un poco fuerte, es cierto. Se me chorrea un poco de menjunje y un tremendo goterón impacta en mi bota derecha, perforándola para siempre. Shit.
-¿Qué hacés, vos? -me grita Andy desde el auto-. ¿Sos pelotudo, imbécil, o qué?
Eh, qué te pasa, calabaza. Entro al auto.
-¿Me dejás el auto abierto, con las llaves puestas y la música encendida, y te vas a comer por ahí? -Se calentó, el señor-. Me ponés muy nervioso, vos, Martino.
Pero si fui acá nomás. Opto por callarme, es lo mejor. Tomo grandes tragos de Coca, porque el panchito está picantón. El 1.6 arranca. Muerdo y mastico el chopán. Quema, esta mierda. Más y más Coca. Veo que casi me la terminé. Doblamos por Santa Fe, a los pedos.
-Se nos hizo tarde -Andy saca un Marlboro, lo prende mal, se le incendia, lo tira a la calle-. Carajo. No me vayas a manchar el tapizado, vos.
-¿Querés un mordisco? -intento confraternizar.
-Uhm. -Sopesa la situación-. Bue.
Y me saca el pancho y (preveo lo que va a hacer: terrible mordida para vengarse de mi descuido; preveo que le va a arder el esófago, y que va a tener suerte si mañana no se despierta con hemorroides) le pega terrible mordida hasta dejarme casi sin nada (me hace acordar a una porno en la que una rubia yanqui se metía flor de verga hasta hacerse campanillear las amígdalas) y sonríe malévolo y me devuelve una puntita de pan tiznada con un poquito de salsa golf y ni rastros de la salchicha ni mucho menos del guiso putanesco. Entonces:
Segundo uno: Andy mastica y sigue sonriendo, feliz.
Segundo dos: Andy vuelve a prestar atención al tránsito y traga un poco y pone cara de ¿eh?
Segundo tres: Andy hace una mueca y abre los ojos. Me apresuro a beber toda la Coca.
Segundo cuatro: Andy me mira, ojos desorbitados. Cierto, me olvidé, el picante no le gusta.
Tiro el vaso vacío por la ventana.
-¡Ah, la, ah, puta que te parió! -grita, chilla, buen alarido.
Corte a Andy que se baja una lata de cerveza de medio litro, Quilmes. La termina y la tira a la calle. Estamos afuera de la casa de Luigi, acabo de tocarle timbre. Andy abre su segunda lata y le da. Se abre la puerta, salen Luigi y el Guillo.
Corte al interior del Fiat, Andy termina la lata y escupe un poco. Arrancamos hacia un boliche que se llama.
-Disco Gold -dice Luigi.
-¿O Gold Disco? -pregunta el Guillo.
-Es lo mismo -intervengo.
-El nombre no promete -rezonga Andy, que ahora sí fuma su cigarrillo.
-Che, Andy -el Guillo se asoma desde el asiento trasero-, ¿pegaste esa merca?
-Ajá.
-Qué bueno, che.
Luigi y yo miramos lo que ocurre en las calles y las veredas en movimiento: nada, salvo el movimiento en sí, que no deja de ser bastante atractivo, sobre todo para mí, que estoy muy cool y sin hambre ni sed. Hasta me fumaría un cigarrillo. Lo pienso mejor: para qué; Luigi, asiento del acompañante, termina de picar y pregunta, sin girar siquiera la cabeza.
-Martino, ¿me das una seda? De esas marroncitas; ¿tenés?
-Sí -le alargo uno de mis papelitos especiales, importados, con sabor a licor de chocolate. Una delicatessen, sólo para conocedores. La gilada que fume con Ombú, que son un bajón.
-Grazie, querido.
-Che, ¿y es buena, esa merca? -insiste el Guillo.
-Muy buena. -Andy parece no prestarle demasiada atención, pero sé que está pensando en varias frecuencias a la vez y en todas a alta velocidad. Entonces-: ¿Tenés plata, Guillo?
-Sí -admite, derrotado-. Pero nada más quiero un par de rayas, antes de entrar.
-Bueno, dame cinco mangos y todo bien.
Luigi relame el porro.
-Ah, qué rico esto, Martino querido. ¿Querés prenderlo?
-My pleasure.
Andy le pasa el papel al Guillo. Se han formado dos parejas. Yo me quiero casar, ¿y Usted?
-Manejá despacio, Andy, a ver si se me cae, esto.
-Se te cae y te mato, te destrozo.
El Guillo saca un billete flamante, de cinco pesos, y arma un canuto.
-Uppp, buen caño, eh, me da ganas de bailar un chamamé.
-Pasalo, que quiero probar cómo queda mezclado con el papel.
Le paso el toscanito a Luigi, ahorro fuerzas para poder retener el aire lo más posible.
-Primero lo uso y después te pago, ¿eh?
-Como quieras, pero dale que hay mucho tránsito, por acá.
El Guillo disgrega un poco de cocaína del montoncito y le acerca la nariz/bombilla.
-Ep, rico, muy rico. Ep.
-¿Tenés las entradas, o encontramos a alguien en la puerta?
Luigi fuma fuma yo estoy algo acalorado, destrabo mi ventanuco para que entre el aire fresco.
-Yo conozco al dueño y tengo cinco free-pass permanentes.
-Grande, Andy, ídolo. ¡SNORT!
Notable capacidad respiratoria, este chico. Le veo futuro de turbina industrial.
-Ponete las pilas con eso, vos, "dos rayas".
-Ep, tomá, querido.
-¡Ah, qué buena mandanga!
-Bu-ufff. Gracias. Up, fi-fff, up.
-Te digo que te pongas las pilas.
-Sí, quedate tranquilo, no seas paranoico. ¡SNORGTTT!
-Ep, ufff.
-Up, up.
-¡BASTA! ¡Me das esa merca ya mismo!
Primerísimo primer plano del Guillo que está ultrabizco y con los pelos de punta y que se aprieta la napia con pulgar e índice y.
Corte a puerta del boliche.
-¡Oh, quién está acá! -Hace un patovica de pelo rubio oxigenado, tostado a la lámpara, aritos muy gay en ambos lóbulos, campera de cuero, barbita de dos días. El paradigma de lo grasa-. ¡El cantante del Orzuelo!
Todos notamos un dejo de cinismo en su tono de voz, pero no es lo mínimamente inteligente como para lograr ser irónico, así que.
-Qué hacés -intenta sonreír Andy-. Estoy con mis amigos, fijate en la lista.
El infradotado hace como que mira la carpetita que tiene en una de sus pezuñas. A mí no me engaña, si no sabe leer.
-Sí, claro, pueden pasar. -Y se infla y hace como que mira para afuera (es que hay mujeres, montones, afuera; aunque a lo mejor busca tipos, que también hay a montones).
-Gracias -suena a insulto, viniendo de Andy, que está más que duro y smokeado.
Corte a interior de la disco onda disco, suena un tema de ABBA, no quiero creerlo; ¿me habrá pegado mal el porro? ¿Estoy tan drogáu? Estamos en el sector barra-para-consumir-alcohol.
-¿Hacemos un champagne? -seduce el Guillo, muy loco y brillante.
-Sí.
-Ok.
-Dale.
Ahora suena Donna Summer, creo. La música disco non mi piace, pero está todo bien, estamos en un boliche lleno de niñitas, y en plena ciudad-capital-mundial-de-la-bella-fémina. Y cómo se visten, las muy guachas. Me gusta, la música disco. Todos tenemos un vaso largo de plástico; qué podemos hacer al respecto, mejor brindar e imaginar que es cristal, o al menos vidrio transparente.
-¡SALUD!
Un tema de Kool and The Gang. Aceptable. Damos una vuelta con Luigi por la pista. Un infierno maravilloso.
Suena Y.M.C.A. Termino el champagne, estoy muy feliz. Luigi también, creo.
Veo que Andy y el Guillo se han encontrado con algunos amigos/as y hablan a los gritos, del otro lado de la pista bombardeada con flashes y lucecitas colorinches. Dan la impresión de querer zafar, los chicos.
Luigi va al baño.
Suenan los Bee Gees. Es demasiado, pero qué voy a hacer. ¿Matar al disc-jockey? ¡Ey, es una buena idea!
Alguien me toca el hombro.
-Hola, Martino.
Es ojos verdes, pelo recogido en formidable rodete, pantalones semioxford verde-primavera-sintética, muy ajustados, remerita blanca muy ajustada, no distingo si tiene corpiño o no.
-Hola, eh.
Sonrío, la atraigo mano en cinturita, busco en sus ojos: ajá, está colgadita y borrachita, muy bien.
-Te llamé, hoy.
Vuelvo a sonreír, y como veo que está todo bien, le doy tremendo beso, ah.
-No, que estoy con mi novio -recién se descuelga y me aparta-. ¿Comiste ajo, o algo así?
Fucking pancho.
Corte a Soledad que se va de la mano con el novio, un tipo onda club de rugby que me miró muy feo hasta que llegó Luigi y se conocían y se saludaron y chau, váyanse a la mierda.
-¿Hacemos otro champagne?
Veo que ojitos verdes se ríe exageradamente de algún chiste del novio, lo abraza, me mira por sobre el hombro de él, me guiña un ojo. Quiere que la llame, mañana. Ah, muy bien, sí, claro. Claro.
-Dale, sí, otro champagne y un dentífrico.
-¿Eh?
Ahora suenan los Rolling Stones con "Harlem Shuffle".
Estoy tan cansado.
-¿Qué hora es?
Le pregunto a una flaca alta de pelo ondulado, castaño, buenas tetas, panza chata, cara algo lunar, ella misma algo encorvada, que me sonríe. Veo que la bombacha se le marca mucho bajo/sobre su pantalón de ¿raso? ¿terciopelo? El pelo largo le cae por todos lados, medio hippona.
-Las dos menos diez -y me sonríe, y espera que la siga, porque se pone frente a mí, dándole la espalda a sus amigas que, intuyo, se borronean, se desdibujan.
Estoy tan cansado.
Recién las dos menos diez.
La flaca me sonríe, espera. No me disgusta del todo, su pelo de psicobolche.
Luigi me da un glass lleno de champú.
Miro el interior del vaso, respiro hondo, vuelvo a hacer pie, disparo mi mejor sonrisa y.
-Detesto la música disco -digo, simpático, se ríe-. ¿Cómo te llamás?
El lugar es atronado por algo que se parece a Funky Town.
BRRUUUMMM hace mi conciencia, así que la desconecto.

sábado, 5 de diciembre de 2009

14. El condimento del chancho


-Vos dame la plata, que el existencialismo lo resuelvo después -le dice el Guillo a Andy.
Andy parece que va a responderle, no lo hace (¿por elección?-¿falta de ideas?), mete la mano en el bolsillo y saca un billete de veinte, suficiente para cuatro botellas de borgoña en cualquier estación de servicio, se da media vuelta, con una pala parrillera distribuye las brasas en su lugar.
-Ya venimos -el Guillo agarra el billete y lo llama a Luigi. Salen, llevándose las llaves del Fiat.
-Son las once y media -dice Andy, dueño de casa-. A las doce a más tardar están los chorizos. No se cuelguen.
-No se cuelguen demasiado -aclaro mientras termino mi Gancia, hielo, limón verde, sin soda.
Se fueron, ya.
-Martino, traé la carne y los zochoris. -Andy bufa, suda un poco-. Y un Gancia con mucho hielo. ¿Queda, todavía?
-Para un vaso justo.
-Bue, perfecto. El fuego ya está.
Vuelvo de la cocina trayendo la madera con la carne del medio lechón que despedazamos hace un par de horas y que ya está bien adobado (sal entrefina y parrillera, algo de pimienta negra recién molida), y una fuente de metal con cuatro chorizos de cerdo especiales y dos morcillas.
-¿Y el Gancia?
-Perdón, duque, sólo tengo dos manos.
-Y traete el faso que está en la alacena de la izquierda, dentro del tarro que dice "Té de la India". -Y grita, un segundo después-. ¡Ah, y el atado de puchos!
No quiero ir más, a la cocina. Plano cerrado de las manos de Andy que acomodan chorizos, morcillas y trozos de lechoncito sobre los fierros calientes. Las brasas, tan blancas y rojas. Muy bueno. Qué suerte, la marihuana ya está picada.
-¿Qué, te la venden lista para armar? -le pregunto entre sorbo y trago de aperitif al asador.
-No, lo hago en mis ratos libres.
-Ah, o sea, desde que te despertás hasta que te acostás.
-No me jodas, Martino; encima que los invito, mis amigos se ponen a criticarme. De no creer.
-No seas boludo.
-Bue.
Ahora, plano del pincho de dos puntas que entra en un chorizo, al perforarlo hace un ptrchpif y larga dos chorritos de grasa hirviente.
-En un rato empezamos. -Andy se sienta al lado mío-. Si estos no llegan, se joden.
Lindo patio, éste, con árbol y todo. Y ladrillos a la vista por los que se pasean cucarachas negras y de apariencia sólida, eterna.
-Esto ya está, casi. -Y le muestro el aerodinámico porro que acabo de terminar. Tamaño Zeppelin. Lo seco con la llamita de un fósforo. Cool. Lo enciendo y se lo paso al amigo.
-Uhhh, qué paz -y Andy cierra los ojos y se despereza, se estira-. Qué tranquilidad.
-¿Hasta cuándo te dieron la casa, tus viejos? -le pregunto y acabo mi Gancia.
-Ja, qué pregunta. -Lo piensa, me mira, fuma-. Hasta que me muera.
-A la mierda -me asombro, me admiro.
-Sí. Tomá -me pasa el caño-. Se fueron a un piso 20 en barrio Martin, vista al río, of course.
-Les va bien, entonces.
-A mi viejo, sí. Mi vieja está... No sé, está loca. -Toma un trago de alcoholito-. Pero mientras me pasen lo que me tienen que pasar, me importa un carajo lo que hagan.
Aspiro el humo con ganas, muy relajado. Es que hace apenas dos días pegamos un cien de muy buen tamaño, así que hay para tirar para arriba. Y lo disfrutamos, claro. Se lo paso.
-Ah... -hago al vaciar mis pulmotores.
-¿Sabés, up, la última de mi vieja? -me sonríe y me hace señas de que le acerque los Marlboro-. Se afilió al Partido Comunista Revolucionario.
-No.
-Sí. ¿Te lo imaginás, a mi viejo? Up. Se puso de la cabeza, pero a esta altura le banca cualquiera.
-Y sus amigos, eh... -empiezo, pero me pierdo.
-¿Quiénes? ¿Los de Ema León Suárez?
-¿León Suárez?
-Ah, Martino, no te conté. Ya no se llama más Ema de Palermo. Ahora usa su apellido de soltera.
-No.
-Sí. Tomá, smoke this shit, man.
Las brasas y su aleatorio cric crack pric crack de chispas y colores y calor, el calor es bueno y me absorbe y me promete sabores animales, sanguinarios, primigenios. El fuego baila en mis retinas, irrita mis ojos con tal dulzura. Sonrío, creo.
-Por mí que revienten -la sigue Andy-. Mientras me alcance para vivir y para pagarle a la mujer que limpia la casa, todo bien.
-Ahhh... -hago y veo que este porro recién va por la mitad. Veeery nice.
-Además, ahora vamos a grabar el disco, y estoy seguro de que la vamos a pegar.
-Ah, el disco. Tengo hambre.
-¿Cómo era el nombre del disco de la banda del primo de Luigi?
-¿Eh? ¿Qué?
-Le dijiste un nombre para el disco de la banda de esos punkitos.
-No van a sacar ningún disco, que yo sepa.
-Bueno, Martino, no importa. Me importa el nombre, que estaba copado. Algo de "mierda".
-¡Ah, sí! Era...
-Pasame el caño, no te hagás el gil.
-Uh, no, tomá. Era...
-"Mierda en pote".
-No... ¿Pedo de mierda?
Los choricitos largan un olorcito, mmm, y las morcillitas, uh-uhhh. Y arriba hay estrellas, un montón, y ni una sola nube. Qué lindo cielo. Noche de tinta y leche en polvo. Ah.
-No, che, era "Gusano de mierda".
-A ver, Andy, me tengo que acordar.
-Le quiero poner ese nombre al compact de E.C.D.O. Pensá.
-¿Gusano que chupa la mierda?
-"Waiting for the mierda".
-¿Jamierdaquai?
-Mierda, mierda, mierda...
-...
-"Cantando bajo la mierda".
-¡Sembrando mierda! Ése era, es, eh, el nombre.
-"¡Sembrando mierda!". El mejor. Excelente, Martino. Muy fuerte, muy poético.
-Cargado de significado.
-Exacto. Y lleno de connotaciones y denotaciones.
-Así es, licenciado. Coincido.
AHJAJAJAJAI, jajaiiii, no podemos dejar de reínos, estoy que exploto, Andy no puede encender su cigarrillo, me doblo en dos, se cae al suelo, se me cae el faso, tira su vaso de Gancia que hace crash, recojo el porrito, está apagado pero aún resiste.
-¿Qué pasa acá? -entrando al patio, Luigi.
-Los dejamos solos media hora y se descontrolan -sacando las botellas, dos de Santa Isabel, dos de Carcassone, el Guillo-. Guardá las otras, Luigi, que abro un Isabelita. Dos en la heladera y sólo una en el congelador. Ah, ¿no querés traer el sacacorchos, también?
-Para descorchar a estos dos pescados y ver qué tienen adentro de la cabeza.
-Para eso, y para empezar con el tinto. -El Guillo me saca el tucón de la mano, lo enciende en dos segundos tres décimas-. Malditos, no nos van a esperar. (Severo). ¡Muy mal! (Fuma). Mal. (Relajándose). Y dejen de reírse, idiotas.
Nos recuperamos, como podemos. Andy logra encender su Marlboro y yo recibo un vaso de Luigi y le agrego dos cubitos y el Guillo me sirve el vino rubí, muy rojo, ah, esto pinta bien.
-Bárbaro, este porrete -aprueba el Guillo y le da un trago al pico de la botella.
-Ah, no seas grasa, che -lo ataca Andy-. Siempre igual, vos. Usá un vaso, chimpancé.
-No me jodas, querés.
-¿Traigo la ensalada? -pregunta Luigi.
Corte a tremenda fuente con los chorizos y las morcillas cortados en mitades desiguales que desaparecen clavados a tenedorazos por unos tipos desesperados de glúcidos y proteínas, nosotros.
Corte a magnífica tabla de madera cargada de costillitas y carne de cerdo crocante y olorosa de humo y, y, ahhh.
-Muy bueno, Andy. -Mastico como si fuera la última vez. Saboreo. Juego. Jugos, sangre. Trago.
-Perfecto. -El Guillo se mete flor de cacho de bocado y parte en busca del pan a las brasas.
-Suculento. -Luigi descorcha el primer Carcassone, se sirve, me sirve.
Lento cae el vino oscuro, muy oscuro, dentro del cristal de mi vaso. El brillo del vino.
Corte a los cuatro que rodeamos la mesa, comiendo a todo vapor, sin hablar, sin comentar, sin emitir sonidos articulados. Comer, comer, beber, comer, beber, comer comer.
Una imagen cenital, desde el centro de la araña de luz que rige la mesa; un minuto justo de sonido ambiente. Los cubiertos, los platos, las mandíbulas, el hielo, el vino, los ah-hum.
Fundido encadenado a la misma cenital, algo más cerrada. Se terminan los últimos bocados, se limpian las fuentes de la ensalada, se muerden los últimos panes.
Fundido encadenado a la misma cenital, aún más cerrada, que hace un petit movimiento y encuadra a Andy, que termina su vino y suspira; la imagen panea lento hasta el Guillo, que limpia su plato con un bollo de miga de pan y se lo engulle con exasperante deleite; sigue el paneo circular hasta Luigi, que se sirve lo que queda del último Carcassone, llenando su glass hasta el tope; ahora llega la imagen hasta mí, justo cuando me desparramo y largo un.
-Brerp. -Pero no demasiado desagradable, creo.
Corte al Guillo que dice:
-Sí, estuvieron bien con la sal, pero con chimichurri hubiera salido mejor.
Luigi agrega:
-Y con un poco de romero.
Andy defiende con estilo:
-Por qué no se matan.
Tiro una trampa:
-A lo mejor, con una pizca de pimienta negra molida. ¿No?
El Guillo:
-Eso, Martino tiene razón, Andy. Pimienta negra.
-Yo le puse pimienta negra, tarado.
-Uh, querido, me cagaste. Sos un hijo de puta.
-Romero y una o dos hojitas de laurel -blablea Luigi.
-¡Laurel! -se exalta Andy.
-Pero el chimichurri, no me van a decir que no -el Guillo arma un faso standard.
-¿Por qué no, laurel? Le da un sabor. Y comino, podría andar.
-¡Comino!
-Chimichurri para el chanchito, marihuana en sobrecitos. Para sus hijitos.
-Comino, estragón...
-¡El comino es para el pescado!
-¿Me da fuego, alguien?
-El estragón puede quedar bien.
-¡Estragón! Imbécil.
-Orégano. Esa es la posta. Una lluvia de orégano.
-¿Me dan fuego?
-Los argentinos no saben cocinar; le ponen orégano a todo -intercedo-. Lo dijo Luca.
-¿Luca?
-Luca Prodan.
-¿En serio?
-Síp.
-¡Orégano! A éste nada más se le puede ocurrir.
-¿Me dan fuego?
-Lo importante es que esté bien de sal.
-Tomá los fósforos, vos.
-¿Luca Prodan dijo eso, estás seguro?
-El chancho tiene que estar bien cocido.
-Pasalo para este lado, no te hagás el gil.
-No, la ronda va para este lado.
-Sí, seguro.
-Ah, up.
-¿No hay postre, che?