domingo, 25 de abril de 2010

21. Contrabando


-Che, vieja, qué tal -actúa Andy.
Los cinco o seis pibes rocanrol se dan vuelta, se fijan en nosotros, nos miden. Acaba de terminar un recital de Divididos y La Renga y Los Vándalos, en el Bajo. Habrá quinientas, seiscientas mentes alteradas saliendo del lugar, en este momento.
-¿Qué pasa? -pregunta uno de los chicos, dieciséis o diecisiete temporadas, camperita de jean que dice Aguante Los Redondos.

Estamos tan de la cabeza que casi nos llevamos por delante a los tipos de seguridad de las barreras de contención del boliche. Pero como siempre, pasamos antes que los que hacen cola desde hace un rato largo.
-Está bueno, el lugar -admite el Guillo-. ¿Vamos a tomar algo?
-¿Ya? -pregunto mientras la vista se me va detrás de unas piernas con micromini.
-Si quieren, Martino, vos y Luigi quédense por acá, que con Andy vamos a la barra de un amigo mío -y el Guillo enciende un Marlboro-. Nos consigue el Chandon a diez mangos.
-Vayan, vayan -acepta con entusiasmo Luigi. Me comenta-: Y pensar que estuve a punto de irme con Lorena al recital de Divididos.
-¿Qué, te amigaste?
-Pero no, Martino. Bueno, no sé. No.
Suenan los Rolling Stones, un tema nuevo, muy para bailar. Plena pista principal, para la masa: pasan hits y toda esa mierda.
-¿Dónde tocaban, los Divididos?
-Tocan. Dentro de un rato tocan en el Bajo.
-Ah, acá nomás.
-Dos cuadras... ¿Y si me voy?
-No seas boludo. Mirá lo que es este lugar. El infierno tan querido.
-Tenés razón. Además Lorena ya les dio las entradas a unas amigas suyas.
Ahora suena un tema viejo de INXS, New Sensation.
-Pobre Michael Hutchence -dice Andy y nos reparte vasos y sirve el champagne, champán.
-¿Vamos a las pistas de abajo? -los aliento.

Los del 505 son tomados por sorpresa, pero a pesar de eso le hacen frente al primer grupo y tiran patadas que, con semejantes borceguíes militares, pueden romper cualquier hueso poco o muy calcificado. Uno de los del auto alcanza a abrir el baúl y saca un bate de béisbol. Cae un segundo grupo de atacantes y consigue separar a uno de los pelados, lo rodean puños y piernas, el pelado grandote cae al piso, se defiende como un enorme perro ciego.

-Esto me gusta, sí -achica los ojos el Guillo, deslumbrado por los flashes que siguen el ritmo acelerado del rap/hip hop de Tres Delincuentes. Esta pista es más oscura, menos concurrida, subterránea.
-Eh, ahí hay una amiga mía -dice Andy y se lleva la botella con él-. ¡Ya vuelvo!
-¡Les va a dar el champú a las minas! -se lamenta Luigi.
-Después compramos otro -lo tranquiliza el Guillo, un bucólico Buda urbano-. Además, consigo whisky a tres pesos.
-¿Qué whisky? -desconfío de tan buena oferta.
-Premium, me parece.
-Está muy bien, querido.
-Sí, está muy bien -acepto. Ahora suena Cypress Hill. El champagne está frío y seco, abre mis conexiones neuronales. Una mujer muy alta, pelo negro, maquillaje reflectivo alrededor de sus ojos de gata, se me viene, me grita por encima de la música, que está muy fuerte:
-¡Hola!
La miro, extasiado. Es que la maría juana de esta noche es HI-FI. Además, la morocha es un camión.
-¡Hola! -vuelve a decir-. ¿Te acordás de mí?
Shit, por qué habrá preguntado justamente eso.
-La verdad que no -me sincero-. Pero estoy muy ebrio, en este momento.
Se ríe. Mejor.
-Soy Luna. Nos conocimos hace unos meses en Mamacita, ese bar.
-Ah, sí -digo, tomo un trago.
-Después nos fuimos al entrepiso del Bar del Mar.
-Ahora no hay más del Mar.
-Ya sé, cambió de nombre.
Ahora suena Run DMC, un tema viejo. Tomo otro trago. Miro a Luna.
-Y después nos fuimos en tu auto.
-Ah, sí -digo, pero no sé de qué me está hablando. Debo confraternizar-. ¿Querés un poco?
-¿Qué es?
-Chandon Extra Brut -miento, seguro de que es Demi Sec. A que ésta no se entera de nada.
-A ver... -Da un par de traguitos pseudoeducados- ¡Ay, qué rico! Me encanta el Extra Brut, no puedo tomar otro champagne.
-Claro, claro -y le sonrío.

Los del auto bordó se la bancan, veo, vemos, y pegan golpes y putean y tiran patadas y el del bate le acierta a un gordo tremendo de pelos enrulados muy largos en plena cabezota y el fiera cae y sangra y se retuerce. Pero llegan más y más bandas de tipos enardecidos, aullando, y se enrollan las remeras y las camperas que dicen Los Ratones, Nirvana, Sepultura, hasta hay un par de punkitos con sus estandartes de los Sex Pistols, Los Ramones, y al toque imitan a los más experimentados y también se enrollan los trapos en los brazos y así paran los batazos del pelado, de algún lado vuela una botella de cerveza y aterriza en la nuca del grandote macizo y hace ¡ah! y, mal para él, cae.

-¿Estás sola? -le pregunto a la catadora.
-No, con dos amigas, ¿las ves?
Dos morochas más, pantalones superajustados que embuten magníficos culos.
-Bueno, traelas para acá y se las presentamos a mis amiguitos del alma.
-¿Cuáles son?
-Esos dos que bailan como payasos en el medio de la pista.
Es que ahora resuenan los Red Hot con Warped, nada menos.

Y llegan más y más y los pelados son sobrepasados y cagados a golpes, y un flaco alto con la remera de Central agarra del cuello a uno de los del 505, un petiso que grita basta basta, y el canallón le da una piña en la boca, otra trompada en la nariz, se la rompe con sus dedos llenos de anillos. Uno de los punkitos le da un batazo al parabrisas trasero del auto. El vidrio se fragmenta, pero resiste. Otro palazo. Vuelan las esquirlas.

-¿Vamos a pedir unas cervezas? Yo te invito -digo, mientras saludo con besitos a las fuertísimas amigas de, eh, Luna.
-Dale, vamos.
-¡Eh, che, pónganse las pilas que hay unas mujeres que los esperan! -le parto el oído al Guillo.
-¿Dónde, dónde? -babea el muy simiesco.
-¡No podés controlarte un poco! -lo reto-. Ahí.
Luigi es el primero en encarar, muy simpático él. Excelente, esta noche promete. Y pensar que casi no salgo, hacía, hace tanto frío afuera, en las calles. Le paso un brazo a Luna por la cintura, caminamos en dirección a la barra, algo me golpea la nariz, medio segundo después los ojos. Un olor... Un olor conocido, pero qué.

Y llegan más y más, y todo se convierte en una masacre, los pelados son aplastados, triturados en la más salvaje, uno, un rubio, el más alto y grande (y son todos muy corpulentos y llenos de músculos), pierde su campera de cuero negro de alta calidad y deja ver debajo una remera blanca con una nítida, negra, definitiva esvástica en el centro. La remera empieza a mancharse de gotitas rojas. El auto es bordó, o rojo.

Gritos, gritos, me sorprendo tosiendo, un humo espeso brota de algún lado y chicos y chicas que corren y tropiezan y caen y yo mismo olvido todo y corro hacia la escalera, la escalera está atestada de chicos y chicas que gritan, se debaten por subir como pueden, alguien cae desde el piso superior, se golpea contra la baranda de la escalera, gritos de auxilio, gritos de un incendio, ¡UN INCENDIO! SE DISPARA MI INSTINTO trepo encima de dos o tres mujeres que están siendo aplastadas una mano me agarra del cuello, me tira para atrás con increíble fuerza, caigo sobre alguien, tiro puñetazos al aire.
-¡Pará, Martino, carajo, pará!
ES EL GUILLO QUE ME SACUDE y me arrastra hacia abajo, de donde vengo, hacia el humo del incendio el humo tóxico, monóxido de carbono, óxido, nos vamos a morir, me ahogo, toso y escupo y vuelvo a escupir. El Guillo me tira al piso. Abro mis ojos: a mi lado están Luigi y un par de chicos más, PERO EL HUMO SIGUE Y SIGUE Y.
-¡Es gas lacrimógeno, quedáte ahí!
ME GRITA el Guillo y se tira a un costado y se pone un pañuelo en la cara, entonces, entonces no nos vamos a morir, veo que el humo es menos denso a ras del piso, oigo los gritos y los alaridos de los que quieren salir, escapar, tan desesperados, ahora suena Pearl Jam.

-¡MUERTE A LOS SKINHEADS! -aúlla, los ojos desorbitados, un negro con cara de chino con dreadlocks desteñidos mientras salta encima del techo del Peugeot 505. Todos están encantados con la idea, y se abocan a hacerla realidad. Suena un tiro, algo lejos. La media docena de pelados es carne de morgue.

El Guillo se levanta y salta a la cabina del disc jockey, pisoteando las bandejas, ahora deja de sonar Pearl Jam y es la música del PÁNICO PÁNICO la que todo lo invade, el Guillo tironea de una ventana que, parece, da a la calle, la fuerza, LA ARRANCA, vuelve a bajar, nos grita: ¡vamos, suban, suban!, lo seguimos, primero se trepa Luigi, unas manos lo reciben desde afuera, después salen los otros dos chicos, ahora es mi turno, saltan unas chispas de debajo de los controles del disc jockey, se enciende un fuego, ¡pero dale Martino subí!, me empuja el Guillo, estiro MIS MANOS OTRAS MANOS LAS AGARRAN SALGO AL AIRE FRÍO DE LA NOCHE, toso y escupo y escupo y me doy vuelta y miro a la ventana de la que sale cada vez más humo y veo el resplandor de unas llamas EL FUEGO y me abalanzo hacia el humo y no puedo ver ni respirar y tanteo y estiro mis brazos y una mano me roza desde abajo la atrapan mis manos Y TIRO Y TIRO Y Dios es muy pesado, pero alguien a mi lado también tira y sube y subimos al Guillo que tose como un marihuanero tuberculoso y otras manos nos ayudan y lo sacamos y nos arrastramos por la vereda, alejándonos de esa muerte.

Otro tiro, otros dos tiros, y las bandas, las tribus se retiran llevándose a sus heridos y dejando un tendal de cabezas rapadas abiertas, rajadas a golpes. La sangre dibuja gotas, hilos, charquitos, se mezcla con los vidrios desmenuzados, el pavimento se entibia con el líquido que humea tenue, las luces y las sirenas llegan, se acercan, apenas si van a poder sacar algunas fotos y juntar los pedazos.

-¿Qué hacemos, Martino? -Luigi está agotado, bastante mal, y me mira y lo mira al Guillo que está boqueando panza arriba.
-Vengan, vamos a llevarlo del otro lado de la esquina, que hay ambulancias -dice uno de los chicos que estaban con nosotros, abajo, y con otros que aparecen cargan al Guillo y Luigi se va con ellos y yo intento ponerme de pie, pero me da una arcada y vomito un poco de champagne agrio, no sec, junto al cordón de la vereda.
-Martino, che, Martino.
Enfoco: Andy se me acerca, me levanta, me sacude por los hombros.
-¿Estás bien?
-Burc... A vos qué te parece.
-¿Y los chicos?
-Se los llevaron a una ambulancia.
-¡¿Qué?!
-Pero están bien; Luigi está mejor que yo.
-¿Y el Guillo?
-El Guillo se va a poner bien, seguro. Es una bestia.
-Bue, mejor. Llegaron los bomberos, la cana, esto es un quilombo.
-Ya veo.
-Vamos a buscar el auto, que con este descontrol me lo pueden llegar a afanar.
-¿Y vos pensando en tu auto?
-Sí. Después volvemos y levantamos a los chicos y nos vamos a casa a tomar algo.
-Mierda, qué sangre fría, Andy.
-¿Y qué podemos hacer? Vamos.
Y caminamos, nos alejamos de las luces intermitentes y las sirenas esporádicas y los llantos de las mujeres, y yo que todavía escupo un poco, pero respiro y sigo caminando.
-¿Vos dónde estabas? -le pregunto, respiro más hondo.
-Arriba, cerca de la entrada VIP, así que salí enseguida.
-Ah.
Andy enciende un cigarrillo.
-¿Querés uno? -me pregunta.
-Pero, no seas hijo de puta.

-Pasa que hace un rato unos nazis lo fajaron a mi amigo, acá -y Andy me señala: todavía tengo los ojos irritados y estoy, en general, bastante desfigurado-. Y además les pegaron a dos minitas que estaban con él, y que venían a ver el recital de Divididos.
Los fieritas rocanrol me miran, yo pongo cara de pobrecito, lo miran a Andy que está ofreciéndole un cigarrillo a uno de los pibes, se miran entre sí. Andy da fuego, hace un silencio estratégico, drama griego.
-Las minitas están en el hospital.
-¿En el hospital?
-¿Seguro que son nazis?
-¿Dónde están?
Andy levanta, apenas, la voz. Veo que llegan otros pibes, que nos rodean.
-Si alguien lleva anillos con esvásticas y grita muerte a los negros -micropausa-, mientras les da patadas con borcegos de punta de metal a dos minas -pausa-; ¿son nazis, o qué? -Pausa-. Hágannos el aguante, vieja.

-Pero dale, fumate un pucho -me carga Andy, se ríe.
-Dejate de joder, por favor.
Pasamos al lado de un grupo de tipos con camperas de cuero que están tomando cerveza al lado de un auto, uno se nos pone delante, nos cierra el paso.
-¡Eh, vos! -grita, a lo sargento.
Los tipos están en un lugar algo oscuro, debajo de una columna de luz que parpadea, ahora se enciende: el que nos intercepta es grandote, rubión, el pelo muy cortito.
-Epa, qué tenemos acá -hace Andy.
-¿Cómo te va, primo? -saluda el quía, se nos acerca: es muy alto, bastante más que nosotros.
-Qué hacés, Matías -Andy fuma su Marlboro, se dan la mano. Le doy la mano.
-Acá, tranquilos, tomando unas birras con los amigos -y Matías nos señala en dirección al auto: cinco o seis como él, nunca tan altos, pero bien cuadrados. Y pelados.
-Ah, qué bien -Andy está pensando.
-¿Vienen de Contrabando? -sonríe torcido Matías. Una sonrisa muy parecida a la de mi amigo, en ciertas y pocas ocasiones. Gen de familia.
-Sí, de ahí venimos.
-Qué despelote se armó, ¿no? -pregunta, se ríe.
-Sí.
-¿Vos estabas adentro?
-Sí, estábamos adentro.
-Qué lástima -vuelve a reírse-. Che, Andrés, ¿puedo ir a la casa de tus viejos, quiero decir, a tu casa, en estos días?
Andy piensa, pita el pucho, lo tira, sonríe. Con franqueza.
-Sí, Matías, cómo no. Llamame, antes.
-Perfecto. Chau, primo.
Se saludan, nos saludamos, seguimos caminando en busca del Fiat Tipo 1.6.
-Che, Veneno, ¿ése es el rockero? -alcanzo a escuchar que le preguntan a Matías.
Caminamos. Caminamos. Damos vuelta en la primera esquina. Acá no está, el auto.
-Acompañame, Martino.
-¿Adónde?
-Acá, al Bajo. Es un rato, nada más.

Muy cómodos y seguros, a más de media cuadra del 505 que ahora está rodeado de patrulleros y policías y un par de fotógrafos que tiran flashazos, Andy y yo miramos desde dentro del Fiat.
-Ahora sí, dame un cigarrillo -pido. Ni siquiera tiramos un golpe, se me ocurre. Mejor.
-Nunca me lo banqué, al primo -dice Andy, me da fuego-. Los chicos se habrán ido, ¿no?
-Creo que sí.
-¿Qué tal un café con leche?
-Estás realmente inspirado, hoy, Palermo.

martes, 13 de abril de 2010

20. Nahuel Toro


-Quiere decir "Tigre Valiente" -informa el Guillo.
-Pero si acá no había tigres -duda Luigi.
-Pero había pumas, y a los pumas también se les decía tigres -reinforma el Guillo.
-A los jaguares también se les decía tigres, ¿no? -y Andy fuma el largo cañote.
-Sí, así es... Creo. -Opto por callarme y mirar el paisaje nocturno: no mucho, campo y campo y campo y ni por asomo una sierra, un monte, una, bueno, nada de eso.
-Uppp, puf, para qué habremos salido de noche -Andy alarga el porro para atrás; lo recibo y hago uso, claro-. Luigi, un café, sivuplé.
El copiloto es Luigi, y como tal es el encargado de mantener despierto al conductor a como dé lugar: por ahora, con marihuana y café lo va llevando bastante bien.
-¿Cuánto falta, cuándo llegamos? -pregunto, en la más colgada.
-No empieces. Recién hace una hora que salimos. -El Guillo está agreta, muy ortiba. Le paso el armado, mejor. Antes, otra pitada.
-Es mejor viajar de noche, querido. -Luigi lucha por no derramar el termo encima de Andy, lo consigue-. Es más... Místico. Tu cofi.
-Más místico las garonchas. Bue, por lo menos no hay nadie, en la ruta.
-Estamos en pleno invierno, es la madrugada de un jueves, claro que no hay nadie por acá -el Guillo está muy de cara, todavía. Que fume un poco-. A ver... Para ser exactos, son las 4:16 de la mañana, sí. Up, ahhh.
El 1.6 pega un saltito, acelera a 100, 110, 120 km/h.
Jueves, 6:15 AM
Estación de servicio en la ruta. Cuatro jóvenes argentinos ingresan y piden cafés con leche, medialunas, galletitas de vainilla y limón, alfajores de dulce de leche, una petaca de ron cubano.
-Uh, ya falta poco.
-¿Cuánto?
-Dos horas, dos horas y media.
-¿Seguro?
-Siempre y cuando no nos perdamos.
-Agh.
-Los caminos esos, de noche, son un quilombo.
-Ni un cartel.
-Nada.
-Bueno, hasta que nos bajemos este desayuno, puede llegar a amanecer.
-¿Te parece?
-No sé.
-Siempre amanece.
-¿Seguro?
-Casi siempre.
Jueves, 8:33 AM
Amanecer. Las sierras cordobesas largan algo de vapor de rocío amarillento. Un Fiat color claro, blanco, crema, naranja pálido, da bandazos en un baqueteado camino de ripio. Estaciona frente a una tranquerita que lleva a un atípico chalet de montaña. Algunos pájaros hacen ruido. El pasto está escarchado en varias partes, escarcha que se derrite con los rayos del sol oblicuo.
-¡Llegamos a la casita! -el Guillo se entusiasma, será el día que comienza, será el ron.
-Primero entremos el auto, después armamos un caño, después desayunamos -organiza Andy y enciende un cigarrillo. Y se pone a mirar un hormiguero que está en la base de un árbol.
Entrar las mochilas y los bolsos y las cajas con las provisiones nos supone un terrible esfuerzo físico, y una buena porción de tiempo. Pero lo logramos. Voy hasta la cocina, abro la llave del gas, doy fuego a una hornalla, ¡funciona! Todo bien. Pongo agua a calentar. Vuelvo al comedor, busco y encuentro el mate y la bombilla, pero la yerba. Luigi corta las tiras de cinta de embalar de una de las cajas de cartón con un cuchillo que de dónde lo habrá sacado, es un cuchillo de caza, de monte. Abre la caja:
-Antes que nada, Luigi, dame la yerba -pido, y obtengo un kilo de Aguantadora-. Uf. -Hago-. A mí me gusta más la Nobleza Gaucha.
-No jodas, Martino; también compramos medio de Taragüí, ¿te va?
-Más o menos, bueno, sí, todo bien.
Entonces, Luigi va sacando y poniendo encima de la mesa: medio kilo de café Cabrales, un kilo de azúcar, dos, tres, cuatro botellas de vino tinto (Carcassone, dos Martins, Flichman), una botella de ginebra De Korenauer, una de vodka Absolut, una de tequila Conquistador (no la tengo, a esta marca), dos de whisky Blender´s, ¡un Jack Daniel´s!, ¡un Wild Turkey!
-Che, de comida... ¿hay algo? -llega y pregunta el Guillo.
Luigi saca dos paquetes de fideos y uno de arroz. Y de su bolsillo, un alfajor empezado.
Jueves, 12:47 PM
Andy y Luigi vuelven con el asado que acaban de comprar, en algún lado.
-Nos tuvimos que ir con el auto hasta la loma de la mierda. -Andy resopla.
-La loma de la mierda queda lejos, sí -el Guillo ya está tomando vino-, atrás de la loma del chimango y al lado de la sierra de los teresos.
-Es que está lleno de lomas y sierras, por acá -rubrico.
-Váyanse a la mierda, ambos -Andy se sirve un vasote de tintorro.
-Pero si acabás de venir de ahí, y decís que queda lejos.
-Uh, Martino, basta. ¿No ves que estoy cansado?
-¿No ves que Andy está cansado, Martino? -el Guillo se manda otro vaso.
-¿Y el fuego? -Luigi también se copa con el Carcassone.
-Me extraña, araña. Vamos a poner la carne, dale -me hace el Guillote y salimos hasta la galería, que por suerte o por previsión está cerrada con paneles de fibra de vidrio transparente. Es que hace un frío. Las brasas están perfectas, más que justas. Parecen latir. De hecho, laten, aunque creo que soy el único que lo nota.
Jueves, 5:01 PM
Termino mi taza de café, me hacía falta. Andy duerme, con sus anteojos oscuros, tirado en el sillón que domina el paisaje, desde esta parte de la galería. Paisaje: cielo despejado, una o dos nubes que se deshilachan, sierras, una paloma que vuela, un caminito de tierra que baja desde algún lado y que va a algún sitio, piedras que brotan de la tierra, muy poco más. Y silencio. Ahora noto ese algo que me incomodaba: el silencio, claro. Sonrío. Luigi bosteza y se duerme al instante, sentado en su silla. Nadie levantó los platos, todavía. El Guillo, detrás mío, me dice:
-A ver, Martino, sonreí, dale.
Me doy vuelta: está apuntándome con su cámara de video. Creo que sonrío.
-Decí unas palabras, dale.
-Uh, no, Guillo.
-Dale, che. Bueno -y empieza-. "Acabamos de llegar, ehh, a Nahuel Toro, mi casa cordobesa".
-Y ya estamos fisurados -ilustro. Luigi ronca. Andy parece desmayado-. Si la cámara deja de mirarme y apunta para ese lado, verá a Andy, que ya no sirve para nada.
-¿Cuándo sirvió para algo? -narra el camarógrafo.
-Y, un poco más allá, a Luigi, que ronca y, si la cámara se acerca más, así, bien, ¡eso! Eso que cae de la comisura de la boca de Luigi es, señoras y señores, salivita babosa.
-¡Corte!
Atardece, veo, porque las sombras se alargan minuto a minuto. Tengo sueño, también.
Jueves, 9:22 PM
Termino de cocinar unos fideos, los cuelo, saco la salsa de tomates con un toque de azúcar, bastante sal, pimienta blanca, pimienta negra, orégano, tiro los fideos de vuelta a la cacerola, le echo toda la salsita, mezclo. Llevo el menjunje a la mesa del comedor. Todos están muy contentos fumando el tercer, cuarto porro del día, así que nadie se queja de nada. Es más:
-¡Grande Martino, le chef!
-A ver qué tal está esto... ¡Muy bueno, che!
-Dale, querido, servite unos buenos platos.
Y se largan a comer con una desesperación digna de mejor causa. Aprovecho, atrapo lo que queda del caño, me voy a la cocina con la excusa de:
-Traigo hielo para el vino -y fumo con ganas. Ah. Otra vez. Ahhh. Ahora sí, el hielo. ¿Qué vine a buscar? ¿El hielo? Uhhh, a ver, otra seca. Creo que era el hielo. Seguramente.
Jueves, 11:04 PM
Andy se sirve otro vaso de Jack Daniel's. La botella se defiende lo mejor que puede, pero dudo de su resistencia: somos cuatro, y nos encanta lo que tiene adentro.
-¿Armo otro, eh? -hace Luigi.
-Pará, pará. -El Guillo parece lúcido, habrá que desconfiar-. ¿Cuánto faso trajimos?
-Con Luigi compramos un veinticinco -dice Andy y paladea su bourbon.
-Bárbaro, entonces. Con Martino compramos otro, y bien cargado.
-¿Entonces? -hace como que pregunta Luigi, ya alisando una seda.
-Vos dale, que yo busco las cartas y hacemos un truco. -Bebo mi néctar alcohólico-. ¿Y de plata, cómo andamos?
-Yo traje cien dólares -Andy se masajea la cara.
-Yo, unos cien pesos, también, o sea, cien dólares. -El Guillo está dejando su escasa lucidez debajo de la mesa, creo-. ¿Luigi?
-¿Qué?
-¿Cuánto trajiste?
-Cincuenta, casi sesenta.
-Medio poco. ¿Vos, Martino?
-Cien, también.
-Bárbaro. Nos alcanza.
-¿Nos alcanza para qué? -pregunto-. ¿Qué se puede hacer, en este lugar? ¿En qué podemos gastar la moneda?
-Eh, no sé. -El Guillo patina vocalmente-. Urc, glub, me parece que en asado, facturas, pan...
-Qué farra -masculla Andy. Eso. Masculla: habla entre dientes, con mala onda.
-¿Quién lo prende? -pregunta Luigi. Este chico arma porros a velocidad supersónica.
Yo lo prendo, pero ya me está entrando el sueño.
-¿Y las cartas, Martino?
-Up, ¿qué?
-¿No ibas a traer las cartas, vos? -sigue el Guillo, ya muy en pedo.
-Uppp, sí, ahí voy.
Viernes, 11:35 AM
Mucha luz por todos lados. Miro a mi alrededor: el Guillo duerme a lo roca muerta, en la cama de al lado. Me levanto, salgo al pasillo, miro en el otro dormitorio: Luigi que se tapa la cabeza con la almohada. Andy no está. Voy al baño, meo, me lavo la cara, me pongo un poco de dentífrico en la boca y hago unos buches. Sput a la pileta, cierro la canilla. Hace frío. Vuelvo a la pieza, me pongo un buzo y me calzo las zapatillas y salgo y voy hasta la cocina, la pava está caliente, así que armo un mate y lleno el termo y salgo a la galería. Andy, sentado en el sillón, fuma un cigarrillo y sorbe una taza de café.
-Cómo va, Andy.
-Tanto tiempo.
Nos callamos. Me cebo un mate, está fuerte, me cebo otro, mejor.
-¿Trajiste la cámara, Martino?
-Claro.
-Después nos vamos por ahí, caminando, y sacamos unas buenas fotos.
-Dale.
-Antes nos fumamos este caño que armé.
-Me parece bien.
-Ok.
Ruidos dentro de la casa. Aparece Luigi, muy dormido, con una botella en una mano y un vaso en la otra.
-Buen día -hace-. Tengo una resaca.
-Por eso te tomás un whisky, ¿no? -y me cebo otro mate. Tengo ganas de tortas fritas.
-No es whisky, es bourbon.
-Bueno, Luigi.
-Y sí, me tomo un traguito para cortar la resaca. ¿Alguien quiere?
-Bueno... -empiezo.
-Dame el vaso -se decide Andy.
-Sí, bueno, voy a probar qué se siente, a esta hora de la matina -concedo, y es que el mate se me antoja medio pelotudo, al lado de los brillitos y reflejos que suelta el agua dorada al recibir las partículas luminosas llegadas con el viento solar.
-Con Martino nos vamos a sacar fotos por ahí. ¿Venís, Luigi?
-Uhmmm... No sé. ¿Van con el auto?
-No.
-Ah, entonces no.
Más ruidos dentro de la casa. Algo choca contra algo y otro algo se cae y rebota, no llega a romperse. Una puteada, pasos, aparece el Guillo con mortal cara de zombie. Nos mira, mira a lo lejos, entrecierra los ojos, vuelve a mirarnos, se detiene en la mesa o en lo que hay encima de ella, frunce el ceño, tuerce la boca, se rasca la barbita de pocos días.
-¿Qué hace el Wild Turkey acá? -pregunta.
Viernes, 3:43 PM
El Guillo y Luigi se quedaron en la casa haciendo panqueques, los que tendremos, tendrán que rellenar con dulce de durazno (que es el único que trajimos), a menos que junten la suficiente voluntad para poder andar los irregulares tres kilómetros que nos separan de la despensa más próxima. Vamos a comer panqueques de durazno.
-Ahí, Martino, ahí -dice, se entusiasma Andy, saltando entre los yuyos y las rocas. Me señala una ladera bastante colorida, matizada de sombras que son proyectadas por una manadita de nubes que acaban de aparecer detrás de otras sierras, más alejadas. Supongo que no es una mala foto, pero sin el componente humano va a resultar bastante aburrida, así que:
-Ponete por ahí, Andy, a ver, si querés te podés sentar en esa piedra, dale.
Y el amigo me hace caso, dócil (es notable, pero todos me hacen caso cuando estoy sacando fotos), y toma posición junto, encima de una linda y afilada roca saturada de incrustaciones de mica. La luz reverbera, se quiebra, quiebra, estalla a través de mi lente y dentro de mi córnea.
-Listo, sigamos.
-Vamos por allá, mirá, ahí tenés otra foto espectacular.
Caminamos. A pesar del esfuerzo, el aire es fresco, increíblemente puro, no se oyen motores, ni nada que parezca humano. Llegamos hasta un arroyo, un arroyo casi de montaña, ¿o será un río?, porque ahora calculo que tendrá unos diez, doce metros de ancho. No es profundo, a lo sumo un metro en algún lado, así que intentamos cruzarlo. Pero el agua está helada. No se puede. Nos sentamos en una miniplaya natural, Andy enciende un cigarrillo, yo apenas si tiro un par de fotos y ya; en realidad tengo ganas de estar así, sin hacer nada, sin siquiera tener que medir la luz y encuadrar y pensar qué velocidad voy a usar, ni nada de eso. Ni nada de nada, para ser exacto. Nada. Eso. Nada. Las sombras están moviéndose. Por suerte, Andy no la sigue con eso de sacá esta foto, sacá la otra. Son todos fotógrafos, re-creativos, super-observadores, cuando uno está cerca con su cámara cargada (mi reflex siempre está cargada), y todos quieren despuntar el vicio. Bah. Tengo sed. ¿Se podrá tomar el agua de este río? El agua del Paraná es muy poco recomendable... Pero acá estamos en otro mundo; si hasta parece otro planeta. Miro el cielo: azul, azul, un grupo de nubes grises y blancas a la izquierda, otro grupo menor de negras y grises y blancas muy a la derecha. Bajo la vista, miro el agua que está a apenas un par de pasos de mí: es transparente, no sé si cristalina ("aguas cristalinas", eso está bien para una sucia propaganda, nada más), algo verdosa, o será el fondo que la hace deslucir verdosa. Me llego hasta la orilla, meto la mano, muy fría, pruebo un poco, parece buena, tomo unos tragos, está bien, me doy por satisfecho. No moriré envenenado. Al menos no por esto, creo.
-Vodka, Martino -dice Andy, y se pone de pie.
-¿Eh?
-Que volvamos. Ya fue.
Viernes, 6:17 PM
Acabamos con todos los panqueques y con lo que quedó de harina improviso unas tortas fritas, y le encargo a Andy que traiga grasa de vaca del almacén, ya que va con el auto a comprar cigarrillos. Porque freírlas en aceite sería algo triste. Ya casi no hay luz natural. Luigi pone un cassette de David Bowie, creo (no soy un experto en Bowie). El Guillo enciende un porrete, se tira en el sofá del living, pone la tele: se ven unas imágenes muy borrosas, llenas de fantasmas y que van del blanco y negro al color y viceversa, pero más blanco y negro.
-Qué cagada -y el Guillo hace off-. La antena debe estar mal puesta. Up-uppp. A lo mejor alguna tormenta la movió. Up-ep-bufff. Dentro de un rato voy a ver.
-¿Tenés una linterna? -simula interesarse Luigi, aunque está concentrado en la brasita del cáñamo.
-Seguramente. En algún lado.
-Pasá el faso, querido.
-Ugh, dentro de un rato voy.
-Afuera hace un frío de locos dementes -le advierto-. Andá y fijate.
-¡Ahí voy! -al tiempo que se levanta a lo jabalí agónico-. ¡Soy pura vida, hermano!
Y va en busca de la puerta que nos conecta con la galería. La masa de las tortas fritas se me está saliendo de control, parece que quiere tomar conciencia de sí misma, y se debate, se pega a mis dedos, uhhh.
-¡Eh, che! -me aturde Luigi-. ¿Vas a fumar o no?
-Uhhh -infrareacciono-. Y bueno, dame una seca.
Afuera, frenos del Fiat. Andy entra, cierra de un portazo.
-No saben la tormenta que se nos viene encima. El cielo está negrísimo. Tomá la grasa, vos.
Consigo deshacerme de la mancha voraz que es esta pegatina de huevos, manteca, sal, harina, agua; abro el paquete de grasa y pongo un buen pedazo en la sartén, a fuego lento.
-¡Uy, che, no lo puedo creer! -reingresa el Guillo-. Va a llover. Hay viento. Nubes por todas partes. Hasta puede llegar a caer granizo.
-¿Granizo? -se extraña Luigi-. ¿Te parece?
-Acá llueven piedras así de grandes -exagera, creo, el Guillo-. O a lo mejor tenemos nieve.
-¡Nieve! -repite una vez más Luigi.
-Voy a poner el auto debajo del techito -dice Andy, y vuelve a salir.
Doy forma a la primera torta, la tiro muy torpe a su baño de grasa líquida, que me salpica.
-Aylaputísimamadre -me asusto un poco.
-Qué boludo -me alientan a coro los amigotes.
Viernes, 10:10 PM
El fuego del hogar está al máximo. Afuera: truenos, relámpagos, lluvia, viento, todo junto. Andy y el Guillo juegan al ajedrez. Con Luigi vamos por el quinto partido de backgammon. La botella de Wild Turkey está a punto de vaciarse, así que la ayudo y no more liquor. Andy trae el tequila de la cocina, un limón, un salerito de porcelana. Tiro mis dados; voy perdiendo cuatro a tres, creo. Saco un seis y un cuatro. Retumban los truenos. Luigi insiste con David Bowie, pero como nadie lo amonesta, me callo. Saboreo mi alcohol. Estoy muy colgado y relleno de tortas fritas, igual que los demás, así que nadie piensa en cenar. Me estoy mintiendo a mí mismo: de hecho estoy sopesando la idea de comer algo; después, en todo caso. Relámpagos, truenos, el viento que golpea contra las puertas y las ventanas con terrible fuerza. Esto, en cualquier momento, se vuela como la casita de los dos primeros chanchitos; pero no, si ésta es de ladrillos, no problem. Algo choca contra el techo.
-Les dije que iba a granizar -triunfante, el Guillote-. Che, vos, jaque mate.
No se le puede ganar, al protocerdo. Es el capo del juego ciencia. La única forma es estando uno por completo sobrio y apostar a que el escabio y la marihuana le nublen el pensamiento.
-¿Dónde, jaque mate? -se enoja Andy, que cae de algún cielo o sube del infierno.
Y el Guillo le muestra y le explica la jugada de manera doctoral, humillando al contrario mientras intercala frases del estilo "es obvio", "cómo no lo viste", "muy fácil". Andy no espera a que su vencedor termine y nos encara.
-A ver, que quiero jugar.
No le damos bola y seguimos tirando los dados contra el tablero de madera, fichas de marfil. Así da gusto. Choques golpes chasquidos contra y desde el techo, el viento insiste, sacude las ventanas, fuerza las persianas. Pero todo está bien cerrado. Todo. Me levanto y apago a Bowie. Vuelvo a sentarme, agarro el cubilete.
Los sonidos de la tormenta son fantásticos.
Sábado, 10:57 AM
Me levanto total y por completo aturdido, cansado, semisonámbulo. Al pasar por el living hacia la cocina, veo que Andy ya está despierto, con una taza de café o té en una mano y un pucho en la otra.
-Está todo embarrado. No voy a poder sacar el auto -me informa.
-¿Café?
-Ajá -me responde.
Excelente, medio litro y vuelvo a ser operativo. Agarro un paquete de galletitas de agua de marca desconocida, made in Córdoba, voy al living, me siento.
-Le voy a decir al Gordo que nos haga gamba con lo del disco.
-¿Ehm? -mastico, mezclo con café apenas azucarado.
-Que le voy a decir que nos aguante hasta que salga el disco, y que después vuelva a ser el batero titular, una vez que nos conozcan.
-Querés quedar bien con todo el mundo, vos -lo molesto. Pero si es la verdad-. No se puede.
-Entonces, no sé, lo siento. Pero yo voy a sacar mi disco.
Bebo el café caliente, hago una bola con las galletitas ya masticadas, trituradas.
-¿Seguro que no podés sacar el auto?
-Seguro.
-Bueno. -Café, trago-. Vamos a tener que comer fideos con manteca.
-Y, sí.
-¿Hay queso rallado?
-No. Pero hay para rallar.
-Bueno, dale, vos encargate del queso que yo hago los, eh, spaghetti.
-¿Ya querés comer, Martino?
-Sí. ¿Por?
-Porque podrías armar un faso, antes.
Me doy un golpe en la frente con las yemas de anular-medio-índice de mano derecha.
-¡Uy, claro! -y me digo: es que todavía estoy algo dormido.
Sábado, 9:55 PM
Atacamos el asado por todos los flancos. Una molleja aquí, unos chorizos allá, chinchulines, seso, morcilla, las achuras son una orgía en sí mismas.
-Grande, Luigi, si no fuera por vos -elogia el Guillo.
-Eso, un aplauso para el valiente -se toma un vaso de Flichman, lo vuelve a llenar, Andy.
-Che, que yo también lo acompañé -me ofendo.
-Sí, pero vos porque perdiste en el sorteo. -Este Guillo maldito-. Luigi se ofreció como voluntario, así que lo tuyo no tiene peso.
-¡¿Cómo, no tiene peso?! -me indigno, ahora.
-Bue, paren -intercede Andy-. Sí tiene peso, lo de Martino... Pero menos.
-Ya traigo las tiras y el vacío -y el medalla de honor Luigi se levanta, haciéndose el modesto y diligente. Pero sé, sabemos, que lo hace para elegirse esa punta de vacío que en este preciso instante debe estar en su punto óptimo.
-Che, oigan -y el Guillo levanta una mano y nos obliga a prestar atención-. ¿Oyen?
Sí. Cada vez más fuerte, un silbido agudo, irregular, envolviéndonos.
-El viento -se encoge de hombros Andy y clava su tenedor en la última morcillita-. ¿Y qué?
-Otra vez tormenta, me parece -postula el dueño de casa, haciéndose el baqueano.
-¿No será un tornado, Guillo? -lo molesto-. A que es un tornado.
Llega Luigi con el asado. Abro el segundo Martins: el vino se termina, y no compramos ninguno de repuesto, en el almacén. De colgados que somos. La carne despide un humo, un aroma, la corto, la observo en largo plano detalle, más el sonido del viento. Muerdo.
Domingo, 4:15 AM
-¿Cómo, que se acabó el tequila?
-Se acabó.
-Traigo la ginebra, ya vengo.
-¡Y hielo!
-¿Cómo vamos?
-Veintiocho a... Veinticuatro, ganamos nosotros.
-A ver qué hacés con esto: envido.
-¿Vos tenés algo?
-No.
-No quiero.
-Truco, entonces.
-Tomen el hielo... Che, ¿jugás solo, vos?
-Para lo que me ayudaste en todo el partido...
-¡Quiero retruco!
-A la mierda.
-Dale, pasame la, esta, ¿De Korchenbagüer?
-El hielo.
-¡Quiero valecuatro!
-Loco, así no juego más.
-¡QUIERO, MIERDA!
-Y encima esta lluvia, y nos estamos cagando de frío.
-¿Por qué no le ponés más leña al hogar, a la chimenea?
-¿Por qué no vas vos?
-Siete de espadas, ancho de espadas, gracias por participar.
-No juego más.
-¿Armamos otro caño?
-Traé esa ginebra para acá.
-¿Hacemos un último partidito?
-El hielo.
-¿Por qué no armás vos?
-¿Eh?
-Y esta puta lluvia.
-Lindo, Córdoba. Mucho paisaje.
-Hay que venir en verano, que se llena de mujeres.
-Ajá, sí, claro.
-Bue, me harté. ¡Pasen el hielo!
-Si querés yo pico el faso, querido.
-Bárbaro, dale. Mañana será otro día.
Domingo, 4:25 AM
cricPUF!
-No.
-No lo puedo creer.
-¿Qué pasó?
-¿Sos boludo, vos, o te hacés? Qué va a pasar; se cortó la luz.
-¿Hay velas?
-Acá tengo una, pero es de marihuana.
-Prendela, que por acá hay un candelabro.
-¡Quién fue el puto que me tocó el culo!
Domingo, 2:47 PM
-Dale, Andy, que si nos apuramos llegamos con tiempo para bañarnos y comer algo, antes de ir al boliche.
-Vos dame un café, Martino, que estoy muy de la cabeza, todavía.
Le sirvo en la tapa del termo, le agrego un sobrecito de azúcar.
-Tomá.
-Gracias. ¿Y esos dos?
Miro el asiento de atrás: Luigi y el Guillo duermen, dos marmotas desmayadas a culatazos.
-Están arruinados. -Con el puño desempaño, más bien borroneo el vidrio de mi ventanilla. Afuera: viento, lluvia, frío, campo mezclado con alguna elevación. Adelante: la ruta, algo de barro sobre el asfalto oscuro.
-La naturaleza nos expulsa -masculla Andy.
-¿Qué?
-Nada.
Pero sí, lo escuché. Y tal vez tenga razón.