
-Hola. ¿Estaría Soledad?
-No, Soledad salió.
-Ah...
-¿De parte de quién?
-Up, eh, de Martino, de Martín.
-Martín. (Pausa). ¿Martín qué?
-Martín Verde. (Pausa). Y yo, eh, ¿con quién hablo?
-Con la mamá de Soledad.
-Ahhh... (¿La... mamá?). Mucho gusto.
-¿Le dejo algún mensaje?
-Sí, no, no sé, ¿no sabe si vuelve?
-No creo, salió con Gusti, el novio, así que no la espero hasta tarde.
-Bueno, le podría decir que la llamé. (Pausa). La re-llamo mañana.
-(Extrañada). "¿La re-llamo?"
-Bufff, ah, hasta luego, up.
BRRUUUMMM hace el Tipo 1.6 y doblamos por ¿Wheelwright? ¿Cómo se llama esta parte del Bajo, a esta altura? Todo brilla, los edificios son elásticos, qué bueno.
-Subo las ventanillas, Martino -dice Andy y tira su pucho al exterior, intentando pegarle al parabrisas del Ford Falcon que viene detrás. Lo logra, claro. Muchas chispitas y un bocinazo.
-Uh, guarda que por acá está lleno de zorros. -Siento mis facciones estirarse de una manera.
-Me cago en los zorros grises. -Acelera, para qué habré hablado-. Tengo el pase libre de mi viejo. Puedo estacionar donde quiera, hasta encima de algún linyera borracho.
-No seas boludo, Andy -suspiro-, que recién son las doce menos cuarto. Afgh, estoy con hambre.
-¿Qué, no comiste?
-Sí comí, pero este caño me da hambre.
-Todos los caños dan hambre. -Pasamos frente a la fuente de la rotonda de la Bajada Sargento Cabral, Soldado Heroico-. Y vos siempre tenés hambre, además. -Cubrién, dosé de Gloria, cuál Pré, cio a la Victoria-. Mirame a mí: nada de hambre, apenas un poco de sed. -Su Vida Rín-dé, Haciéndose Inmoral. ¡Inmortal!
-No aflojás con la milonga, vos, Andy.
-Si apenas me tomé un lagartito así. Ahora pasamos por lo del Flaco y vas a ver lo que es bueno. -Hace un rebaje innecesario-. ¿La llamaste a la morocha esa, al final?
-Sí, pero no estaba.
-Está buena, eh.
-Sí, no sé.
-La amiga, Gabriela, tiene sus buenas carreras ganadas.
Uh, no, ahora empieza a contar sus hazañas. Lo corto y retomo un tema/camino alternativo.
-¿Qué Flaco es éste que vas a ver?
-El Flaco Obelisco.
-¡¿El qué?! -reacciono con leve demora-. ¿Por qué, "Obelisco"?
-Largo, blanco, duro las 24 horas. Una raya gigante.
-Qué feo que te digan "Obelisco".
-Ya llegamos.
Subimos por Laprida, freno de mano, Andy deja las llaves en contacto para que yo pueda escuchar música. Qué detalle.
-Poné el cassette de Portishead, si querés. Está muy bueno. Ya vengo.
-Bueno.
Tengo hambre. Mis ojos hacen un rápido zoom in a la esquina, donde hay un panchero con su carrito y su gorrito y abro mi ventana y por Dios huelo las salchichitas. El trance/trip/hop no logra retenerme. Me bajo, segregando saliva a más no poder. Me veo a mí mismo como un repelente perro mestizo que babea y babea al recibir su inmundo plato de fideos pasados y menudencias de pollo. Me importa un carajo. Voy hasta Mr. Pancho.
-Hola... -dudo. El cuelgue se me nota, estoy seguro.
-¡Hola, maestro, buenas noches! -El panchero me saca al toque. Los vagos fumachalas, además de los tacheros & remiseros, deben ser, debemos ser, su principal fuente de ingresos. Pero no me gusta que me trate con tanta deferencia por estar de la mente.
-Eh... -Es inútil, no modulo.
-¿Un panchito, maestro? -No me gusta que me diga "maestro".
-Sí, un pancho. -Me concentro lo más que puedo. Tengo que parecer normaloide. Ungh.
-¿Con salsa simple o especial?
Tengo que responder rápido y mostrarme más seguro de mí mismo y pedir un pancho y pagar y tomarme el buque y fin del asunto. Esto es una misión espacial tipo Star Trek. Muy complejo, muchas variantes, demasiadas opciones.
Salsa especial, retumba en alguna recóndita región de mi subcerebro.
-Salsa especial -repito.
-Tengo de crema de leche, al roquefór, con champiñone, con salame, con aceituna, con jamón, de choclo que está muy buena -me recomienda. Por supuesto que no voy a pedir salsa de choclo; se la debe querer sacar de encima, estará a punto de pasarse. Maldito panchero maléfico, me querés envenenar.
-NO -ahora sí, me planto-. Abajo quiero crema de leche con un poquito de salsa tártara y cebollines.
-Cómo no, maestro. -Me hartó, con lo de maestro. Lo voy a refundir.
-Y la salchicha. Y arriba -tomo aire-, pepinitos, salsa golf, ¿tenés salsa picante?
-Sí, cómo no voy a tener -afirma, orgulloso, el envenenador-. Es casera, de Fighiera.
¿De qué? Ah, de un pueblo que queda cerca de Rosario. Muy buenas salsas.
-Salsa picante, papas fritas molidas, y -pienso, ya sé-, y un chorrito de Tabasco.
-Una bomba, maestro.
¿Qué carajo te importa?
-No querés algo para tomar, te va a dar sed.
Tiene razón; es más, ya tengo sed. Una voz interior me dice: "Sí Sí Sí Sí".
-Sí -repito-. Una, eh, Coca.
-¿Vaso grande?
"Sí Sí Sí Sí".
-Sí, no escuchás, grande -repito al estilo androide.
-Acá está, llevate unas servilletas, son tres pesos, chau maestro.
Andate a la mierda, asesino de estómagos. Pero muerdo el hot dog tercermundista y me sabe a éxitos. Aunque está un poco fuerte, es cierto. Se me chorrea un poco de menjunje y un tremendo goterón impacta en mi bota derecha, perforándola para siempre. Shit.
-¿Qué hacés, vos? -me grita Andy desde el auto-. ¿Sos pelotudo, imbécil, o qué?
Eh, qué te pasa, calabaza. Entro al auto.
-¿Me dejás el auto abierto, con las llaves puestas y la música encendida, y te vas a comer por ahí? -Se calentó, el señor-. Me ponés muy nervioso, vos, Martino.
Pero si fui acá nomás. Opto por callarme, es lo mejor. Tomo grandes tragos de Coca, porque el panchito está picantón. El 1.6 arranca. Muerdo y mastico el chopán. Quema, esta mierda. Más y más Coca. Veo que casi me la terminé. Doblamos por Santa Fe, a los pedos.
-Se nos hizo tarde -Andy saca un Marlboro, lo prende mal, se le incendia, lo tira a la calle-. Carajo. No me vayas a manchar el tapizado, vos.
-¿Querés un mordisco? -intento confraternizar.
-Uhm. -Sopesa la situación-. Bue.
Y me saca el pancho y (preveo lo que va a hacer: terrible mordida para vengarse de mi descuido; preveo que le va a arder el esófago, y que va a tener suerte si mañana no se despierta con hemorroides) le pega terrible mordida hasta dejarme casi sin nada (me hace acordar a una porno en la que una rubia yanqui se metía flor de verga hasta hacerse campanillear las amígdalas) y sonríe malévolo y me devuelve una puntita de pan tiznada con un poquito de salsa golf y ni rastros de la salchicha ni mucho menos del guiso putanesco. Entonces:
Segundo uno: Andy mastica y sigue sonriendo, feliz.
Segundo dos: Andy vuelve a prestar atención al tránsito y traga un poco y pone cara de ¿eh?
Segundo tres: Andy hace una mueca y abre los ojos. Me apresuro a beber toda la Coca.
Segundo cuatro: Andy me mira, ojos desorbitados. Cierto, me olvidé, el picante no le gusta.
Tiro el vaso vacío por la ventana.
-¡Ah, la, ah, puta que te parió! -grita, chilla, buen alarido.
Corte a Andy que se baja una lata de cerveza de medio litro, Quilmes. La termina y la tira a la calle. Estamos afuera de la casa de Luigi, acabo de tocarle timbre. Andy abre su segunda lata y le da. Se abre la puerta, salen Luigi y el Guillo.
Corte al interior del Fiat, Andy termina la lata y escupe un poco. Arrancamos hacia un boliche que se llama.
-Disco Gold -dice Luigi.
-¿O Gold Disco? -pregunta el Guillo.
-Es lo mismo -intervengo.
-El nombre no promete -rezonga Andy, que ahora sí fuma su cigarrillo.
-Che, Andy -el Guillo se asoma desde el asiento trasero-, ¿pegaste esa merca?
-Ajá.
-Qué bueno, che.
Luigi y yo miramos lo que ocurre en las calles y las veredas en movimiento: nada, salvo el movimiento en sí, que no deja de ser bastante atractivo, sobre todo para mí, que estoy muy cool y sin hambre ni sed. Hasta me fumaría un cigarrillo. Lo pienso mejor: para qué; Luigi, asiento del acompañante, termina de picar y pregunta, sin girar siquiera la cabeza.
-Martino, ¿me das una seda? De esas marroncitas; ¿tenés?
-Sí -le alargo uno de mis papelitos especiales, importados, con sabor a licor de chocolate. Una delicatessen, sólo para conocedores. La gilada que fume con Ombú, que son un bajón.
-Grazie, querido.
-Che, ¿y es buena, esa merca? -insiste el Guillo.
-Muy buena. -Andy parece no prestarle demasiada atención, pero sé que está pensando en varias frecuencias a la vez y en todas a alta velocidad. Entonces-: ¿Tenés plata, Guillo?
-Sí -admite, derrotado-. Pero nada más quiero un par de rayas, antes de entrar.
-Bueno, dame cinco mangos y todo bien.
Luigi relame el porro.
-Ah, qué rico esto, Martino querido. ¿Querés prenderlo?
-My pleasure.
Andy le pasa el papel al Guillo. Se han formado dos parejas. Yo me quiero casar, ¿y Usted?
-Manejá despacio, Andy, a ver si se me cae, esto.
-Se te cae y te mato, te destrozo.
El Guillo saca un billete flamante, de cinco pesos, y arma un canuto.
-Uppp, buen caño, eh, me da ganas de bailar un chamamé.
-Pasalo, que quiero probar cómo queda mezclado con el papel.
Le paso el toscanito a Luigi, ahorro fuerzas para poder retener el aire lo más posible.
-Primero lo uso y después te pago, ¿eh?
-Como quieras, pero dale que hay mucho tránsito, por acá.
El Guillo disgrega un poco de cocaína del montoncito y le acerca la nariz/bombilla.
-Ep, rico, muy rico. Ep.
-¿Tenés las entradas, o encontramos a alguien en la puerta?
Luigi fuma fuma yo estoy algo acalorado, destrabo mi ventanuco para que entre el aire fresco.
-Yo conozco al dueño y tengo cinco free-pass permanentes.
-Grande, Andy, ídolo. ¡SNORT!
Notable capacidad respiratoria, este chico. Le veo futuro de turbina industrial.
-Ponete las pilas con eso, vos, "dos rayas".
-Ep, tomá, querido.
-¡Ah, qué buena mandanga!
-Bu-ufff. Gracias. Up, fi-fff, up.
-Te digo que te pongas las pilas.
-Sí, quedate tranquilo, no seas paranoico. ¡SNORGTTT!
-Ep, ufff.
-Up, up.
-¡BASTA! ¡Me das esa merca ya mismo!
Primerísimo primer plano del Guillo que está ultrabizco y con los pelos de punta y que se aprieta la napia con pulgar e índice y.
Corte a puerta del boliche.
-¡Oh, quién está acá! -Hace un patovica de pelo rubio oxigenado, tostado a la lámpara, aritos muy gay en ambos lóbulos, campera de cuero, barbita de dos días. El paradigma de lo grasa-. ¡El cantante del Orzuelo!
Todos notamos un dejo de cinismo en su tono de voz, pero no es lo mínimamente inteligente como para lograr ser irónico, así que.
-Qué hacés -intenta sonreír Andy-. Estoy con mis amigos, fijate en la lista.
El infradotado hace como que mira la carpetita que tiene en una de sus pezuñas. A mí no me engaña, si no sabe leer.
-Sí, claro, pueden pasar. -Y se infla y hace como que mira para afuera (es que hay mujeres, montones, afuera; aunque a lo mejor busca tipos, que también hay a montones).
-Gracias -suena a insulto, viniendo de Andy, que está más que duro y smokeado.
Corte a interior de la disco onda disco, suena un tema de ABBA, no quiero creerlo; ¿me habrá pegado mal el porro? ¿Estoy tan drogáu? Estamos en el sector barra-para-consumir-alcohol.
-¿Hacemos un champagne? -seduce el Guillo, muy loco y brillante.
-Sí.
-Ok.
-Dale.
Ahora suena Donna Summer, creo. La música disco non mi piace, pero está todo bien, estamos en un boliche lleno de niñitas, y en plena ciudad-capital-mundial-de-la-bella-fémina. Y cómo se visten, las muy guachas. Me gusta, la música disco. Todos tenemos un vaso largo de plástico; qué podemos hacer al respecto, mejor brindar e imaginar que es cristal, o al menos vidrio transparente.
-¡SALUD!
Un tema de Kool and The Gang. Aceptable. Damos una vuelta con Luigi por la pista. Un infierno maravilloso.
Suena Y.M.C.A. Termino el champagne, estoy muy feliz. Luigi también, creo.
Veo que Andy y el Guillo se han encontrado con algunos amigos/as y hablan a los gritos, del otro lado de la pista bombardeada con flashes y lucecitas colorinches. Dan la impresión de querer zafar, los chicos.
Luigi va al baño.
Suenan los Bee Gees. Es demasiado, pero qué voy a hacer. ¿Matar al disc-jockey? ¡Ey, es una buena idea!
Alguien me toca el hombro.
-Hola, Martino.
Es ojos verdes, pelo recogido en formidable rodete, pantalones semioxford verde-primavera-sintética, muy ajustados, remerita blanca muy ajustada, no distingo si tiene corpiño o no.
-Hola, eh.
Sonrío, la atraigo mano en cinturita, busco en sus ojos: ajá, está colgadita y borrachita, muy bien.
-Te llamé, hoy.
Vuelvo a sonreír, y como veo que está todo bien, le doy tremendo beso, ah.
-No, que estoy con mi novio -recién se descuelga y me aparta-. ¿Comiste ajo, o algo así?
Fucking pancho.
Corte a Soledad que se va de la mano con el novio, un tipo onda club de rugby que me miró muy feo hasta que llegó Luigi y se conocían y se saludaron y chau, váyanse a la mierda.
-¿Hacemos otro champagne?
Veo que ojitos verdes se ríe exageradamente de algún chiste del novio, lo abraza, me mira por sobre el hombro de él, me guiña un ojo. Quiere que la llame, mañana. Ah, muy bien, sí, claro. Claro.
-Dale, sí, otro champagne y un dentífrico.
-¿Eh?
Ahora suenan los Rolling Stones con "Harlem Shuffle".
Estoy tan cansado.
-¿Qué hora es?
Le pregunto a una flaca alta de pelo ondulado, castaño, buenas tetas, panza chata, cara algo lunar, ella misma algo encorvada, que me sonríe. Veo que la bombacha se le marca mucho bajo/sobre su pantalón de ¿raso? ¿terciopelo? El pelo largo le cae por todos lados, medio hippona.
-Las dos menos diez -y me sonríe, y espera que la siga, porque se pone frente a mí, dándole la espalda a sus amigas que, intuyo, se borronean, se desdibujan.
Estoy tan cansado.
Recién las dos menos diez.
La flaca me sonríe, espera. No me disgusta del todo, su pelo de psicobolche.
Luigi me da un glass lleno de champú.
Miro el interior del vaso, respiro hondo, vuelvo a hacer pie, disparo mi mejor sonrisa y.
-Detesto la música disco -digo, simpático, se ríe-. ¿Cómo te llamás?
El lugar es atronado por algo que se parece a Funky Town.
BRRUUUMMM hace mi conciencia, así que la desconecto.





