miércoles, 25 de noviembre de 2009

13. Dos obras de teatro.


¡AH, ME DUERMO, NECESITO UN CAFÉ!
Es que estoy, estamos todos -lo sé- muy cansados. Fisurados. Ayer a la noche, hoy a la madrugada terminamos como a las cinco, cinco y media, y seguro que después cada uno en su casa se dedicó a la comida, a tomar algún Nesquik o algún pase de sandanga o hasta a escuchar la radio. Por mi parte: café con leche tamaño BIG, sandwich de jamón y queso y pan lactal tostado con poca mayonesa, un paquete de Oreo de chocolate. Después, a soñar, que es domingo y es el día de descanso de los cristianos. Como se debe.
-Hola, Martino.
-¿Ahm? Ehgh...
Me llamó el Guillo a las cuatro de la tarde, logrando lo que no pudo mi vieja que, vi en ese momento, se había ido con el resto de la jauría. Me di cuenta al instante de que estaba hambriento, famélico. Gajes del oficio. Y tenía sed.
-Eh, Martino, dale, despertate que son las cuatro y pico.
-Bueno, sí, qué pasa.
-Me invitó una amiga al estreno de una obra de teatro.
-Ajá -gran bostezo-. ¿Y?
-Y, vamos. Tengo cuatro entradas. Avisale a Andy y que lo llame a.
-Pará, pará -rebobino, pienso, evalúo-. ¿Teatro? A mí no me gusta, el teatro.
-No seas rompebolas.
-Y menos el teatro rosarino.
-¿Algún otro plan?
-Me acabás de despertar.
-¿Alguna idea brillante?
Ah, no. Ironías a mí, recién despierto, no.
-¿Comparada con la tuya? A ver, ya lo tengo -pequeña pausa, suficiente-. Podemos ir a darnos patadas en el culo al parque Alem, y después pasamos la gorra. Nos divertimos y además nos hacemos unos mangos. Yo te pateo el culo a vos.
-Imbécil, se me acaba la paciencia. Llamalo a Andy, que a Luigi lo llamo yo, mejor.
-¿De qué es, la obra de teatro?
-Es un unipersonal.
-Uhhh, no -pinta mal, la cosa-. ¿Es cómico?
-No sé, pero la actriz es una guacha, una potra terrible.
-¿Se pone en bolas?
-Seguramente. Es un unipersonal. Si no se pone en pelotas, se van todos a la mierda.
-Ah, entonces sí. Cuándo y dónde.
-A las ocho en el parque España. En la entrada a los túneles.
-Empieza temprano, además. ¿Y no hacemos, eh, antes?
Nunca se sabe. El teléfono de un amigo de un primo de Luigi estuvo pinchado durante un tiempo: el flaco vendía porro, poco pero vendía, y un día lo llamaron los de la Federal; ahí se acordó de los ruiditos raros que le entraban en la línea cada vez que hablaba de faso. Y nos quedó la paranoia. Entonces:
-La obra es a las ocho y media. Tenemos un rato para dar una vuelta.
-Bueno, lo llamo a Andy.
-Bárbaro -un ruidito del otro lado de la línea, como de encendedor-. ¿Todo bien, desde anoche?
-Sí, bien. Ah, me duermo, necesito un café. Ci vediamo.
-Chau.
Me hago un café con leche. Mi vieja me dejó una bandeja con sorrentinos de ¿queso? ¿queso y cebolla? Debajo de la bandeja, una nota que dice: "Acordate de que mañana salgo de viaje. Besos." Fuck off. La pasta viene con salsa de carne y con queso rallado encima. Livianito. Lo pongo todo a calentar a fuego mínimo, revuelvo un poco con cuchara de madera (como debe ser), saco un paquete de Oreo de la lata de las galletitas, voy hasta el teléfono. Ñam, sglurb.
-Hooola.
-Ñam, sglurb.
-¿Eh?
-Holambg, Andym.
-Martino. ¿Podés dejar de morfar, en algún momento de tu vida?
-Buenom, glurch.
-No todo es comida, cerdo, lechón.
-Ajá. Qué rico, un lechón.
-Además hay drogas, mujeres, autos, música, días de sol, ¡la vida es bella!
-¿Qué te pasa, Andy? ¿Estás bien?
-Sí, bue, dentro de todo. Dormí cuatro horas y desde las once que estoy para adelante.
Éste se zarpa y habla y habla y habla. Lo freno.
-Bueno, ponete tranqui que estamos hablando por teléfono.
-No seas paranoico.
-Bueno.
-¿Algún plan?
-El Guillo me llamó para ir a ver el estreno de una obra de teatro. Un unipersonal.
-Qué bien. Vamos todos. Everybody. Yeah.
-Pasame a buscar a las siete y media. Estás con el auto en condiciones.
-Síp. Teatro. Me gusta. Un solo actor, mejor. Me distraigo menos.
Termino mi última galletita de chocolate. Un olorcito me araña la fosa nasal (narina en batracios y reptiles) izquierda.
-¡LA PUTA MADRE! ¡Se me quema la comida!
-Jodete, por cerdo.
-Chau, siete y media te espero.
-Ja, bue, chau, nos.
¡Clack!
Corte a la llama del fósforo que acaba de encender Luigi, que a su vez le da fuego al porrete que sostiene Andy entre sus labios. Son las ocho y cuarto, estamos arriba del Complejo Cultural Parque de España, creo que así se llama, los árboles y los arbustos y la casi noche nos abriga. Temperatura perfecta, se ve el río, pasan algunos enormes barcos de carga, uno hace sonar su sirena TUUUUUU-t!
-Qué colgado este Guillo, querido.
-Tomá, ups, Martino.
-Bueno. Además, él tiene las entradas. A ver, que alguno se fije si llegó.
-¿Por qué no vas vos?
-Porque estoy fumando, Andy.
-Buffff, tenés razón, voy yo. ¡Energía, energía!
Y se va a los saltos.
-A ver el caño, querido. ¿Qué le pasa a éste?
-Está reduro, desde hoy a la mañana.
-Up, mirá vos. Ahí vuelve -Andy está corriendo-. Está descontrolado, up-ep.
-¡Ahí viene, el Guillote! Dame que quiero fumar unas secas más, y basta.
Llega el Guillo, que está agotado después de subir las escalinatas del Complejo. Cincuenta, sesenta escalones.
-Acá hace falta un ascensor -dice, y le da una pitada a su Marlboro-. Uch.
-Tomá, Guillo, fumá, uff.
-Uh, Andy, estoy fumando desde que me desperté -pone los ojos en blanco, un segundo-. Estoy muy loco. Me vendría bien un cappuccino, o una Coca bien fría, o las dos cosas. Pero bueno, dame.
-Si querés te doy un pase -Andy está generoso, hoy, milagro. Espero que le dure la buena onda. En general.
-¿Tenés merca? -el Guillo fuma y lo medita, me pasa el joint-. No, en todo caso después -la cocaína nunca le cayó simpática, al Guillo. Tuerce la boca, enarca una ceja-. Pero gracias igual.
Fumo, ya queda poco, me quemo el índice de la mano derecha.
-Ay -hago.
Corte al interior del miniteatro tubular, somos casi los últimos en llegar, por suerte los asientos están numerados y nos acomodamos en la cuarta, quinta fila, nos tropezamos entre nosotros mismos, una chica linda rubia teñida pero bien teñida buenas tetas saluda al Guillo el Guillo se sonríe los ojitos chiquitos y coloradeitors y levanta una mano:
-¡Eh, hola, eh! -bardea, a los gritos. Luigi lo sienta de un tirón y lo llama a silencio.
-"¡Eh, hola, eh!" -lo reta-. ¿No sabés hablar, vos?
-Es que me olvidé cómo se llama -se sonríe el Guillo, con cara-de-chino. Y se pone a reír y a darle golpecitos a Luigi, que a su vez le responde con coquitos en la cabeza.
-Che, infradotados, que ya empieza -hace Andy y los agarra de los pelos. No lo puedo creer. Por suerte, bajan las luces y la sala-túnel se pone negra. Una luz al escenario. Aparece la actriz.
Corte a la cara atónita de Andy, que gira su cuello para mirarlo al Guillo, que musita:
-A lo mejor después cambia... -y se hunde en su butaca. La actriz, que está en verdad muy buena pero que también está muy vestida, grita:
-¡Oh, Afrodita, cuán terribles, cuán trágicos tus días! -con voz engolada.
-Yo te mato -susurra Luigi en el oído derecho del Guillo. La mina sigue, chilla:
-¡De todo el Olimpo, te elijo a ti! ¡De todas las diosas, tú eres mi diosa!
-A la salida te cagamos a piñas, sí, a vos -tengo que pasar por encima de Luigi para llegar hasta el amigo que me hace ver teatro. Nunca me gustó, el teatro. Pero esto me supera. Al fondo del escenario, que es apenas un telón arratonado barato, se contorsiona un mimo vestido como en el Teatro Negro de Praga, salvando diferencias. No entiendo qué hace ahí, obvio. Ahora la actriz, haciendo alarde de una inusitada temeridad, rompe el espacio escénico -así decía una amiga mía que hacía cursos de expresión corporal, o algo así- y se nos acerca, caminando como ganso desplumado por el pasillo. Se frena, mira en nuestra dirección, pregunta:
-¿Algún alma será tan solitaria como la mía?
Y hace un silencio. La mina busca a alguien con la mirada, se detiene en Andy, me parece, o en el Guillo.
-¿Alguien me dará su prístino candor?
Andy la mira fijo, le sostiene la mirada pero mal, porque la cara de bronca que tiene es apabullante. Le duró poco, la buena onda. Andy está comiendo una pastilla Fuertess, de mentol. Todos, los cuatro, estamos comiendo esas pastillas duras, broncodilatadoras. La mina sigue:
-¿Me prestará alguien su calor?
Y le extiende una mano a Andy, a pesar de que está a tres asientos de distancia y de que es obvio que no podrá tocarlo. Andy chupa su caramelo, la mira, veo que piensa algo dark. Silencio. Una luz sigue la mano de la mina y se centra, más o menos bien, en mi amigo. Silencio. Andy saca la pastilla con la lengua, la sostiene entre los incisivos, sonríe torcido.
-¡CRACK!
Hace el Fuertess al romperse dentro de semejante silencio.
Corte a la explanada exterior del C.C.P. de Spagna. Fuimos los primeros en salir, así que podemos ver quién estaba adentro de la sala. Los chicos encienden cigarrillos. Breve pausa.
-Por lo menos se puso en bolas -inicia una defensa el Guillo.
-En tetas -lo corrige Luigi-. No es lo mismo.
-Y con todo el quilombo de luces y sombras y esa música de mierda, las tetas ni se vieron -ataco, lo peor que puedo-. La próxima vez nos pagás, para venir.
-Yo sí le vi bien los pechotes, y estaban muy bien -asegura Andy-. Además, la mina tiene aguante. Porque la hice quedar remal, y sin embargo se la bancó sin decir ni ay.
-Nunca tan importante, Andy -Luigi fuma y mira hacia los portones-. Ni tan terrible tampoco... Pero estuvo bueno, lo tuyo -concede, como siempre-. En fin. Ahí vienen tus amigas, Guillo.
Las chicas son tres, una es la rubiona teñida que está buena, otra es una morocha flaca bonita de ojos verdes que tengo vista de algún lado, y la tercera (que me parece que recién se les agrega) es una incierta gordita bajita de pelito insulsito y cara de yo-me-la-sé. El Guillo nos presenta; ellas son Gabriela (¿Graciela? No, quién se llama Graciela en los '90), Soledad la morocha verde y María Jesús o María José la gordita.
-¿Qué les pareció la obra? -Gabriela.
-Y... -Guillo.
-¿La verdad? -Luigi.
-Un bodrio -Andy.
-Un bodrio total -Martino, eh, yo.
-A mí tampoco me gustó -Soledad, que me parece me mira. Flash.
-Una estética superada -María Jesús.
-Bueno, les ofrezco la revancha, si nos acompañan -Gabriela.
-¿Eh? ¿Qué? ¿La revancha? ¿Cómo? -Martino, Luigi, Andy, Guillo.
-Tengo entradas gratis para otra obra. -Sonríe, encima-. Dentro de un rato en el Rivadavia.
Silencio. Los cuatro nos miramos, algo incómodos. En cuestión de segundos (para ser exactos, tres) evaluamos la situación: dos minas que están muy buenas -una de las cuales se la gana el Guillo, casi seguro, por ser el "amigo"-, una tercera que nadie tiene en cuenta, una hora y media (¡tal vez dos!) de nuestras vidas mirando otra gansada que terminará de matarnos del opio. A mí la ojos verdes me gusta, pero tanto sacrificio con resultado incierto. Entonces: el Guillo por sí, Andy y Luigi por no, yo sin decisión.
-Bueno, mirá, en realidad -inicia Andy.
-¡Esta vez es una obra muy recomendada! -asegura la rubia big mamas-. Y tiene años en cartel. Y es una comedia. Son dos actores, un varón y una mujer, que hasta actuaron en Francia... Creo.
-¿Cómo se llama, la obra? -pregunto por cortesía, mirando a la morocca e imaginando algo positivo.
-Se llama, se llama -rubia descerebrada-. Uy, a ver. ¡La mujer sentada!
-¿En serio? -Luigi tira su pucho, se interesa-. Es de Copi, un historietista francés... Creo.
-¿Qué creés? -lo apura Andy, agreta. Está entrando al bajón. Quiere irse. Eso sí lo sé.
-Creo que es francés. Pero sí, debe ser excelente. La historieta es excelente.
-Pero es tarde -hace Andy-. Nos vamos.
-Ay, chicos, no sean así -insiste la rubia. ¿Qué le pasa? ¿Por qué tanto interés?
-Podrían hacer un esfuerzo... -susurra la morocha. ¡Sí, vamos!
-Además -insiste Gaby la Blonda-. Si nos apuramos, fumamos dos porros que me regalaron hoy.
-¡Cómo convencés a la gente! -y Andy la abraza y le da gran beso en la comisura rouge de rouge.
Corte a Andy, Gabriela, yo, Soledad ojos en el auto de Andy a Cincuenta Por Hora muy tranquilos calle España al 300, 400, con hermoso cigarro liado de marihuana que pasa de mano en mano. Detrás, María José, Luigi y el Guillo en el Fiat Vivace de la petisa tamales, con otro cigarrito.
Corte al interior del hall del Centro Cultural Bernardino Rivadavia (creo que así se llama), donde todos corremos muy de la cabeza por el porro y porque llegamos tarde, entramos cuando cerraban las cortinas.
Corte a mi cara de culo estoy ultramalubicado a mi lado a mi izquierda la mortadelita María Jesús Josefa que me comenta lo que pasa en el escenario cada treinta segundos. A mi derecha: Andy Gabriela Luigi Guillo ojos Soleverdes cómo puedo ser tan colgado, al Guillo lo mato si me la gana.
Corte a la actriz que hace de la mujer sentada que está sentada en una silla y pone una carota resacada y hace prrr! con la boca y dice: ¡Cómo mata el paso del tiempo! Es graciosa, muy. Me pone medio loquillo.
Corte al actor que está disfrazado de boa constrictor y dice, pregunta: ¿Y los humanos chiquitos, se pueden comer? Ja, muy bueno, si María Jamón se callase sería 9 puntos.
Corte a la mujer sentada que está sentada encima de la tumba de su marido y le refriega un ramo de flores en la cruz/lápida: ¡Olé, Rodolfo, olé! ¿Te gustan? ¡Se las robé al marido de la panadera, que está en la tumba de al lado!
Corte a la mujer sentada que ahora está parada y apenas con una luz naranja y canta La vie en rose.
Corte a primerísimo primer plano de tremendos ojos verdes que me miran después de bello beso y me dicen:
-Me tengo que ir, llamame -y con su casi metro ochenta perfecto para un taxi se sube se va se fue. No. ¿Me dio su número?
-Che, yo me voy con esta rubia a mi casa, así que chau -hace Andy. ¿Dónde estamos? Ah, Corrientes y San Juan, casi. Hay un monumento a Sarmiento, con algunas pintadas de aerosol y de pincel y de paloma diarreica.
-No, pará -lo ataja el Guillo, quien fuera abordado sin cuartel por Marijú, que, veo, ahora está apretando con Luigi. Se descontroló la berenjena, como decía mi abuelo, creo. Pero si yo no tuve abuelos; nací de un repollo nuclear, igual que mis viejos.
-Me tengo que ir, ¿qué pasa? -Andy le hace señas a la rubia de que se vaya al auto, cosa que ella hace, muy sumisa-. Mañana hablamos.
-No, sabés qué, esta mina está recaliente y con Luigi nos la llevamos a algún lado, pero estoy demasiado de cara como para soportarlo.
Andy me mira, sin entender. Yo, nevermind. Estoy desinflado. Out.
-¿Y?
-Y, Andy, te acepto un par de rayas, si tenés.
Andy lo mira, sonríe, saca un papel de aluminio de Marlboro 10 que envuelve una piedrita, y se lo da.
-Grande, Andy. Chau. Chau, Martino.
Ahora Andy me mira, sonríe.
-¿Vos precisás algo?
Sin dar un paso siquiera -estoy en el mismísimo cordón de la vereda- paro un taxi, abro la puerta, escupo al suelo, me subo, me voy, me fui.

viernes, 6 de noviembre de 2009

12. El Clásico


Con Luigi tenemos que bajarnos del taxi unas tres cuadras antes de llegar al parque Independencia, porque está hecho un quilombo de autos y de hinchas que van y vienen y gritan y cantan, tipos desaforados de domingo seminublado que ni promete ni deja de prometer nada.
-¿Tenés las entradas?
-Sí -le respondo.
Caminamos hasta llegar al parque, racimos de cuerpos con banderas rojinegras buscando llegar a la cancha, al Coloso. Saco el porro que armamos en casa hace un rato y lo enciendo mientras Luigi hace lo mismo con un Camel, para no bardear tanto. La experiencia y la muchedumbre y la lejanía de los policías nos permite fumar sin preocuparnos, y en el momento justo, es decir media hora antes de que empiece el partido. ¿Habrán llegado ya Andy y el Guillo? Seguro que sí, y seguro que estarán haciendo lo mismo que nosotros, pero del otro lado del estadio, junto con las gentes de su horda. Ellos son de Central. Una lástima. Le paso el caño a Luigi, me da el Camel, doy unas pitadas sin entusiasmo, con más de disimulo que de otra cosa. Ahhh... Lindo día, me percato poco a poco. Hay olor a choripán.
-¿Y si hacemos un chori antes de entrar?
-¡No seas, ep, colgado, Martino! -y agrega-: Fumá que se nos hace retarde.
Le doy el Camel, me pasa el fasito, ya por la mitad. Cómo está fumando este hijo de puta. Me está agarrando el hambre. No importa, adentro ya consumiremos algo, después.
-¡Aguante la lepra, vieja!
Me, nos dice un energúmeno de pocos dientes y pelo largo retorcido en dreadlocks de dudosa factura.
-Sí, aguante -contesta Luigi.
El tipejo nos mira, sin moverse. Tiene puesta una camiseta de Newell's bastante desactualizada, con una publicidad que hace años que el equipo no usa, y completa su atuendo con una bandera a rayas rojas y a rayas negras y, me fijo hacia abajo, unos pantalones de jean cortados agujereados y aceitosos de tanto pasarle las manos que, veo, están embadurnadas de algo oscuro y aceitoso y, sigo, que también mancha sus zapatillas Topper clásicas que alguna vez fueron blancas. Ahora, no.
-Me das una seca, fiera.
Me, nos dice, me dice a mí. Lo miro a los ojos turbios. Recién ahora reparo en que todavía tengo el caño en mis manos, mi mano derecha. Si bien la maría juana me está poniendo muy bien, la situación no deja de incomodarme. Busco los ojos de mi amigo, y el paneo se detiene a medio camino, porque detrás del espécimen veo, a unos seis o siete pasos, a un grupo de humanoides muy parecidos a él -borrosos, ahora en foco, ahora fuera de foco- que parecen estar a la expectativa. Antes de que pueda decir nada:
-Dale, Martino, todo bien con el flaco.
No, no sé, me parece que no está todo bien. Le acerco el tucón al tipo, que lo aferra con notable familiaridad y se lo lleva a los labios de mojarrón. Le da tremenda seca, se revienta los pulmones de verde. Apenas se retira el cigarrito de la boca, Luigi se lo saca y se pone a fumar con ganas, como siempre. Miro. Detrás del fierita. Sus amigoides se acercaron, ya.
-Eh, vieja.
-Eh, fiera.
-Dame una seca, bolú.
-Eh, ej, sput.
El Luigi da otra aspirada y me mira, no me consulta, me mira. Sin prestarles atención a los buitres me pasa la tuca, porque a esta altura queda una tuca, respetable, sí, pero tuca al fin; una sobra de calidad, podría decir. La sangre me corre por todos lados, golpea con ganas en mis manos y en la punta de los dedos, yeaaahhh! La onda se pone densa, creo, se hace tarde, se escuchan los gritos de las masas en el circus del fútbol finis seculorum, mi latín es patético, tric tric tric fumo, fumo fumo al ritmo de los gritos de los saltos de la hinchada de El Glorioso Newell's Old Boys.
-¡Eh, vieja, dame una seca, bolú!
Gargajea uno grandote de rulos mota. Uf, esto no da para más.
-No, pará. Ya le dimos a tu amigo. Ahora fumo yo, y después hagan lo que se les cante con la tuca.
¡EPA! Luigi ha hablado, Senatum Populus Que Romanorum, con una claridad, apostura y elocuencia que, veo, consigue que los tipos estén sorprendidos y dudando el tiempo suficiente para que mi amiguillo me saque el cáñamo y le dé una nobilísima pitada, la aspire con deleite, slow motion publicidad y colores de 35mm para la nueva campaña de cigarros Tucorde High, ahhh, hace, y le deja la miserable puntita de porro al grandote mota, y.
-Vamos, Martino, ¡vamos la lepra, todavía!
Y ya no estamos ahí.
-Entradas en la mano. Entradas en la mano. Entradas en la mano.
Dice un policía gordo como un cebú y sudoroso como un cebú, supongo, pero creo que los cebús no tienen la culpa, el género bovino no tiene a su alcance la nueva línea de desodorantes Rexona Que No Te Abandona. A nuestra izquierda está la cola de las mujeres, ¿por qué ellas pagan menos? No termino de entenderlo. Para las populares pagan menos, al igual que los jubilados. Menores de doce años, gratis. Pero la igualdad de derechos está marcada en las plateas. Si no tenés guita, no hay asiento, no hay platea.
-Dale, Martino, no te pierdas. No te cuelgues, querido.
Y Luigi se ríe. Estamos a punto de pasar por los molinetes, cuando se nos acercan (estoy un poquito paranoico, lo sé) tres canas con sus perros. Uy, serán los antidrogas, pienso. No creo, éstos son doberman, los pichichos de los rati son comunardos, o eso creo. Los doberman, dos negros y uno marrón, canela oscura, están mansitos, tranquilos con los bozales en su lugar. Se nos acercan, te digo. Estamos a punto de pasar los molinetes.
-WAFARFGUAUWAF!
Hacen de repente los putos bichos. Por completo sorprendido, me quedo helado, colgado, mirando a los canes infernales. Luigi, detrás mío, me patea un tobillo. Uno de los botones me mira desde detrás de su casco anti-cascotes.
-¡SILENCIO, MIERDA!
Ladra el que parece estar al mando al tiempo que le pega furioso tirón a la correa de su doberman. El perro hace:
-WAfgh!
Y se queda mosca. Los tres animales se aterran un poco; el poder de la mente superior. Ya pasamos los molinetes. Ésta va a ser una tarde larga, larga como el hocico de ese doberman puto que me sigue mirando.
-¡QUE VAMOS A SALIR CAMPEÓN!
Pega un alarido un infradotado saltarín justo al lado mío, dejándome aturdido. Pienso: la próxima vez vamos a la platea. Pienso: pero si lo que a mí me gusta es, justamente, el descontrol que se arma en la popu. Pienso: la platea es para viejos chotos. Concluyo: está todo bien, a ponerse las pilas.
-Está todo bien con la popular, ¿no, Luigi?
-De una -afirma-. Y metele, que vamos a ver el partido desde afuera, si no nos apuramos.
Uhhh estoy a punto, como una buena tira de asado, ni jugosa ni cocida. Qué hambre, carajo.
-Tengo hambre.
-No jodas, Martino.
-Tengo hambre, qué querés.
-Aguantate.
Atravesamos el portal que nos lleva a la esquina oeste de la popular, ¿esquina oeste? ¿Dónde está, el Sol?
-Lo que daría por una pizza.
-¡Cómo rompés las pelotas!
-Una pizza de muzzarella con rodajas de tomate y aceitunas negras y un poquito así (gesto) de aceite de oliva.
A veces me divierte torturar a las personas. Este caso se me hace particularmente interesante.
-Hijo de puta. Me hacés tener hambre a mí. Callate.
-Non calentarum, Luis Brett.
Subimos diez, doce escalones, ¿gradas?, primero pasamos entre viejos con sus radios portátiles a cuestas, después entre no tan viejos, diez escalones más, cada vez más gente, llegamos hasta donde podemos, no nos dejan avanzar, la barra brava, los tipos pesados están unos veinte metros a nuestra izquierda. Pero no parece estar toda la barra brava; por lo general entran faltando diez, quince minutos para que empiece el partido, y todos juntos y haciendo bardo y alarde de su PODER.
Porque en la cancha, cuando el equipo juega de local, durante el partido (más unas horas antes, más un par de horas después), tienen poder. Como un mutante de los X-Men, pienso. Eso, así se manifiestan los poderes de los super-héroes-mutantes-argentos: desarrollan su máxima fuerza durante los actos futbolísticos.
En la cancha están los fotógrafos, policías, los alcanzapelotas, los perros policías, algunos bomberos. Salen el árbitro y sus ayudantes.
-¡CUERVO HIJO DE PUTA!
-¡A VER SI COBRÁS BIEN, HOY!
-¡REFERÍ Y LA CONCHA DE TU MADRE!
Enfrente nuestro, atravesando todo el largo del campo verde-marihuana, están los de Central, cantando boludeces y tirando serpentinas sin abrir lo más cerca posible de la cabeza de cualquier humano que pase cerca de su territorio. Se les hace difícil: los alambrados son muy altos. Estoy aturdido, bombas de estruendo. Petardos. "Tres tiros". Un "tres tiros" le explota en la mano a un gordo de rulos, cerca nuestro, y el tipo grita y grita y grita:
-¡AH! ¡AY PUTA! ¡AH! ¡AY PUTA!
Y se lo llevan unos que parecen ser sus amigos. Tiene una mano hecha bolsa, veo, bien llena de sangre y echando humo y teñida de negro. Qué bueno: de rojo y negro; eso es ser hincha hasta la médula. Huelo: a quemado, a carne y grasita quemada. Me da más hambre. Entra la barra brava de Newell's, todos juntos y haciendo bardo y alarde de su poder. Los hinchas más comunes, como siempre, se sonríen estúpidamente y hasta festejan el ingreso de la masa. Huelo: a miedo. Trescientos, cuatrocientos monos de lo más pesado, con sus banderas y etcéteras. Aguante.
-¡AGUANTE, CARAJO!
Grita alguno.
-¡AGUANTE!
Responden otros.
-¡LEPROSO, HIJO DE PUTA, LA PUTA, QUE TE PARIÓ!
Ah, no, esto no puede ser. De pronto se me pasa el hambre, y grito, gritamos todos, algo desenfrenados. Contestando.
-¡CANALLA, HIJO DE PUTA, LAPUTAQUETEPARIÓ!
Ahora me siento mejor. Qué lindo es el fútbol. Si hasta está saliendo el solcito.
-¡Atenti que sale Ñubel!
Avisa un viejo despeluchado que tiene una radio con audífono (no confundir con los auriculares, no), seguramente a válvulas, y que disfruta de la importancia de su rol en este momento especial del encuentro. Síndrome del Microprotagonismo Efímero, que le dicen. Alguien reparte papelitos. Luigi agarra un buen montón y me pasa la mitad. A nuestra derecha, no, a nuestra izquierda, están las plateas visitantes. Miro y llego a ver, entre la multitud (cancha llena, 40.000 tipos), a Andy y al Guillo que tropiezan consigo mismos y con una gorda que parece les está ocupando sus preciadas plateas. Le veo poco futuro, a la gorda. Andy hace amenazante ademán.
-¡SALE ÑUBEL!
-¡AAARRRGGGHHHHHH!
-¡GRAAARRRGGGHHHH!
-¡Y DALE, Y DALE, Y DALE ÑUBEL DALE!

-¡Y DALE, Y DALE, Y DALE ÑUBEL DALE!
-¡Y dale, y dale, y dale Ñubbb...
Y aplausos. Y los canallas que chiflan y putean y carajean. Recién ahora, entre los papelitos que caen y el humo, dos tremendas columnas de humo rojo y negro que se alzan un centenar de metros hacia el cielo que, me parece, se está despejando, recién ahora vuelvo a ver a Andy y al Guillo que acaban de desalojar a la gorda y que se sientan y encienden unos cigarrillos y llaman al cocacolero, o al heladero. Seguro que al cocacolero; el faso les está dando sed. Yo tengo sed.
-Che, Luigi, hagamos una Coca, querés.
-¿Qué hacés con los papelitos en la mano?
Miro mi mano: qué colgado, Dios mío.
-Los tiro cuando empiece el segundo tiempo.
-Bah, mejor hagamos una Sprite, o una Sevená.
Se esfuerza en decir sevená para causarme gracia, y me río lo mejor que puedo, ya que no insiste en certificar mi colgadez con respecto a lo de los papelitos. Me río bastante bien. Busco muy ansioso a un vendedor, tengo mucha sed y la saliva se me pegotea en las fauces. Aparece alguien con una bandeja en alto, pero éste vende semillitas de girasol, maní con chocolate, boludeces. No me sirve.
-Ja, mirálo a Pijuí.
Dice un gordo ojeroso que está al lado mío. Huelo: a chorizo berreta, a carbón con asado de hace unas horas. Las imágenes odoríferas se desprenden de sus ojeras y sobacos y se proyectan casi en 3D justo enfrente y arriba de mis ojos. Qué bueno.
-Sí, ja, es Pijuí.
Responde, avispado, un petiso pelado de barba color sorete que está a su lado. No se conocen, seguro, pero ya han entablado una de esas amistades que duran lo que el partido, con quien tengan al lado. Tipos que van solos a la cancha y le hablan al primero que encuentran y que se toma el laburo de responderles; no es difícil, tipos de éstos sobran. Siempre sobraron.
-¡Eh, Pijuí!
Lo llama alguien con vocecita de pito, desde algún incierto lugar.
-Ya lo atiendo, caballero, enseguida estoy con usted.
Pijuí tiene anteojos de culo de botella, el pelo duro y pajizo, la nariz grande; y a pesar de eso se la aguanta y le da para adelante lo mejor que puede, haciéndose el boludo frente a las cargadas de tipos que se creen que no son boludos y que intentan demostrarlo para sus congéneres, la gilada. Cuando yo fui chico, y veníamos a la cancha con los de la secundaria, siempre, siempre lo cargábamos, a Pijuí.
-¡Che, Pijuí, dame semillitas de sandía!
-No tengo, caballero.
Pienso, me pregunto: ¿por qué le dirán Pijuí?
-Pijuí, ¿tenés caramelos de zapallo?
-No me han llegado, señor.
Repienso, asocio. Hay una cierta paloma que se llama, o se le dice -¿es lo mismo?- picuí.
-Pijuí, por favor, una porción de queso para untar.
-No he recibido, esta semana.
Ah. Paloma, palomo, boludo. Picuí, Pijuí. Pensar me da sed. El ingenio criollo. Casi le pido una Coca, a Pijuí, por reflejo de Pavlov. Qué colgado. Tengo sed.
-Ahí hay uno que vende Cocas, Martino, llamalo.
Hasta que un tipo se apiada del punto y lo llama y le compra unas semillitas. Tengo una sed.
-Che, querido, estás muy colgueti, vos. ¡Coca! -llama.
-Ah, perdón. ¡Coca! -llamo.
El vendedor nos ve, está a unos diez tipos de distancia y le quedarán unas tres, cuatro Cocas.
-¡Atenti que sale Central!
Uh, no.
-¡SALE CENTRAL!
-¡CANALLA, COMPADRE, LA CONCHA DE TU MADRE!
La creatividad está ausente, hoy, en el parque.
-¡LACADÉ, LACADÉ, VOSODELABÉ!
No será creativo, pero que les duele, les duele. Veo que también ellos tiran gruesas nubes de humo azul y amarillo, que se elevan, se elevan y se van...
-Che, querido, ¿y la Coca, qué?
Uh. Busco al vendedor: está a unos cinco, cuatro tipos de distancia, ¡y le queda sólo una preciosa, excelente Coca-Cola!
-¡Acá!
Me desespero.
-¡Acá!
Hace alguien y le saca la Coca de la bandeja y le pone un billete en la mano y, no, no hay Coca para mi sed. El cocacolero se pone la bandeja vacía y sucia y mojada debajo del brazo y se va en busca de más vasitos plásticos. Mierda. Y encima hace calor, con todos estos tipos alrededor. Qué manera de sufrir. Ser hincha es un sacerdocio. Pero el fútbol siempre da revancha. Qué consuelo.
-Bah. Luigi, dame un pucho.
Para disimular la impaciencia. Lo enciendo, doy una buena pitada. La baba espesa se mezcla con el humo del tabaco. Y apesta.
El árbitro sortea qué arco ocupará cada equipo. Ajá. El arquero de Central se viene para donde estamos nosotros, qué bueno.
-¡Cornudo!
Empieza uno. Me siento mejor, más contenido y a la vez liberado que cuando iba al psicólogo que me pagaban mis viejos. Y me divierto mucho más.
-¡CORNUDO HIJO DE PUTA!
Corrige otro. Tirado en el diván me aburría como una ostra sordomuda, y tenía que inventar perversiones y neurosis a cada rato para confundir al pelotudo ese y poder jugar con sus reacciones.
-¡CORNUDO HIJO DE REMIL PUTAS!
Aumenta otro. Llegué a lograr que les recomendara a mis viejos que me internaran; por mi parte, convencí a mi madre y a mi abuela de que el causante y agravante de mis problemas era el analista, que además era un barbudo chupavergas (les aseguré que había insistido en mamarme el choto) y un ateo anticatólico terrible, cosa que sacó de quicio a la abu. Le iniciaron una demanda.
-¡PUTO REPUTO RECULEADO!
-¡ARQUERO DE LA B, HOY TE HACEMOS CINCO, TE HACEMOS!
Terminan de agregar, otros. El psicólogo terminó con una depresión aguda y apenas consiguió detener el juicio al darles unos cuantos miles de mangos a mis viejos. Y todos contentos.
-Empieza -dice Luigi-. Que ganemos, que ganemos... Tenemos que ganar.
El referí hace prriiit y sacan los canallas. Debajo mío, un pelado narigón de barba grita:
-¡Dale Ñubel, daaale Ñubel!
Y se calla. Muchos gritan alguna cosa al empezar el partido, y después ni mu. Qué raro, pienso. Tengo una sed de locos. Tiro el cigarrillo y lo piso. Las hinchadas cantan, se putean, saltan. Busco con la mirada a Andy y al Guillo: están muy cómodos en sus asientos, con una sonrisa en los labios y una Coca en cada mano. No puede ser. Me muero de sed.
-Gol de Racing -avisa el viejo despeluchado-. Lo hizo Sórchez.
¿A quién le importa, Racing?
-¿Contra quién juega? -le da pie un pelotudo de los que nunca faltan. El viejo se infla, agarrando con fuerza su radio del año del orto.
-Contra Colón -afirma, tratando de parecer aplomado-. En cancha de Colón -agrega, y nota que ya nadie lo escucha-. En el Cementerio de los Elefantes -viejo decrépito, ya sabemos que se le dice el Cementerio de los Elefantes. Ahora callate.
La sed me enloquece, todo me da vueltas, me desmayo.
-¡Coca, acá, eh! -¡hace Luigi al lado mío! ¡Milagro, milagro!
-Pedile dos -lo apuro-. Dale, tomá la plata, dale, dale.
No lo puedo creer. Destapo el vaso lo más rápido que puedo, le doy un furibundo sorbo, está helada, es perfecta, le doy un segundo trago, cerrando los ojos y alargando el momento, qué bueno, y un tercer trago, ahhh, está un poco aguachenta pero no importa, es algo frío y dulce, ah, me vuelve el alma al cuerpo.
-¡GOL!
-¡¡¡GOOOOOOOOOLLLLLLLLL!!!

NO-NO-NO-NO alguien me empuja y me abraza y me tira el vaso a la mierda. Todos están festejando, totalmente locos. Miro a la cancha, y casi todo Newell´s se amontona en una pila humana. La puta madre, me perdí el gol. Se me cayó la vida, quiero decir la bebida. Por lo menos ya no tengo tanta sed. Le pido otro faso a Luigi.
-Uh, che, se me mojaron con la Coca. A mí también se me cayó.
Bue.
Eufóricos, todos cantan y aplauden y se entusiasman. No importa, a la noche lo veo por televisión.
No, sí importa, me cago en todo. Bue, basta.
-¡HIJOS NUESTROS, HIJOS NUESTROS!
Gritan los barrabravas, a pesar de que en el historial los canallas nos llevan cuatro partidos de ventaja.
-¡PECHOS FRÍOS, PECHOS FRÍOS!
Se enardecen un ratito los de enfrente. Luigi me da un codazo y me muestra a Andy y al Guillo que están con cara de culo. De golpe, Andy hace un brevísimo movimiento y su vaso (tapado y bastante lleno, calculo por la aceleración que toma) vuela y aterriza en la nuca de un ovejero de la policía. El perro se bambolea medio segundo y retrocede y cae, se desploma en el foso que separa los bancos de suplentes de las plateas. El foso está vacío, porque en still de tres segundos se oye un tunc! asordinado, que indica que el pichicho no encontró ningún colchón de agua para recibirlo. Andy se ríe un poco, llama al heladero, se compra un palito de frutilla, lo chupa, se calza sus anteojos oscuros, ¡sigue el partido!
En la cancha, todo se me aparece confuso. No hay buenas jugadas, nadie pisa la pelota, empiezan los primeros foules violentos. Amarilla para uno de Central. Corner para Ñuls. No pasa nada. Luigi consigue una Fanta limón. No me gusta pero la tomo igual. Amarilla para otro de Central. ¿Cómo va River? El despeluchado dice: cero a cero. River va puntero delante de Colón y el Glorioso Newell´s Old Boys. Dura patada de uno de La Lepra. Amarilla para él. El gordo ojeroso socarrón dice: El Show de las Amarillas. El petiso pelado barba de sorete le festeja: jajajá. Andy y el Guillo comen helados. Corner para Central. Un policía mira dentro del foso. El despeluchado informa: penal para Colón. Luigi consigue un cigarrillo. La hinchada de Ñubel canta vamolalepraquetenemoqueganar. El despeluchado acota: gol de Colón. El gordo ojeroso experimentado comenta: es el Cementerio de los Elefantes. Me estoy cansando de estar parado. Ya falta poco para que termine el primer tiempo. Varios policías miran dentro del foso y hacen gestos agresivos y bardean con sus escopetas Bantam. Roja para uno de Central. Lo festejamos. Rebotes en el área chica y gol de Ñubel. Gol de Ñubel. Gol de Ñubel.
Todos gritan...
Luigi y yo gritamos...
El árbitro lo termina con un prit!
Me siento donde puedo, como sardina enlatada. Pero me siento.
Entretiempo. Luigi y yo fumamos el cigarrillo a medias. La hinchada de Central tira petardos y montones de bombas de estruendo que al explotar levantan panes enteros de césped. Si parecen granadas. También tiran monedas, pilas, ¡piedras!, ¿de dónde sacaron piedras? Los bomberos se acercan lo más que pueden y largan chorros de agua a alta presión, para bajar a los tipos que están subidos a los alambrados. Ninguno cae. No, uno resbala con los caños ahora húmedos y se enreda en los alambres de púa y parece que grita, parece que lo está pasando mal. Que se joda. Los bomberos le siguen tirando agua. El tipo se zafa pero cae varios metros hasta dar con las cabezas de sus compadres. Algo brillante y alargado vuela, con mayor precisión que todos los otros proyectiles, y le da a uno de los bomberos, que hace grandes aspavientos y corre sin dirección, escapando. Los policías se ponen en fila india (serán veinte, treinta, todos con cascos y escudos y bastones y un par con escopetas y uno con un rifle lanzagases) y se posicionan enfrentados a la brava de Central. Divertido.
-Dame una seca -le digo a Luigi.
-Esos están muy de la cabeza -me comenta.
-Ajá, sí.
-Má sí.
-Gol de Colón -se anota el despelucheitor-. Justo cuando termina el primer tiempo -reinforma.
-¿Y los otros partidos? -se malengancha el barbita de sorongo.
-Todos cero a cero.
-Ah.
-Mirá vos.
-Eh...
-Ah...
-Qué bien que estamos jugando al orsai, ¿no?
Corte a dos canas que están tirando de una soga y levantan y sacan lo mejor que pueden al perro que había caído al foso; el ovejero parece bastante machucado. Le hago señas a Andy; no me ve; el Guillo duerme, o hace que duerme una siestita. Vuelvo a hacer señas: nothing.
Corte a granada de gas lacrimógeno que cae en el medio de la bandeja baja popular de los canallas. Al principio se desbandan, pero enseguida un grandote de pelo rubión y enrulado, lleno de tatuajes, agarra la granada y -tremenda sangre fría, me doy cuenta- hasta se toma el tiempo necesario para apuntar, y cuando encuentra un blanco la devuelve a los policías, justo a los pocos que no tienen puestas las máscaras antigás.
Corte a los dos equipos que prriit! hace el referí y vuelven a castigar la redonda. Sin embargo, ya los ánimos están más que caldeados, recalientes, y a una patada de uno de los nuestros el de los otros responde con otra y se agarran a piñas y roja para los dos, afuera. Todo mal.
-Acá se arma, che.
-Sí, querido, así que vayamos pensando en cómo vamos a salir.
-Bue.
Tiro libre para Central, entonces. La acomoda el Negro Palma. La veo jodida. Patea, el arquero mira, la pelota se duerme en el ángulo más alejado. Uh, no. Los canallones gritan y hacen quilombo y recién pasaron dos, tres minutos desde que empezó el segundo tiempo.
-Qué manera de sufrir -el gordo de las ojeras.
Nadie le responde.
-Gol de Colón -avisa nuestro corresponsal particular, Josef Despeluchenko.
El cielo se está nublando. Siguen las patadas, los foules, los pelotazos a cualquier lado, este partido es un bajón; todos los clásicos son así, prácticamente: lo único que importa es ganar. Veo que Andy y el Guillo, junto con otros de su sector, hacen gestos de "les vamos a romper el culo" hacia donde estamos nosotros; sin embargo, estoy seguro de que no nos vieron, todavía.
Sí, el cielo se está nublando, mientras cae la tarde.
Huelo: el aire. El aire está... Tenso. Siento, experimento, veo: todo se detiene, todo se silencia. Caras. Desencajadas. La de los policías. Los bomberos. Los jugadores de Central. El árbitro. Los jugadores de Newell's. Los hinchas de Central. Andy. Los perros doberman. Luigi. Los hinchas de Newell's. El Guillo. El gordo ojeroso, el barbeta de caca, el cocacolero y su sudor.
Mi cara.
Mi cara.
Mi cara.
-¡GOL DE COLÓN!
Dios.
-¿Cómo van?
-Colón cuatro a uno a Racing.
-Tenemos que ganar.
-¡HUEVOS, ÑUBEL, HUEVOS!
-Hay que ganar, como sea.
-¡OOOHHHH, VAMOLACADÉ!
-¡Tiro libre, carajo, vamos todavía!
-¿Quién patea?
-El Negro Zamora.
-¡Vamos negrito querido!
-¡Ahí va!
-¡GOOOOLLLLLLLLLLL!
Cierro los ojos. Me duele la cabeza, mucho. Un zumbido, increíble, torturante.
Abro los ojos. ¿Penal para Central? Lo hace Palma.
-¡GOOOOLLLLLLLLLLL!
Media barra brava de Central se cuelga de los alambrados. La de Ñubel hace lo mismo, pero en plan romper todo. Los tejidos de metal ceden. El cielo está nublado. Se oyen tiros, gritos, gente/masa que corre, huelo: el gas, los jugadores corren hacia los túneles, alguien tropieza y rueda y se lamenta y el alarido se pierde en ningún lado, corro, delante mío la remera de Luigi, huelo: el pánico.
-Gol de Colón -creo escuchar, entre tantos sonidos.
Corte al living de Andy, en la casa de Andy, que, que está lamiendo una chala larga y consistente. Nadie habla, alguno murmura, alguno.
-Dale, encendé -apura el Guillo.
-Tengo sed -digo.
-Despacito despacito despacito -empieza un canto Luigi-, les rompimos, el.
-Cerrá el culo.
Ladra Andy, un doberman, y enciende.