miércoles, 16 de diciembre de 2009

15. Gold Disco


-Hola. ¿Estaría Soledad?
-No, Soledad salió.
-Ah...
-¿De parte de quién?
-Up, eh, de Martino, de Martín.
-Martín. (Pausa). ¿Martín qué?
-Martín Verde. (Pausa). Y yo, eh, ¿con quién hablo?
-Con la mamá de Soledad.
-Ahhh... (¿La... mamá?). Mucho gusto.
-¿Le dejo algún mensaje?
-Sí, no, no sé, ¿no sabe si vuelve?
-No creo, salió con Gusti, el novio, así que no la espero hasta tarde.
-Bueno, le podría decir que la llamé. (Pausa). La re-llamo mañana.
-(Extrañada). "¿La re-llamo?"
-Bufff, ah, hasta luego, up.

BRRUUUMMM hace el Tipo 1.6 y doblamos por ¿Wheelwright? ¿Cómo se llama esta parte del Bajo, a esta altura? Todo brilla, los edificios son elásticos, qué bueno.
-Subo las ventanillas, Martino -dice Andy y tira su pucho al exterior, intentando pegarle al parabrisas del Ford Falcon que viene detrás. Lo logra, claro. Muchas chispitas y un bocinazo.
-Uh, guarda que por acá está lleno de zorros. -Siento mis facciones estirarse de una manera.
-Me cago en los zorros grises. -Acelera, para qué habré hablado-. Tengo el pase libre de mi viejo. Puedo estacionar donde quiera, hasta encima de algún linyera borracho.
-No seas boludo, Andy -suspiro-, que recién son las doce menos cuarto. Afgh, estoy con hambre.
-¿Qué, no comiste?
-Sí comí, pero este caño me da hambre.
-Todos los caños dan hambre. -Pasamos frente a la fuente de la rotonda de la Bajada Sargento Cabral, Soldado Heroico-. Y vos siempre tenés hambre, además. -Cubrién, dosé de Gloria, cuál Pré, cio a la Victoria-. Mirame a mí: nada de hambre, apenas un poco de sed. -Su Vida Rín-dé, Haciéndose Inmoral. ¡Inmortal!
-No aflojás con la milonga, vos, Andy.
-Si apenas me tomé un lagartito así. Ahora pasamos por lo del Flaco y vas a ver lo que es bueno. -Hace un rebaje innecesario-. ¿La llamaste a la morocha esa, al final?
-Sí, pero no estaba.
-Está buena, eh.
-Sí, no sé.
-La amiga, Gabriela, tiene sus buenas carreras ganadas.
Uh, no, ahora empieza a contar sus hazañas. Lo corto y retomo un tema/camino alternativo.
-¿Qué Flaco es éste que vas a ver?
-El Flaco Obelisco.
-¡¿El qué?! -reacciono con leve demora-. ¿Por qué, "Obelisco"?
-Largo, blanco, duro las 24 horas. Una raya gigante.
-Qué feo que te digan "Obelisco".
-Ya llegamos.
Subimos por Laprida, freno de mano, Andy deja las llaves en contacto para que yo pueda escuchar música. Qué detalle.
-Poné el cassette de Portishead, si querés. Está muy bueno. Ya vengo.
-Bueno.
Tengo hambre. Mis ojos hacen un rápido zoom in a la esquina, donde hay un panchero con su carrito y su gorrito y abro mi ventana y por Dios huelo las salchichitas. El trance/trip/hop no logra retenerme. Me bajo, segregando saliva a más no poder. Me veo a mí mismo como un repelente perro mestizo que babea y babea al recibir su inmundo plato de fideos pasados y menudencias de pollo. Me importa un carajo. Voy hasta Mr. Pancho.
-Hola... -dudo. El cuelgue se me nota, estoy seguro.
-¡Hola, maestro, buenas noches! -El panchero me saca al toque. Los vagos fumachalas, además de los tacheros & remiseros, deben ser, debemos ser, su principal fuente de ingresos. Pero no me gusta que me trate con tanta deferencia por estar de la mente.
-Eh... -Es inútil, no modulo.
-¿Un panchito, maestro? -No me gusta que me diga "maestro".
-Sí, un pancho. -Me concentro lo más que puedo. Tengo que parecer normaloide. Ungh.
-¿Con salsa simple o especial?
Tengo que responder rápido y mostrarme más seguro de mí mismo y pedir un pancho y pagar y tomarme el buque y fin del asunto. Esto es una misión espacial tipo Star Trek. Muy complejo, muchas variantes, demasiadas opciones.
Salsa especial, retumba en alguna recóndita región de mi subcerebro.
-Salsa especial -repito.
-Tengo de crema de leche, al roquefór, con champiñone, con salame, con aceituna, con jamón, de choclo que está muy buena -me recomienda. Por supuesto que no voy a pedir salsa de choclo; se la debe querer sacar de encima, estará a punto de pasarse. Maldito panchero maléfico, me querés envenenar.
-NO -ahora sí, me planto-. Abajo quiero crema de leche con un poquito de salsa tártara y cebollines.
-Cómo no, maestro. -Me hartó, con lo de maestro. Lo voy a refundir.
-Y la salchicha. Y arriba -tomo aire-, pepinitos, salsa golf, ¿tenés salsa picante?
-Sí, cómo no voy a tener -afirma, orgulloso, el envenenador-. Es casera, de Fighiera.
¿De qué? Ah, de un pueblo que queda cerca de Rosario. Muy buenas salsas.
-Salsa picante, papas fritas molidas, y -pienso, ya sé-, y un chorrito de Tabasco.
-Una bomba, maestro.
¿Qué carajo te importa?
-No querés algo para tomar, te va a dar sed.
Tiene razón; es más, ya tengo sed. Una voz interior me dice: "Sí Sí Sí Sí".
-Sí -repito-. Una, eh, Coca.
-¿Vaso grande?
"Sí Sí Sí Sí".
-Sí, no escuchás, grande -repito al estilo androide.
-Acá está, llevate unas servilletas, son tres pesos, chau maestro.
Andate a la mierda, asesino de estómagos. Pero muerdo el hot dog tercermundista y me sabe a éxitos. Aunque está un poco fuerte, es cierto. Se me chorrea un poco de menjunje y un tremendo goterón impacta en mi bota derecha, perforándola para siempre. Shit.
-¿Qué hacés, vos? -me grita Andy desde el auto-. ¿Sos pelotudo, imbécil, o qué?
Eh, qué te pasa, calabaza. Entro al auto.
-¿Me dejás el auto abierto, con las llaves puestas y la música encendida, y te vas a comer por ahí? -Se calentó, el señor-. Me ponés muy nervioso, vos, Martino.
Pero si fui acá nomás. Opto por callarme, es lo mejor. Tomo grandes tragos de Coca, porque el panchito está picantón. El 1.6 arranca. Muerdo y mastico el chopán. Quema, esta mierda. Más y más Coca. Veo que casi me la terminé. Doblamos por Santa Fe, a los pedos.
-Se nos hizo tarde -Andy saca un Marlboro, lo prende mal, se le incendia, lo tira a la calle-. Carajo. No me vayas a manchar el tapizado, vos.
-¿Querés un mordisco? -intento confraternizar.
-Uhm. -Sopesa la situación-. Bue.
Y me saca el pancho y (preveo lo que va a hacer: terrible mordida para vengarse de mi descuido; preveo que le va a arder el esófago, y que va a tener suerte si mañana no se despierta con hemorroides) le pega terrible mordida hasta dejarme casi sin nada (me hace acordar a una porno en la que una rubia yanqui se metía flor de verga hasta hacerse campanillear las amígdalas) y sonríe malévolo y me devuelve una puntita de pan tiznada con un poquito de salsa golf y ni rastros de la salchicha ni mucho menos del guiso putanesco. Entonces:
Segundo uno: Andy mastica y sigue sonriendo, feliz.
Segundo dos: Andy vuelve a prestar atención al tránsito y traga un poco y pone cara de ¿eh?
Segundo tres: Andy hace una mueca y abre los ojos. Me apresuro a beber toda la Coca.
Segundo cuatro: Andy me mira, ojos desorbitados. Cierto, me olvidé, el picante no le gusta.
Tiro el vaso vacío por la ventana.
-¡Ah, la, ah, puta que te parió! -grita, chilla, buen alarido.
Corte a Andy que se baja una lata de cerveza de medio litro, Quilmes. La termina y la tira a la calle. Estamos afuera de la casa de Luigi, acabo de tocarle timbre. Andy abre su segunda lata y le da. Se abre la puerta, salen Luigi y el Guillo.
Corte al interior del Fiat, Andy termina la lata y escupe un poco. Arrancamos hacia un boliche que se llama.
-Disco Gold -dice Luigi.
-¿O Gold Disco? -pregunta el Guillo.
-Es lo mismo -intervengo.
-El nombre no promete -rezonga Andy, que ahora sí fuma su cigarrillo.
-Che, Andy -el Guillo se asoma desde el asiento trasero-, ¿pegaste esa merca?
-Ajá.
-Qué bueno, che.
Luigi y yo miramos lo que ocurre en las calles y las veredas en movimiento: nada, salvo el movimiento en sí, que no deja de ser bastante atractivo, sobre todo para mí, que estoy muy cool y sin hambre ni sed. Hasta me fumaría un cigarrillo. Lo pienso mejor: para qué; Luigi, asiento del acompañante, termina de picar y pregunta, sin girar siquiera la cabeza.
-Martino, ¿me das una seda? De esas marroncitas; ¿tenés?
-Sí -le alargo uno de mis papelitos especiales, importados, con sabor a licor de chocolate. Una delicatessen, sólo para conocedores. La gilada que fume con Ombú, que son un bajón.
-Grazie, querido.
-Che, ¿y es buena, esa merca? -insiste el Guillo.
-Muy buena. -Andy parece no prestarle demasiada atención, pero sé que está pensando en varias frecuencias a la vez y en todas a alta velocidad. Entonces-: ¿Tenés plata, Guillo?
-Sí -admite, derrotado-. Pero nada más quiero un par de rayas, antes de entrar.
-Bueno, dame cinco mangos y todo bien.
Luigi relame el porro.
-Ah, qué rico esto, Martino querido. ¿Querés prenderlo?
-My pleasure.
Andy le pasa el papel al Guillo. Se han formado dos parejas. Yo me quiero casar, ¿y Usted?
-Manejá despacio, Andy, a ver si se me cae, esto.
-Se te cae y te mato, te destrozo.
El Guillo saca un billete flamante, de cinco pesos, y arma un canuto.
-Uppp, buen caño, eh, me da ganas de bailar un chamamé.
-Pasalo, que quiero probar cómo queda mezclado con el papel.
Le paso el toscanito a Luigi, ahorro fuerzas para poder retener el aire lo más posible.
-Primero lo uso y después te pago, ¿eh?
-Como quieras, pero dale que hay mucho tránsito, por acá.
El Guillo disgrega un poco de cocaína del montoncito y le acerca la nariz/bombilla.
-Ep, rico, muy rico. Ep.
-¿Tenés las entradas, o encontramos a alguien en la puerta?
Luigi fuma fuma yo estoy algo acalorado, destrabo mi ventanuco para que entre el aire fresco.
-Yo conozco al dueño y tengo cinco free-pass permanentes.
-Grande, Andy, ídolo. ¡SNORT!
Notable capacidad respiratoria, este chico. Le veo futuro de turbina industrial.
-Ponete las pilas con eso, vos, "dos rayas".
-Ep, tomá, querido.
-¡Ah, qué buena mandanga!
-Bu-ufff. Gracias. Up, fi-fff, up.
-Te digo que te pongas las pilas.
-Sí, quedate tranquilo, no seas paranoico. ¡SNORGTTT!
-Ep, ufff.
-Up, up.
-¡BASTA! ¡Me das esa merca ya mismo!
Primerísimo primer plano del Guillo que está ultrabizco y con los pelos de punta y que se aprieta la napia con pulgar e índice y.
Corte a puerta del boliche.
-¡Oh, quién está acá! -Hace un patovica de pelo rubio oxigenado, tostado a la lámpara, aritos muy gay en ambos lóbulos, campera de cuero, barbita de dos días. El paradigma de lo grasa-. ¡El cantante del Orzuelo!
Todos notamos un dejo de cinismo en su tono de voz, pero no es lo mínimamente inteligente como para lograr ser irónico, así que.
-Qué hacés -intenta sonreír Andy-. Estoy con mis amigos, fijate en la lista.
El infradotado hace como que mira la carpetita que tiene en una de sus pezuñas. A mí no me engaña, si no sabe leer.
-Sí, claro, pueden pasar. -Y se infla y hace como que mira para afuera (es que hay mujeres, montones, afuera; aunque a lo mejor busca tipos, que también hay a montones).
-Gracias -suena a insulto, viniendo de Andy, que está más que duro y smokeado.
Corte a interior de la disco onda disco, suena un tema de ABBA, no quiero creerlo; ¿me habrá pegado mal el porro? ¿Estoy tan drogáu? Estamos en el sector barra-para-consumir-alcohol.
-¿Hacemos un champagne? -seduce el Guillo, muy loco y brillante.
-Sí.
-Ok.
-Dale.
Ahora suena Donna Summer, creo. La música disco non mi piace, pero está todo bien, estamos en un boliche lleno de niñitas, y en plena ciudad-capital-mundial-de-la-bella-fémina. Y cómo se visten, las muy guachas. Me gusta, la música disco. Todos tenemos un vaso largo de plástico; qué podemos hacer al respecto, mejor brindar e imaginar que es cristal, o al menos vidrio transparente.
-¡SALUD!
Un tema de Kool and The Gang. Aceptable. Damos una vuelta con Luigi por la pista. Un infierno maravilloso.
Suena Y.M.C.A. Termino el champagne, estoy muy feliz. Luigi también, creo.
Veo que Andy y el Guillo se han encontrado con algunos amigos/as y hablan a los gritos, del otro lado de la pista bombardeada con flashes y lucecitas colorinches. Dan la impresión de querer zafar, los chicos.
Luigi va al baño.
Suenan los Bee Gees. Es demasiado, pero qué voy a hacer. ¿Matar al disc-jockey? ¡Ey, es una buena idea!
Alguien me toca el hombro.
-Hola, Martino.
Es ojos verdes, pelo recogido en formidable rodete, pantalones semioxford verde-primavera-sintética, muy ajustados, remerita blanca muy ajustada, no distingo si tiene corpiño o no.
-Hola, eh.
Sonrío, la atraigo mano en cinturita, busco en sus ojos: ajá, está colgadita y borrachita, muy bien.
-Te llamé, hoy.
Vuelvo a sonreír, y como veo que está todo bien, le doy tremendo beso, ah.
-No, que estoy con mi novio -recién se descuelga y me aparta-. ¿Comiste ajo, o algo así?
Fucking pancho.
Corte a Soledad que se va de la mano con el novio, un tipo onda club de rugby que me miró muy feo hasta que llegó Luigi y se conocían y se saludaron y chau, váyanse a la mierda.
-¿Hacemos otro champagne?
Veo que ojitos verdes se ríe exageradamente de algún chiste del novio, lo abraza, me mira por sobre el hombro de él, me guiña un ojo. Quiere que la llame, mañana. Ah, muy bien, sí, claro. Claro.
-Dale, sí, otro champagne y un dentífrico.
-¿Eh?
Ahora suenan los Rolling Stones con "Harlem Shuffle".
Estoy tan cansado.
-¿Qué hora es?
Le pregunto a una flaca alta de pelo ondulado, castaño, buenas tetas, panza chata, cara algo lunar, ella misma algo encorvada, que me sonríe. Veo que la bombacha se le marca mucho bajo/sobre su pantalón de ¿raso? ¿terciopelo? El pelo largo le cae por todos lados, medio hippona.
-Las dos menos diez -y me sonríe, y espera que la siga, porque se pone frente a mí, dándole la espalda a sus amigas que, intuyo, se borronean, se desdibujan.
Estoy tan cansado.
Recién las dos menos diez.
La flaca me sonríe, espera. No me disgusta del todo, su pelo de psicobolche.
Luigi me da un glass lleno de champú.
Miro el interior del vaso, respiro hondo, vuelvo a hacer pie, disparo mi mejor sonrisa y.
-Detesto la música disco -digo, simpático, se ríe-. ¿Cómo te llamás?
El lugar es atronado por algo que se parece a Funky Town.
BRRUUUMMM hace mi conciencia, así que la desconecto.

sábado, 5 de diciembre de 2009

14. El condimento del chancho


-Vos dame la plata, que el existencialismo lo resuelvo después -le dice el Guillo a Andy.
Andy parece que va a responderle, no lo hace (¿por elección?-¿falta de ideas?), mete la mano en el bolsillo y saca un billete de veinte, suficiente para cuatro botellas de borgoña en cualquier estación de servicio, se da media vuelta, con una pala parrillera distribuye las brasas en su lugar.
-Ya venimos -el Guillo agarra el billete y lo llama a Luigi. Salen, llevándose las llaves del Fiat.
-Son las once y media -dice Andy, dueño de casa-. A las doce a más tardar están los chorizos. No se cuelguen.
-No se cuelguen demasiado -aclaro mientras termino mi Gancia, hielo, limón verde, sin soda.
Se fueron, ya.
-Martino, traé la carne y los zochoris. -Andy bufa, suda un poco-. Y un Gancia con mucho hielo. ¿Queda, todavía?
-Para un vaso justo.
-Bue, perfecto. El fuego ya está.
Vuelvo de la cocina trayendo la madera con la carne del medio lechón que despedazamos hace un par de horas y que ya está bien adobado (sal entrefina y parrillera, algo de pimienta negra recién molida), y una fuente de metal con cuatro chorizos de cerdo especiales y dos morcillas.
-¿Y el Gancia?
-Perdón, duque, sólo tengo dos manos.
-Y traete el faso que está en la alacena de la izquierda, dentro del tarro que dice "Té de la India". -Y grita, un segundo después-. ¡Ah, y el atado de puchos!
No quiero ir más, a la cocina. Plano cerrado de las manos de Andy que acomodan chorizos, morcillas y trozos de lechoncito sobre los fierros calientes. Las brasas, tan blancas y rojas. Muy bueno. Qué suerte, la marihuana ya está picada.
-¿Qué, te la venden lista para armar? -le pregunto entre sorbo y trago de aperitif al asador.
-No, lo hago en mis ratos libres.
-Ah, o sea, desde que te despertás hasta que te acostás.
-No me jodas, Martino; encima que los invito, mis amigos se ponen a criticarme. De no creer.
-No seas boludo.
-Bue.
Ahora, plano del pincho de dos puntas que entra en un chorizo, al perforarlo hace un ptrchpif y larga dos chorritos de grasa hirviente.
-En un rato empezamos. -Andy se sienta al lado mío-. Si estos no llegan, se joden.
Lindo patio, éste, con árbol y todo. Y ladrillos a la vista por los que se pasean cucarachas negras y de apariencia sólida, eterna.
-Esto ya está, casi. -Y le muestro el aerodinámico porro que acabo de terminar. Tamaño Zeppelin. Lo seco con la llamita de un fósforo. Cool. Lo enciendo y se lo paso al amigo.
-Uhhh, qué paz -y Andy cierra los ojos y se despereza, se estira-. Qué tranquilidad.
-¿Hasta cuándo te dieron la casa, tus viejos? -le pregunto y acabo mi Gancia.
-Ja, qué pregunta. -Lo piensa, me mira, fuma-. Hasta que me muera.
-A la mierda -me asombro, me admiro.
-Sí. Tomá -me pasa el caño-. Se fueron a un piso 20 en barrio Martin, vista al río, of course.
-Les va bien, entonces.
-A mi viejo, sí. Mi vieja está... No sé, está loca. -Toma un trago de alcoholito-. Pero mientras me pasen lo que me tienen que pasar, me importa un carajo lo que hagan.
Aspiro el humo con ganas, muy relajado. Es que hace apenas dos días pegamos un cien de muy buen tamaño, así que hay para tirar para arriba. Y lo disfrutamos, claro. Se lo paso.
-Ah... -hago al vaciar mis pulmotores.
-¿Sabés, up, la última de mi vieja? -me sonríe y me hace señas de que le acerque los Marlboro-. Se afilió al Partido Comunista Revolucionario.
-No.
-Sí. ¿Te lo imaginás, a mi viejo? Up. Se puso de la cabeza, pero a esta altura le banca cualquiera.
-Y sus amigos, eh... -empiezo, pero me pierdo.
-¿Quiénes? ¿Los de Ema León Suárez?
-¿León Suárez?
-Ah, Martino, no te conté. Ya no se llama más Ema de Palermo. Ahora usa su apellido de soltera.
-No.
-Sí. Tomá, smoke this shit, man.
Las brasas y su aleatorio cric crack pric crack de chispas y colores y calor, el calor es bueno y me absorbe y me promete sabores animales, sanguinarios, primigenios. El fuego baila en mis retinas, irrita mis ojos con tal dulzura. Sonrío, creo.
-Por mí que revienten -la sigue Andy-. Mientras me alcance para vivir y para pagarle a la mujer que limpia la casa, todo bien.
-Ahhh... -hago y veo que este porro recién va por la mitad. Veeery nice.
-Además, ahora vamos a grabar el disco, y estoy seguro de que la vamos a pegar.
-Ah, el disco. Tengo hambre.
-¿Cómo era el nombre del disco de la banda del primo de Luigi?
-¿Eh? ¿Qué?
-Le dijiste un nombre para el disco de la banda de esos punkitos.
-No van a sacar ningún disco, que yo sepa.
-Bueno, Martino, no importa. Me importa el nombre, que estaba copado. Algo de "mierda".
-¡Ah, sí! Era...
-Pasame el caño, no te hagás el gil.
-Uh, no, tomá. Era...
-"Mierda en pote".
-No... ¿Pedo de mierda?
Los choricitos largan un olorcito, mmm, y las morcillitas, uh-uhhh. Y arriba hay estrellas, un montón, y ni una sola nube. Qué lindo cielo. Noche de tinta y leche en polvo. Ah.
-No, che, era "Gusano de mierda".
-A ver, Andy, me tengo que acordar.
-Le quiero poner ese nombre al compact de E.C.D.O. Pensá.
-¿Gusano que chupa la mierda?
-"Waiting for the mierda".
-¿Jamierdaquai?
-Mierda, mierda, mierda...
-...
-"Cantando bajo la mierda".
-¡Sembrando mierda! Ése era, es, eh, el nombre.
-"¡Sembrando mierda!". El mejor. Excelente, Martino. Muy fuerte, muy poético.
-Cargado de significado.
-Exacto. Y lleno de connotaciones y denotaciones.
-Así es, licenciado. Coincido.
AHJAJAJAJAI, jajaiiii, no podemos dejar de reínos, estoy que exploto, Andy no puede encender su cigarrillo, me doblo en dos, se cae al suelo, se me cae el faso, tira su vaso de Gancia que hace crash, recojo el porrito, está apagado pero aún resiste.
-¿Qué pasa acá? -entrando al patio, Luigi.
-Los dejamos solos media hora y se descontrolan -sacando las botellas, dos de Santa Isabel, dos de Carcassone, el Guillo-. Guardá las otras, Luigi, que abro un Isabelita. Dos en la heladera y sólo una en el congelador. Ah, ¿no querés traer el sacacorchos, también?
-Para descorchar a estos dos pescados y ver qué tienen adentro de la cabeza.
-Para eso, y para empezar con el tinto. -El Guillo me saca el tucón de la mano, lo enciende en dos segundos tres décimas-. Malditos, no nos van a esperar. (Severo). ¡Muy mal! (Fuma). Mal. (Relajándose). Y dejen de reírse, idiotas.
Nos recuperamos, como podemos. Andy logra encender su Marlboro y yo recibo un vaso de Luigi y le agrego dos cubitos y el Guillo me sirve el vino rubí, muy rojo, ah, esto pinta bien.
-Bárbaro, este porrete -aprueba el Guillo y le da un trago al pico de la botella.
-Ah, no seas grasa, che -lo ataca Andy-. Siempre igual, vos. Usá un vaso, chimpancé.
-No me jodas, querés.
-¿Traigo la ensalada? -pregunta Luigi.
Corte a tremenda fuente con los chorizos y las morcillas cortados en mitades desiguales que desaparecen clavados a tenedorazos por unos tipos desesperados de glúcidos y proteínas, nosotros.
Corte a magnífica tabla de madera cargada de costillitas y carne de cerdo crocante y olorosa de humo y, y, ahhh.
-Muy bueno, Andy. -Mastico como si fuera la última vez. Saboreo. Juego. Jugos, sangre. Trago.
-Perfecto. -El Guillo se mete flor de cacho de bocado y parte en busca del pan a las brasas.
-Suculento. -Luigi descorcha el primer Carcassone, se sirve, me sirve.
Lento cae el vino oscuro, muy oscuro, dentro del cristal de mi vaso. El brillo del vino.
Corte a los cuatro que rodeamos la mesa, comiendo a todo vapor, sin hablar, sin comentar, sin emitir sonidos articulados. Comer, comer, beber, comer, beber, comer comer.
Una imagen cenital, desde el centro de la araña de luz que rige la mesa; un minuto justo de sonido ambiente. Los cubiertos, los platos, las mandíbulas, el hielo, el vino, los ah-hum.
Fundido encadenado a la misma cenital, algo más cerrada. Se terminan los últimos bocados, se limpian las fuentes de la ensalada, se muerden los últimos panes.
Fundido encadenado a la misma cenital, aún más cerrada, que hace un petit movimiento y encuadra a Andy, que termina su vino y suspira; la imagen panea lento hasta el Guillo, que limpia su plato con un bollo de miga de pan y se lo engulle con exasperante deleite; sigue el paneo circular hasta Luigi, que se sirve lo que queda del último Carcassone, llenando su glass hasta el tope; ahora llega la imagen hasta mí, justo cuando me desparramo y largo un.
-Brerp. -Pero no demasiado desagradable, creo.
Corte al Guillo que dice:
-Sí, estuvieron bien con la sal, pero con chimichurri hubiera salido mejor.
Luigi agrega:
-Y con un poco de romero.
Andy defiende con estilo:
-Por qué no se matan.
Tiro una trampa:
-A lo mejor, con una pizca de pimienta negra molida. ¿No?
El Guillo:
-Eso, Martino tiene razón, Andy. Pimienta negra.
-Yo le puse pimienta negra, tarado.
-Uh, querido, me cagaste. Sos un hijo de puta.
-Romero y una o dos hojitas de laurel -blablea Luigi.
-¡Laurel! -se exalta Andy.
-Pero el chimichurri, no me van a decir que no -el Guillo arma un faso standard.
-¿Por qué no, laurel? Le da un sabor. Y comino, podría andar.
-¡Comino!
-Chimichurri para el chanchito, marihuana en sobrecitos. Para sus hijitos.
-Comino, estragón...
-¡El comino es para el pescado!
-¿Me da fuego, alguien?
-El estragón puede quedar bien.
-¡Estragón! Imbécil.
-Orégano. Esa es la posta. Una lluvia de orégano.
-¿Me dan fuego?
-Los argentinos no saben cocinar; le ponen orégano a todo -intercedo-. Lo dijo Luca.
-¿Luca?
-Luca Prodan.
-¿En serio?
-Síp.
-¡Orégano! A éste nada más se le puede ocurrir.
-¿Me dan fuego?
-Lo importante es que esté bien de sal.
-Tomá los fósforos, vos.
-¿Luca Prodan dijo eso, estás seguro?
-El chancho tiene que estar bien cocido.
-Pasalo para este lado, no te hagás el gil.
-No, la ronda va para este lado.
-Sí, seguro.
-Ah, up.
-¿No hay postre, che?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

13. Dos obras de teatro.


¡AH, ME DUERMO, NECESITO UN CAFÉ!
Es que estoy, estamos todos -lo sé- muy cansados. Fisurados. Ayer a la noche, hoy a la madrugada terminamos como a las cinco, cinco y media, y seguro que después cada uno en su casa se dedicó a la comida, a tomar algún Nesquik o algún pase de sandanga o hasta a escuchar la radio. Por mi parte: café con leche tamaño BIG, sandwich de jamón y queso y pan lactal tostado con poca mayonesa, un paquete de Oreo de chocolate. Después, a soñar, que es domingo y es el día de descanso de los cristianos. Como se debe.
-Hola, Martino.
-¿Ahm? Ehgh...
Me llamó el Guillo a las cuatro de la tarde, logrando lo que no pudo mi vieja que, vi en ese momento, se había ido con el resto de la jauría. Me di cuenta al instante de que estaba hambriento, famélico. Gajes del oficio. Y tenía sed.
-Eh, Martino, dale, despertate que son las cuatro y pico.
-Bueno, sí, qué pasa.
-Me invitó una amiga al estreno de una obra de teatro.
-Ajá -gran bostezo-. ¿Y?
-Y, vamos. Tengo cuatro entradas. Avisale a Andy y que lo llame a.
-Pará, pará -rebobino, pienso, evalúo-. ¿Teatro? A mí no me gusta, el teatro.
-No seas rompebolas.
-Y menos el teatro rosarino.
-¿Algún otro plan?
-Me acabás de despertar.
-¿Alguna idea brillante?
Ah, no. Ironías a mí, recién despierto, no.
-¿Comparada con la tuya? A ver, ya lo tengo -pequeña pausa, suficiente-. Podemos ir a darnos patadas en el culo al parque Alem, y después pasamos la gorra. Nos divertimos y además nos hacemos unos mangos. Yo te pateo el culo a vos.
-Imbécil, se me acaba la paciencia. Llamalo a Andy, que a Luigi lo llamo yo, mejor.
-¿De qué es, la obra de teatro?
-Es un unipersonal.
-Uhhh, no -pinta mal, la cosa-. ¿Es cómico?
-No sé, pero la actriz es una guacha, una potra terrible.
-¿Se pone en bolas?
-Seguramente. Es un unipersonal. Si no se pone en pelotas, se van todos a la mierda.
-Ah, entonces sí. Cuándo y dónde.
-A las ocho en el parque España. En la entrada a los túneles.
-Empieza temprano, además. ¿Y no hacemos, eh, antes?
Nunca se sabe. El teléfono de un amigo de un primo de Luigi estuvo pinchado durante un tiempo: el flaco vendía porro, poco pero vendía, y un día lo llamaron los de la Federal; ahí se acordó de los ruiditos raros que le entraban en la línea cada vez que hablaba de faso. Y nos quedó la paranoia. Entonces:
-La obra es a las ocho y media. Tenemos un rato para dar una vuelta.
-Bueno, lo llamo a Andy.
-Bárbaro -un ruidito del otro lado de la línea, como de encendedor-. ¿Todo bien, desde anoche?
-Sí, bien. Ah, me duermo, necesito un café. Ci vediamo.
-Chau.
Me hago un café con leche. Mi vieja me dejó una bandeja con sorrentinos de ¿queso? ¿queso y cebolla? Debajo de la bandeja, una nota que dice: "Acordate de que mañana salgo de viaje. Besos." Fuck off. La pasta viene con salsa de carne y con queso rallado encima. Livianito. Lo pongo todo a calentar a fuego mínimo, revuelvo un poco con cuchara de madera (como debe ser), saco un paquete de Oreo de la lata de las galletitas, voy hasta el teléfono. Ñam, sglurb.
-Hooola.
-Ñam, sglurb.
-¿Eh?
-Holambg, Andym.
-Martino. ¿Podés dejar de morfar, en algún momento de tu vida?
-Buenom, glurch.
-No todo es comida, cerdo, lechón.
-Ajá. Qué rico, un lechón.
-Además hay drogas, mujeres, autos, música, días de sol, ¡la vida es bella!
-¿Qué te pasa, Andy? ¿Estás bien?
-Sí, bue, dentro de todo. Dormí cuatro horas y desde las once que estoy para adelante.
Éste se zarpa y habla y habla y habla. Lo freno.
-Bueno, ponete tranqui que estamos hablando por teléfono.
-No seas paranoico.
-Bueno.
-¿Algún plan?
-El Guillo me llamó para ir a ver el estreno de una obra de teatro. Un unipersonal.
-Qué bien. Vamos todos. Everybody. Yeah.
-Pasame a buscar a las siete y media. Estás con el auto en condiciones.
-Síp. Teatro. Me gusta. Un solo actor, mejor. Me distraigo menos.
Termino mi última galletita de chocolate. Un olorcito me araña la fosa nasal (narina en batracios y reptiles) izquierda.
-¡LA PUTA MADRE! ¡Se me quema la comida!
-Jodete, por cerdo.
-Chau, siete y media te espero.
-Ja, bue, chau, nos.
¡Clack!
Corte a la llama del fósforo que acaba de encender Luigi, que a su vez le da fuego al porrete que sostiene Andy entre sus labios. Son las ocho y cuarto, estamos arriba del Complejo Cultural Parque de España, creo que así se llama, los árboles y los arbustos y la casi noche nos abriga. Temperatura perfecta, se ve el río, pasan algunos enormes barcos de carga, uno hace sonar su sirena TUUUUUU-t!
-Qué colgado este Guillo, querido.
-Tomá, ups, Martino.
-Bueno. Además, él tiene las entradas. A ver, que alguno se fije si llegó.
-¿Por qué no vas vos?
-Porque estoy fumando, Andy.
-Buffff, tenés razón, voy yo. ¡Energía, energía!
Y se va a los saltos.
-A ver el caño, querido. ¿Qué le pasa a éste?
-Está reduro, desde hoy a la mañana.
-Up, mirá vos. Ahí vuelve -Andy está corriendo-. Está descontrolado, up-ep.
-¡Ahí viene, el Guillote! Dame que quiero fumar unas secas más, y basta.
Llega el Guillo, que está agotado después de subir las escalinatas del Complejo. Cincuenta, sesenta escalones.
-Acá hace falta un ascensor -dice, y le da una pitada a su Marlboro-. Uch.
-Tomá, Guillo, fumá, uff.
-Uh, Andy, estoy fumando desde que me desperté -pone los ojos en blanco, un segundo-. Estoy muy loco. Me vendría bien un cappuccino, o una Coca bien fría, o las dos cosas. Pero bueno, dame.
-Si querés te doy un pase -Andy está generoso, hoy, milagro. Espero que le dure la buena onda. En general.
-¿Tenés merca? -el Guillo fuma y lo medita, me pasa el joint-. No, en todo caso después -la cocaína nunca le cayó simpática, al Guillo. Tuerce la boca, enarca una ceja-. Pero gracias igual.
Fumo, ya queda poco, me quemo el índice de la mano derecha.
-Ay -hago.
Corte al interior del miniteatro tubular, somos casi los últimos en llegar, por suerte los asientos están numerados y nos acomodamos en la cuarta, quinta fila, nos tropezamos entre nosotros mismos, una chica linda rubia teñida pero bien teñida buenas tetas saluda al Guillo el Guillo se sonríe los ojitos chiquitos y coloradeitors y levanta una mano:
-¡Eh, hola, eh! -bardea, a los gritos. Luigi lo sienta de un tirón y lo llama a silencio.
-"¡Eh, hola, eh!" -lo reta-. ¿No sabés hablar, vos?
-Es que me olvidé cómo se llama -se sonríe el Guillo, con cara-de-chino. Y se pone a reír y a darle golpecitos a Luigi, que a su vez le responde con coquitos en la cabeza.
-Che, infradotados, que ya empieza -hace Andy y los agarra de los pelos. No lo puedo creer. Por suerte, bajan las luces y la sala-túnel se pone negra. Una luz al escenario. Aparece la actriz.
Corte a la cara atónita de Andy, que gira su cuello para mirarlo al Guillo, que musita:
-A lo mejor después cambia... -y se hunde en su butaca. La actriz, que está en verdad muy buena pero que también está muy vestida, grita:
-¡Oh, Afrodita, cuán terribles, cuán trágicos tus días! -con voz engolada.
-Yo te mato -susurra Luigi en el oído derecho del Guillo. La mina sigue, chilla:
-¡De todo el Olimpo, te elijo a ti! ¡De todas las diosas, tú eres mi diosa!
-A la salida te cagamos a piñas, sí, a vos -tengo que pasar por encima de Luigi para llegar hasta el amigo que me hace ver teatro. Nunca me gustó, el teatro. Pero esto me supera. Al fondo del escenario, que es apenas un telón arratonado barato, se contorsiona un mimo vestido como en el Teatro Negro de Praga, salvando diferencias. No entiendo qué hace ahí, obvio. Ahora la actriz, haciendo alarde de una inusitada temeridad, rompe el espacio escénico -así decía una amiga mía que hacía cursos de expresión corporal, o algo así- y se nos acerca, caminando como ganso desplumado por el pasillo. Se frena, mira en nuestra dirección, pregunta:
-¿Algún alma será tan solitaria como la mía?
Y hace un silencio. La mina busca a alguien con la mirada, se detiene en Andy, me parece, o en el Guillo.
-¿Alguien me dará su prístino candor?
Andy la mira fijo, le sostiene la mirada pero mal, porque la cara de bronca que tiene es apabullante. Le duró poco, la buena onda. Andy está comiendo una pastilla Fuertess, de mentol. Todos, los cuatro, estamos comiendo esas pastillas duras, broncodilatadoras. La mina sigue:
-¿Me prestará alguien su calor?
Y le extiende una mano a Andy, a pesar de que está a tres asientos de distancia y de que es obvio que no podrá tocarlo. Andy chupa su caramelo, la mira, veo que piensa algo dark. Silencio. Una luz sigue la mano de la mina y se centra, más o menos bien, en mi amigo. Silencio. Andy saca la pastilla con la lengua, la sostiene entre los incisivos, sonríe torcido.
-¡CRACK!
Hace el Fuertess al romperse dentro de semejante silencio.
Corte a la explanada exterior del C.C.P. de Spagna. Fuimos los primeros en salir, así que podemos ver quién estaba adentro de la sala. Los chicos encienden cigarrillos. Breve pausa.
-Por lo menos se puso en bolas -inicia una defensa el Guillo.
-En tetas -lo corrige Luigi-. No es lo mismo.
-Y con todo el quilombo de luces y sombras y esa música de mierda, las tetas ni se vieron -ataco, lo peor que puedo-. La próxima vez nos pagás, para venir.
-Yo sí le vi bien los pechotes, y estaban muy bien -asegura Andy-. Además, la mina tiene aguante. Porque la hice quedar remal, y sin embargo se la bancó sin decir ni ay.
-Nunca tan importante, Andy -Luigi fuma y mira hacia los portones-. Ni tan terrible tampoco... Pero estuvo bueno, lo tuyo -concede, como siempre-. En fin. Ahí vienen tus amigas, Guillo.
Las chicas son tres, una es la rubiona teñida que está buena, otra es una morocha flaca bonita de ojos verdes que tengo vista de algún lado, y la tercera (que me parece que recién se les agrega) es una incierta gordita bajita de pelito insulsito y cara de yo-me-la-sé. El Guillo nos presenta; ellas son Gabriela (¿Graciela? No, quién se llama Graciela en los '90), Soledad la morocha verde y María Jesús o María José la gordita.
-¿Qué les pareció la obra? -Gabriela.
-Y... -Guillo.
-¿La verdad? -Luigi.
-Un bodrio -Andy.
-Un bodrio total -Martino, eh, yo.
-A mí tampoco me gustó -Soledad, que me parece me mira. Flash.
-Una estética superada -María Jesús.
-Bueno, les ofrezco la revancha, si nos acompañan -Gabriela.
-¿Eh? ¿Qué? ¿La revancha? ¿Cómo? -Martino, Luigi, Andy, Guillo.
-Tengo entradas gratis para otra obra. -Sonríe, encima-. Dentro de un rato en el Rivadavia.
Silencio. Los cuatro nos miramos, algo incómodos. En cuestión de segundos (para ser exactos, tres) evaluamos la situación: dos minas que están muy buenas -una de las cuales se la gana el Guillo, casi seguro, por ser el "amigo"-, una tercera que nadie tiene en cuenta, una hora y media (¡tal vez dos!) de nuestras vidas mirando otra gansada que terminará de matarnos del opio. A mí la ojos verdes me gusta, pero tanto sacrificio con resultado incierto. Entonces: el Guillo por sí, Andy y Luigi por no, yo sin decisión.
-Bueno, mirá, en realidad -inicia Andy.
-¡Esta vez es una obra muy recomendada! -asegura la rubia big mamas-. Y tiene años en cartel. Y es una comedia. Son dos actores, un varón y una mujer, que hasta actuaron en Francia... Creo.
-¿Cómo se llama, la obra? -pregunto por cortesía, mirando a la morocca e imaginando algo positivo.
-Se llama, se llama -rubia descerebrada-. Uy, a ver. ¡La mujer sentada!
-¿En serio? -Luigi tira su pucho, se interesa-. Es de Copi, un historietista francés... Creo.
-¿Qué creés? -lo apura Andy, agreta. Está entrando al bajón. Quiere irse. Eso sí lo sé.
-Creo que es francés. Pero sí, debe ser excelente. La historieta es excelente.
-Pero es tarde -hace Andy-. Nos vamos.
-Ay, chicos, no sean así -insiste la rubia. ¿Qué le pasa? ¿Por qué tanto interés?
-Podrían hacer un esfuerzo... -susurra la morocha. ¡Sí, vamos!
-Además -insiste Gaby la Blonda-. Si nos apuramos, fumamos dos porros que me regalaron hoy.
-¡Cómo convencés a la gente! -y Andy la abraza y le da gran beso en la comisura rouge de rouge.
Corte a Andy, Gabriela, yo, Soledad ojos en el auto de Andy a Cincuenta Por Hora muy tranquilos calle España al 300, 400, con hermoso cigarro liado de marihuana que pasa de mano en mano. Detrás, María José, Luigi y el Guillo en el Fiat Vivace de la petisa tamales, con otro cigarrito.
Corte al interior del hall del Centro Cultural Bernardino Rivadavia (creo que así se llama), donde todos corremos muy de la cabeza por el porro y porque llegamos tarde, entramos cuando cerraban las cortinas.
Corte a mi cara de culo estoy ultramalubicado a mi lado a mi izquierda la mortadelita María Jesús Josefa que me comenta lo que pasa en el escenario cada treinta segundos. A mi derecha: Andy Gabriela Luigi Guillo ojos Soleverdes cómo puedo ser tan colgado, al Guillo lo mato si me la gana.
Corte a la actriz que hace de la mujer sentada que está sentada en una silla y pone una carota resacada y hace prrr! con la boca y dice: ¡Cómo mata el paso del tiempo! Es graciosa, muy. Me pone medio loquillo.
Corte al actor que está disfrazado de boa constrictor y dice, pregunta: ¿Y los humanos chiquitos, se pueden comer? Ja, muy bueno, si María Jamón se callase sería 9 puntos.
Corte a la mujer sentada que está sentada encima de la tumba de su marido y le refriega un ramo de flores en la cruz/lápida: ¡Olé, Rodolfo, olé! ¿Te gustan? ¡Se las robé al marido de la panadera, que está en la tumba de al lado!
Corte a la mujer sentada que ahora está parada y apenas con una luz naranja y canta La vie en rose.
Corte a primerísimo primer plano de tremendos ojos verdes que me miran después de bello beso y me dicen:
-Me tengo que ir, llamame -y con su casi metro ochenta perfecto para un taxi se sube se va se fue. No. ¿Me dio su número?
-Che, yo me voy con esta rubia a mi casa, así que chau -hace Andy. ¿Dónde estamos? Ah, Corrientes y San Juan, casi. Hay un monumento a Sarmiento, con algunas pintadas de aerosol y de pincel y de paloma diarreica.
-No, pará -lo ataja el Guillo, quien fuera abordado sin cuartel por Marijú, que, veo, ahora está apretando con Luigi. Se descontroló la berenjena, como decía mi abuelo, creo. Pero si yo no tuve abuelos; nací de un repollo nuclear, igual que mis viejos.
-Me tengo que ir, ¿qué pasa? -Andy le hace señas a la rubia de que se vaya al auto, cosa que ella hace, muy sumisa-. Mañana hablamos.
-No, sabés qué, esta mina está recaliente y con Luigi nos la llevamos a algún lado, pero estoy demasiado de cara como para soportarlo.
Andy me mira, sin entender. Yo, nevermind. Estoy desinflado. Out.
-¿Y?
-Y, Andy, te acepto un par de rayas, si tenés.
Andy lo mira, sonríe, saca un papel de aluminio de Marlboro 10 que envuelve una piedrita, y se lo da.
-Grande, Andy. Chau. Chau, Martino.
Ahora Andy me mira, sonríe.
-¿Vos precisás algo?
Sin dar un paso siquiera -estoy en el mismísimo cordón de la vereda- paro un taxi, abro la puerta, escupo al suelo, me subo, me voy, me fui.

viernes, 6 de noviembre de 2009

12. El Clásico


Con Luigi tenemos que bajarnos del taxi unas tres cuadras antes de llegar al parque Independencia, porque está hecho un quilombo de autos y de hinchas que van y vienen y gritan y cantan, tipos desaforados de domingo seminublado que ni promete ni deja de prometer nada.
-¿Tenés las entradas?
-Sí -le respondo.
Caminamos hasta llegar al parque, racimos de cuerpos con banderas rojinegras buscando llegar a la cancha, al Coloso. Saco el porro que armamos en casa hace un rato y lo enciendo mientras Luigi hace lo mismo con un Camel, para no bardear tanto. La experiencia y la muchedumbre y la lejanía de los policías nos permite fumar sin preocuparnos, y en el momento justo, es decir media hora antes de que empiece el partido. ¿Habrán llegado ya Andy y el Guillo? Seguro que sí, y seguro que estarán haciendo lo mismo que nosotros, pero del otro lado del estadio, junto con las gentes de su horda. Ellos son de Central. Una lástima. Le paso el caño a Luigi, me da el Camel, doy unas pitadas sin entusiasmo, con más de disimulo que de otra cosa. Ahhh... Lindo día, me percato poco a poco. Hay olor a choripán.
-¿Y si hacemos un chori antes de entrar?
-¡No seas, ep, colgado, Martino! -y agrega-: Fumá que se nos hace retarde.
Le doy el Camel, me pasa el fasito, ya por la mitad. Cómo está fumando este hijo de puta. Me está agarrando el hambre. No importa, adentro ya consumiremos algo, después.
-¡Aguante la lepra, vieja!
Me, nos dice un energúmeno de pocos dientes y pelo largo retorcido en dreadlocks de dudosa factura.
-Sí, aguante -contesta Luigi.
El tipejo nos mira, sin moverse. Tiene puesta una camiseta de Newell's bastante desactualizada, con una publicidad que hace años que el equipo no usa, y completa su atuendo con una bandera a rayas rojas y a rayas negras y, me fijo hacia abajo, unos pantalones de jean cortados agujereados y aceitosos de tanto pasarle las manos que, veo, están embadurnadas de algo oscuro y aceitoso y, sigo, que también mancha sus zapatillas Topper clásicas que alguna vez fueron blancas. Ahora, no.
-Me das una seca, fiera.
Me, nos dice, me dice a mí. Lo miro a los ojos turbios. Recién ahora reparo en que todavía tengo el caño en mis manos, mi mano derecha. Si bien la maría juana me está poniendo muy bien, la situación no deja de incomodarme. Busco los ojos de mi amigo, y el paneo se detiene a medio camino, porque detrás del espécimen veo, a unos seis o siete pasos, a un grupo de humanoides muy parecidos a él -borrosos, ahora en foco, ahora fuera de foco- que parecen estar a la expectativa. Antes de que pueda decir nada:
-Dale, Martino, todo bien con el flaco.
No, no sé, me parece que no está todo bien. Le acerco el tucón al tipo, que lo aferra con notable familiaridad y se lo lleva a los labios de mojarrón. Le da tremenda seca, se revienta los pulmones de verde. Apenas se retira el cigarrito de la boca, Luigi se lo saca y se pone a fumar con ganas, como siempre. Miro. Detrás del fierita. Sus amigoides se acercaron, ya.
-Eh, vieja.
-Eh, fiera.
-Dame una seca, bolú.
-Eh, ej, sput.
El Luigi da otra aspirada y me mira, no me consulta, me mira. Sin prestarles atención a los buitres me pasa la tuca, porque a esta altura queda una tuca, respetable, sí, pero tuca al fin; una sobra de calidad, podría decir. La sangre me corre por todos lados, golpea con ganas en mis manos y en la punta de los dedos, yeaaahhh! La onda se pone densa, creo, se hace tarde, se escuchan los gritos de las masas en el circus del fútbol finis seculorum, mi latín es patético, tric tric tric fumo, fumo fumo al ritmo de los gritos de los saltos de la hinchada de El Glorioso Newell's Old Boys.
-¡Eh, vieja, dame una seca, bolú!
Gargajea uno grandote de rulos mota. Uf, esto no da para más.
-No, pará. Ya le dimos a tu amigo. Ahora fumo yo, y después hagan lo que se les cante con la tuca.
¡EPA! Luigi ha hablado, Senatum Populus Que Romanorum, con una claridad, apostura y elocuencia que, veo, consigue que los tipos estén sorprendidos y dudando el tiempo suficiente para que mi amiguillo me saque el cáñamo y le dé una nobilísima pitada, la aspire con deleite, slow motion publicidad y colores de 35mm para la nueva campaña de cigarros Tucorde High, ahhh, hace, y le deja la miserable puntita de porro al grandote mota, y.
-Vamos, Martino, ¡vamos la lepra, todavía!
Y ya no estamos ahí.
-Entradas en la mano. Entradas en la mano. Entradas en la mano.
Dice un policía gordo como un cebú y sudoroso como un cebú, supongo, pero creo que los cebús no tienen la culpa, el género bovino no tiene a su alcance la nueva línea de desodorantes Rexona Que No Te Abandona. A nuestra izquierda está la cola de las mujeres, ¿por qué ellas pagan menos? No termino de entenderlo. Para las populares pagan menos, al igual que los jubilados. Menores de doce años, gratis. Pero la igualdad de derechos está marcada en las plateas. Si no tenés guita, no hay asiento, no hay platea.
-Dale, Martino, no te pierdas. No te cuelgues, querido.
Y Luigi se ríe. Estamos a punto de pasar por los molinetes, cuando se nos acercan (estoy un poquito paranoico, lo sé) tres canas con sus perros. Uy, serán los antidrogas, pienso. No creo, éstos son doberman, los pichichos de los rati son comunardos, o eso creo. Los doberman, dos negros y uno marrón, canela oscura, están mansitos, tranquilos con los bozales en su lugar. Se nos acercan, te digo. Estamos a punto de pasar los molinetes.
-WAFARFGUAUWAF!
Hacen de repente los putos bichos. Por completo sorprendido, me quedo helado, colgado, mirando a los canes infernales. Luigi, detrás mío, me patea un tobillo. Uno de los botones me mira desde detrás de su casco anti-cascotes.
-¡SILENCIO, MIERDA!
Ladra el que parece estar al mando al tiempo que le pega furioso tirón a la correa de su doberman. El perro hace:
-WAfgh!
Y se queda mosca. Los tres animales se aterran un poco; el poder de la mente superior. Ya pasamos los molinetes. Ésta va a ser una tarde larga, larga como el hocico de ese doberman puto que me sigue mirando.
-¡QUE VAMOS A SALIR CAMPEÓN!
Pega un alarido un infradotado saltarín justo al lado mío, dejándome aturdido. Pienso: la próxima vez vamos a la platea. Pienso: pero si lo que a mí me gusta es, justamente, el descontrol que se arma en la popu. Pienso: la platea es para viejos chotos. Concluyo: está todo bien, a ponerse las pilas.
-Está todo bien con la popular, ¿no, Luigi?
-De una -afirma-. Y metele, que vamos a ver el partido desde afuera, si no nos apuramos.
Uhhh estoy a punto, como una buena tira de asado, ni jugosa ni cocida. Qué hambre, carajo.
-Tengo hambre.
-No jodas, Martino.
-Tengo hambre, qué querés.
-Aguantate.
Atravesamos el portal que nos lleva a la esquina oeste de la popular, ¿esquina oeste? ¿Dónde está, el Sol?
-Lo que daría por una pizza.
-¡Cómo rompés las pelotas!
-Una pizza de muzzarella con rodajas de tomate y aceitunas negras y un poquito así (gesto) de aceite de oliva.
A veces me divierte torturar a las personas. Este caso se me hace particularmente interesante.
-Hijo de puta. Me hacés tener hambre a mí. Callate.
-Non calentarum, Luis Brett.
Subimos diez, doce escalones, ¿gradas?, primero pasamos entre viejos con sus radios portátiles a cuestas, después entre no tan viejos, diez escalones más, cada vez más gente, llegamos hasta donde podemos, no nos dejan avanzar, la barra brava, los tipos pesados están unos veinte metros a nuestra izquierda. Pero no parece estar toda la barra brava; por lo general entran faltando diez, quince minutos para que empiece el partido, y todos juntos y haciendo bardo y alarde de su PODER.
Porque en la cancha, cuando el equipo juega de local, durante el partido (más unas horas antes, más un par de horas después), tienen poder. Como un mutante de los X-Men, pienso. Eso, así se manifiestan los poderes de los super-héroes-mutantes-argentos: desarrollan su máxima fuerza durante los actos futbolísticos.
En la cancha están los fotógrafos, policías, los alcanzapelotas, los perros policías, algunos bomberos. Salen el árbitro y sus ayudantes.
-¡CUERVO HIJO DE PUTA!
-¡A VER SI COBRÁS BIEN, HOY!
-¡REFERÍ Y LA CONCHA DE TU MADRE!
Enfrente nuestro, atravesando todo el largo del campo verde-marihuana, están los de Central, cantando boludeces y tirando serpentinas sin abrir lo más cerca posible de la cabeza de cualquier humano que pase cerca de su territorio. Se les hace difícil: los alambrados son muy altos. Estoy aturdido, bombas de estruendo. Petardos. "Tres tiros". Un "tres tiros" le explota en la mano a un gordo de rulos, cerca nuestro, y el tipo grita y grita y grita:
-¡AH! ¡AY PUTA! ¡AH! ¡AY PUTA!
Y se lo llevan unos que parecen ser sus amigos. Tiene una mano hecha bolsa, veo, bien llena de sangre y echando humo y teñida de negro. Qué bueno: de rojo y negro; eso es ser hincha hasta la médula. Huelo: a quemado, a carne y grasita quemada. Me da más hambre. Entra la barra brava de Newell's, todos juntos y haciendo bardo y alarde de su poder. Los hinchas más comunes, como siempre, se sonríen estúpidamente y hasta festejan el ingreso de la masa. Huelo: a miedo. Trescientos, cuatrocientos monos de lo más pesado, con sus banderas y etcéteras. Aguante.
-¡AGUANTE, CARAJO!
Grita alguno.
-¡AGUANTE!
Responden otros.
-¡LEPROSO, HIJO DE PUTA, LA PUTA, QUE TE PARIÓ!
Ah, no, esto no puede ser. De pronto se me pasa el hambre, y grito, gritamos todos, algo desenfrenados. Contestando.
-¡CANALLA, HIJO DE PUTA, LAPUTAQUETEPARIÓ!
Ahora me siento mejor. Qué lindo es el fútbol. Si hasta está saliendo el solcito.
-¡Atenti que sale Ñubel!
Avisa un viejo despeluchado que tiene una radio con audífono (no confundir con los auriculares, no), seguramente a válvulas, y que disfruta de la importancia de su rol en este momento especial del encuentro. Síndrome del Microprotagonismo Efímero, que le dicen. Alguien reparte papelitos. Luigi agarra un buen montón y me pasa la mitad. A nuestra derecha, no, a nuestra izquierda, están las plateas visitantes. Miro y llego a ver, entre la multitud (cancha llena, 40.000 tipos), a Andy y al Guillo que tropiezan consigo mismos y con una gorda que parece les está ocupando sus preciadas plateas. Le veo poco futuro, a la gorda. Andy hace amenazante ademán.
-¡SALE ÑUBEL!
-¡AAARRRGGGHHHHHH!
-¡GRAAARRRGGGHHHH!
-¡Y DALE, Y DALE, Y DALE ÑUBEL DALE!

-¡Y DALE, Y DALE, Y DALE ÑUBEL DALE!
-¡Y dale, y dale, y dale Ñubbb...
Y aplausos. Y los canallas que chiflan y putean y carajean. Recién ahora, entre los papelitos que caen y el humo, dos tremendas columnas de humo rojo y negro que se alzan un centenar de metros hacia el cielo que, me parece, se está despejando, recién ahora vuelvo a ver a Andy y al Guillo que acaban de desalojar a la gorda y que se sientan y encienden unos cigarrillos y llaman al cocacolero, o al heladero. Seguro que al cocacolero; el faso les está dando sed. Yo tengo sed.
-Che, Luigi, hagamos una Coca, querés.
-¿Qué hacés con los papelitos en la mano?
Miro mi mano: qué colgado, Dios mío.
-Los tiro cuando empiece el segundo tiempo.
-Bah, mejor hagamos una Sprite, o una Sevená.
Se esfuerza en decir sevená para causarme gracia, y me río lo mejor que puedo, ya que no insiste en certificar mi colgadez con respecto a lo de los papelitos. Me río bastante bien. Busco muy ansioso a un vendedor, tengo mucha sed y la saliva se me pegotea en las fauces. Aparece alguien con una bandeja en alto, pero éste vende semillitas de girasol, maní con chocolate, boludeces. No me sirve.
-Ja, mirálo a Pijuí.
Dice un gordo ojeroso que está al lado mío. Huelo: a chorizo berreta, a carbón con asado de hace unas horas. Las imágenes odoríferas se desprenden de sus ojeras y sobacos y se proyectan casi en 3D justo enfrente y arriba de mis ojos. Qué bueno.
-Sí, ja, es Pijuí.
Responde, avispado, un petiso pelado de barba color sorete que está a su lado. No se conocen, seguro, pero ya han entablado una de esas amistades que duran lo que el partido, con quien tengan al lado. Tipos que van solos a la cancha y le hablan al primero que encuentran y que se toma el laburo de responderles; no es difícil, tipos de éstos sobran. Siempre sobraron.
-¡Eh, Pijuí!
Lo llama alguien con vocecita de pito, desde algún incierto lugar.
-Ya lo atiendo, caballero, enseguida estoy con usted.
Pijuí tiene anteojos de culo de botella, el pelo duro y pajizo, la nariz grande; y a pesar de eso se la aguanta y le da para adelante lo mejor que puede, haciéndose el boludo frente a las cargadas de tipos que se creen que no son boludos y que intentan demostrarlo para sus congéneres, la gilada. Cuando yo fui chico, y veníamos a la cancha con los de la secundaria, siempre, siempre lo cargábamos, a Pijuí.
-¡Che, Pijuí, dame semillitas de sandía!
-No tengo, caballero.
Pienso, me pregunto: ¿por qué le dirán Pijuí?
-Pijuí, ¿tenés caramelos de zapallo?
-No me han llegado, señor.
Repienso, asocio. Hay una cierta paloma que se llama, o se le dice -¿es lo mismo?- picuí.
-Pijuí, por favor, una porción de queso para untar.
-No he recibido, esta semana.
Ah. Paloma, palomo, boludo. Picuí, Pijuí. Pensar me da sed. El ingenio criollo. Casi le pido una Coca, a Pijuí, por reflejo de Pavlov. Qué colgado. Tengo sed.
-Ahí hay uno que vende Cocas, Martino, llamalo.
Hasta que un tipo se apiada del punto y lo llama y le compra unas semillitas. Tengo una sed.
-Che, querido, estás muy colgueti, vos. ¡Coca! -llama.
-Ah, perdón. ¡Coca! -llamo.
El vendedor nos ve, está a unos diez tipos de distancia y le quedarán unas tres, cuatro Cocas.
-¡Atenti que sale Central!
Uh, no.
-¡SALE CENTRAL!
-¡CANALLA, COMPADRE, LA CONCHA DE TU MADRE!
La creatividad está ausente, hoy, en el parque.
-¡LACADÉ, LACADÉ, VOSODELABÉ!
No será creativo, pero que les duele, les duele. Veo que también ellos tiran gruesas nubes de humo azul y amarillo, que se elevan, se elevan y se van...
-Che, querido, ¿y la Coca, qué?
Uh. Busco al vendedor: está a unos cinco, cuatro tipos de distancia, ¡y le queda sólo una preciosa, excelente Coca-Cola!
-¡Acá!
Me desespero.
-¡Acá!
Hace alguien y le saca la Coca de la bandeja y le pone un billete en la mano y, no, no hay Coca para mi sed. El cocacolero se pone la bandeja vacía y sucia y mojada debajo del brazo y se va en busca de más vasitos plásticos. Mierda. Y encima hace calor, con todos estos tipos alrededor. Qué manera de sufrir. Ser hincha es un sacerdocio. Pero el fútbol siempre da revancha. Qué consuelo.
-Bah. Luigi, dame un pucho.
Para disimular la impaciencia. Lo enciendo, doy una buena pitada. La baba espesa se mezcla con el humo del tabaco. Y apesta.
El árbitro sortea qué arco ocupará cada equipo. Ajá. El arquero de Central se viene para donde estamos nosotros, qué bueno.
-¡Cornudo!
Empieza uno. Me siento mejor, más contenido y a la vez liberado que cuando iba al psicólogo que me pagaban mis viejos. Y me divierto mucho más.
-¡CORNUDO HIJO DE PUTA!
Corrige otro. Tirado en el diván me aburría como una ostra sordomuda, y tenía que inventar perversiones y neurosis a cada rato para confundir al pelotudo ese y poder jugar con sus reacciones.
-¡CORNUDO HIJO DE REMIL PUTAS!
Aumenta otro. Llegué a lograr que les recomendara a mis viejos que me internaran; por mi parte, convencí a mi madre y a mi abuela de que el causante y agravante de mis problemas era el analista, que además era un barbudo chupavergas (les aseguré que había insistido en mamarme el choto) y un ateo anticatólico terrible, cosa que sacó de quicio a la abu. Le iniciaron una demanda.
-¡PUTO REPUTO RECULEADO!
-¡ARQUERO DE LA B, HOY TE HACEMOS CINCO, TE HACEMOS!
Terminan de agregar, otros. El psicólogo terminó con una depresión aguda y apenas consiguió detener el juicio al darles unos cuantos miles de mangos a mis viejos. Y todos contentos.
-Empieza -dice Luigi-. Que ganemos, que ganemos... Tenemos que ganar.
El referí hace prriiit y sacan los canallas. Debajo mío, un pelado narigón de barba grita:
-¡Dale Ñubel, daaale Ñubel!
Y se calla. Muchos gritan alguna cosa al empezar el partido, y después ni mu. Qué raro, pienso. Tengo una sed de locos. Tiro el cigarrillo y lo piso. Las hinchadas cantan, se putean, saltan. Busco con la mirada a Andy y al Guillo: están muy cómodos en sus asientos, con una sonrisa en los labios y una Coca en cada mano. No puede ser. Me muero de sed.
-Gol de Racing -avisa el viejo despeluchado-. Lo hizo Sórchez.
¿A quién le importa, Racing?
-¿Contra quién juega? -le da pie un pelotudo de los que nunca faltan. El viejo se infla, agarrando con fuerza su radio del año del orto.
-Contra Colón -afirma, tratando de parecer aplomado-. En cancha de Colón -agrega, y nota que ya nadie lo escucha-. En el Cementerio de los Elefantes -viejo decrépito, ya sabemos que se le dice el Cementerio de los Elefantes. Ahora callate.
La sed me enloquece, todo me da vueltas, me desmayo.
-¡Coca, acá, eh! -¡hace Luigi al lado mío! ¡Milagro, milagro!
-Pedile dos -lo apuro-. Dale, tomá la plata, dale, dale.
No lo puedo creer. Destapo el vaso lo más rápido que puedo, le doy un furibundo sorbo, está helada, es perfecta, le doy un segundo trago, cerrando los ojos y alargando el momento, qué bueno, y un tercer trago, ahhh, está un poco aguachenta pero no importa, es algo frío y dulce, ah, me vuelve el alma al cuerpo.
-¡GOL!
-¡¡¡GOOOOOOOOOLLLLLLLLL!!!

NO-NO-NO-NO alguien me empuja y me abraza y me tira el vaso a la mierda. Todos están festejando, totalmente locos. Miro a la cancha, y casi todo Newell´s se amontona en una pila humana. La puta madre, me perdí el gol. Se me cayó la vida, quiero decir la bebida. Por lo menos ya no tengo tanta sed. Le pido otro faso a Luigi.
-Uh, che, se me mojaron con la Coca. A mí también se me cayó.
Bue.
Eufóricos, todos cantan y aplauden y se entusiasman. No importa, a la noche lo veo por televisión.
No, sí importa, me cago en todo. Bue, basta.
-¡HIJOS NUESTROS, HIJOS NUESTROS!
Gritan los barrabravas, a pesar de que en el historial los canallas nos llevan cuatro partidos de ventaja.
-¡PECHOS FRÍOS, PECHOS FRÍOS!
Se enardecen un ratito los de enfrente. Luigi me da un codazo y me muestra a Andy y al Guillo que están con cara de culo. De golpe, Andy hace un brevísimo movimiento y su vaso (tapado y bastante lleno, calculo por la aceleración que toma) vuela y aterriza en la nuca de un ovejero de la policía. El perro se bambolea medio segundo y retrocede y cae, se desploma en el foso que separa los bancos de suplentes de las plateas. El foso está vacío, porque en still de tres segundos se oye un tunc! asordinado, que indica que el pichicho no encontró ningún colchón de agua para recibirlo. Andy se ríe un poco, llama al heladero, se compra un palito de frutilla, lo chupa, se calza sus anteojos oscuros, ¡sigue el partido!
En la cancha, todo se me aparece confuso. No hay buenas jugadas, nadie pisa la pelota, empiezan los primeros foules violentos. Amarilla para uno de Central. Corner para Ñuls. No pasa nada. Luigi consigue una Fanta limón. No me gusta pero la tomo igual. Amarilla para otro de Central. ¿Cómo va River? El despeluchado dice: cero a cero. River va puntero delante de Colón y el Glorioso Newell´s Old Boys. Dura patada de uno de La Lepra. Amarilla para él. El gordo ojeroso socarrón dice: El Show de las Amarillas. El petiso pelado barba de sorete le festeja: jajajá. Andy y el Guillo comen helados. Corner para Central. Un policía mira dentro del foso. El despeluchado informa: penal para Colón. Luigi consigue un cigarrillo. La hinchada de Ñubel canta vamolalepraquetenemoqueganar. El despeluchado acota: gol de Colón. El gordo ojeroso experimentado comenta: es el Cementerio de los Elefantes. Me estoy cansando de estar parado. Ya falta poco para que termine el primer tiempo. Varios policías miran dentro del foso y hacen gestos agresivos y bardean con sus escopetas Bantam. Roja para uno de Central. Lo festejamos. Rebotes en el área chica y gol de Ñubel. Gol de Ñubel. Gol de Ñubel.
Todos gritan...
Luigi y yo gritamos...
El árbitro lo termina con un prit!
Me siento donde puedo, como sardina enlatada. Pero me siento.
Entretiempo. Luigi y yo fumamos el cigarrillo a medias. La hinchada de Central tira petardos y montones de bombas de estruendo que al explotar levantan panes enteros de césped. Si parecen granadas. También tiran monedas, pilas, ¡piedras!, ¿de dónde sacaron piedras? Los bomberos se acercan lo más que pueden y largan chorros de agua a alta presión, para bajar a los tipos que están subidos a los alambrados. Ninguno cae. No, uno resbala con los caños ahora húmedos y se enreda en los alambres de púa y parece que grita, parece que lo está pasando mal. Que se joda. Los bomberos le siguen tirando agua. El tipo se zafa pero cae varios metros hasta dar con las cabezas de sus compadres. Algo brillante y alargado vuela, con mayor precisión que todos los otros proyectiles, y le da a uno de los bomberos, que hace grandes aspavientos y corre sin dirección, escapando. Los policías se ponen en fila india (serán veinte, treinta, todos con cascos y escudos y bastones y un par con escopetas y uno con un rifle lanzagases) y se posicionan enfrentados a la brava de Central. Divertido.
-Dame una seca -le digo a Luigi.
-Esos están muy de la cabeza -me comenta.
-Ajá, sí.
-Má sí.
-Gol de Colón -se anota el despelucheitor-. Justo cuando termina el primer tiempo -reinforma.
-¿Y los otros partidos? -se malengancha el barbita de sorongo.
-Todos cero a cero.
-Ah.
-Mirá vos.
-Eh...
-Ah...
-Qué bien que estamos jugando al orsai, ¿no?
Corte a dos canas que están tirando de una soga y levantan y sacan lo mejor que pueden al perro que había caído al foso; el ovejero parece bastante machucado. Le hago señas a Andy; no me ve; el Guillo duerme, o hace que duerme una siestita. Vuelvo a hacer señas: nothing.
Corte a granada de gas lacrimógeno que cae en el medio de la bandeja baja popular de los canallas. Al principio se desbandan, pero enseguida un grandote de pelo rubión y enrulado, lleno de tatuajes, agarra la granada y -tremenda sangre fría, me doy cuenta- hasta se toma el tiempo necesario para apuntar, y cuando encuentra un blanco la devuelve a los policías, justo a los pocos que no tienen puestas las máscaras antigás.
Corte a los dos equipos que prriit! hace el referí y vuelven a castigar la redonda. Sin embargo, ya los ánimos están más que caldeados, recalientes, y a una patada de uno de los nuestros el de los otros responde con otra y se agarran a piñas y roja para los dos, afuera. Todo mal.
-Acá se arma, che.
-Sí, querido, así que vayamos pensando en cómo vamos a salir.
-Bue.
Tiro libre para Central, entonces. La acomoda el Negro Palma. La veo jodida. Patea, el arquero mira, la pelota se duerme en el ángulo más alejado. Uh, no. Los canallones gritan y hacen quilombo y recién pasaron dos, tres minutos desde que empezó el segundo tiempo.
-Qué manera de sufrir -el gordo de las ojeras.
Nadie le responde.
-Gol de Colón -avisa nuestro corresponsal particular, Josef Despeluchenko.
El cielo se está nublando. Siguen las patadas, los foules, los pelotazos a cualquier lado, este partido es un bajón; todos los clásicos son así, prácticamente: lo único que importa es ganar. Veo que Andy y el Guillo, junto con otros de su sector, hacen gestos de "les vamos a romper el culo" hacia donde estamos nosotros; sin embargo, estoy seguro de que no nos vieron, todavía.
Sí, el cielo se está nublando, mientras cae la tarde.
Huelo: el aire. El aire está... Tenso. Siento, experimento, veo: todo se detiene, todo se silencia. Caras. Desencajadas. La de los policías. Los bomberos. Los jugadores de Central. El árbitro. Los jugadores de Newell's. Los hinchas de Central. Andy. Los perros doberman. Luigi. Los hinchas de Newell's. El Guillo. El gordo ojeroso, el barbeta de caca, el cocacolero y su sudor.
Mi cara.
Mi cara.
Mi cara.
-¡GOL DE COLÓN!
Dios.
-¿Cómo van?
-Colón cuatro a uno a Racing.
-Tenemos que ganar.
-¡HUEVOS, ÑUBEL, HUEVOS!
-Hay que ganar, como sea.
-¡OOOHHHH, VAMOLACADÉ!
-¡Tiro libre, carajo, vamos todavía!
-¿Quién patea?
-El Negro Zamora.
-¡Vamos negrito querido!
-¡Ahí va!
-¡GOOOOLLLLLLLLLLL!
Cierro los ojos. Me duele la cabeza, mucho. Un zumbido, increíble, torturante.
Abro los ojos. ¿Penal para Central? Lo hace Palma.
-¡GOOOOLLLLLLLLLLL!
Media barra brava de Central se cuelga de los alambrados. La de Ñubel hace lo mismo, pero en plan romper todo. Los tejidos de metal ceden. El cielo está nublado. Se oyen tiros, gritos, gente/masa que corre, huelo: el gas, los jugadores corren hacia los túneles, alguien tropieza y rueda y se lamenta y el alarido se pierde en ningún lado, corro, delante mío la remera de Luigi, huelo: el pánico.
-Gol de Colón -creo escuchar, entre tantos sonidos.
Corte al living de Andy, en la casa de Andy, que, que está lamiendo una chala larga y consistente. Nadie habla, alguno murmura, alguno.
-Dale, encendé -apura el Guillo.
-Tengo sed -digo.
-Despacito despacito despacito -empieza un canto Luigi-, les rompimos, el.
-Cerrá el culo.
Ladra Andy, un doberman, y enciende.

sábado, 24 de octubre de 2009

11. Incidente en Villa Cariño


Negro. Se oye el slick de la tapa de un Zippo.
Fundido rápido a cigarrillo que se enciende. Corte a una rubia, buenas tetas, bien rosarina, buenas piernas, que empina una botella de Pronto Next. Noche de piel húmeda.
Andy dice, guardando su encendedor: -Ah, qué paz. ¿No, Pamela?
Pamela responde: -Sí, estamos bárbaro.
-¿Enciendo un porrito?
-¿Tenés para después?
-Uh, no, no. Es el último, lo último que me queda. Podemos buscar a los chicos.
-No, es demasiada historia.
-Bueno, lo hacemos más tarde. En mi casa.
-¿Y tus viejos?
-Está todo bien con mis viejos. Además, se fueron por el fin de semana largo.
-¿Adónde?
-¿Adónde qué?
-Adónde se fueron tus viejos.
-A Córdoba, creo -da una pitada con impaciencia-. Bueno, lo hacemos después, entonces.
-Sí.
Otro trago, largo, al Pronto Next. Afuera del Fiat: oscuridad, un parque, muchos otros autos estacionados. Fundido encadenado a menos autos, con el mismo encuadre, y otra vez un encadenado, y otro, hasta que se van un Renault 19 y una camioneta Vitara, y quedan el Fiat Tipo de Andy y dos o tres coches más, desperdigados por el parque Urquiza. Travelling en grúa desde algún árbol al interior del Fiat y a Pamela que besa con gran entusiasmo a Andy, que responde bastante bien y que le abre la pollera y la acomoda en el asiento del acompañante y que le levanta el corpiño y le lame un pezón, el izquierdo, mientras le mete la mano en la bombacha y juega con, frota su clítoris y Pamela que jadea y lo abraza y Andy que baja baja se mete dentro debajo de la falda y corre la tanguita con un dibujo de Garfield sacando la lengua y besa como puede (el auto es relativamente pequeño) todo lo que puede y.
Corte a ruedas a paso de hombre, automóvil sin luces.
Un ruidito y una luz que busca en el Fiat.
-¡Ay, Andy, la cana! ¡La puta madre, la cana!
Una voz detrás de la linterna.
El policía 1 dice: -A ver, subasé los pantalones y baje del auto.
-Uh, no -a Pamela, susurrado-. Y yo de cara, con lo caliente que estoy. Esto me violenta.
-Documentos.
-Acá están.
-Los de la señorita también.
-Pame, dame el documento. -Pausa-. Acá están.
Andy nota que hay un policía 2 parado detrás del patrullero, un Chevrolet; tiene los brazos cruzados sobre el techo del auto y parece bastante aburrido: un trámite más. Andy se fija en su cara-de-policía-provincial, y hace una mueca de fastidio.
-Los papeles del auto.
-Sí.
El policía revisa los papeles con la linterna. La luz rebota y muestra una cara infame, con una cicatriz mal cosida en el mentón que le llega hasta el labio inferior.
-Mire, agente...
-Oficial -el policía 1 se revuelve, dándose importancia o intentanto asustar.
-Bueno. Mire, oficial, sargento...
-La patente está vencida.
-¿Qué? Sí, claro, unos días, estamos a principios de mes.
-La patente está vencida. ¿Qué dice acá?
Y le pone el papelito a quince centímetros de la cara. Y alumbra a Pamela, que busca confundirse con el tapizado. Andy mastica un trozo de aire.
-Bueno, qué puedo hacer.
-Me va a tener que acompañar a la comisaría.
-Uh, no, un momento.
-Mirá, pibe, no tengo tiempo. A la comisaría por infracción a la moral pública, y el auto al corralón por la patente.
-...
-...
-...
-¿O lo querés arreglar de otra manera?
Andy mastica más aire, cierra los ojos. Un instante. El policía 2 sigue en su lugar, se rasca la nuca.
-Bueno, ok. Cinco dólares... Pesos, cinco pesos. Todo lo que tengo.
-¿Y con eso qué hacemos, che? -mira al policía 2 y le hace un gesto de "mirálo al pibe"-. No alcanza. A la comisaría.
-Andy, ¿qué pasa? ¿Nos podemos ir?
-La minita se puso nerviosa... Andy. -Pausa y lo ilumina en la cara-. Vamos, Andy.
-Diez pesos -abre la billetera-. Acá están, es todo.
-Y encima me querés pasar, pichón. No, no alcanza.
-...
-Vamos. -Y para que escuche Pamela-. ¡A la seccional!
Slow motion en la cabeza de Andy, los sonidos se ralentan, muy molestos ellos. La linterna. La cara del policía 1, oficial. La cara de la rubia, asustada y asqueada. La cara del policía 2, siempre en el mismo lugar pero con una sonrisa canchera injertada a la fuerza en la piel sudorosa, sudada. Patas de tábano pegoteadas, algún documental del Discovery Channel. La linterna encandila los ojos/cámara de Andy.
-¿No me escuchaste?
-Sí, te escuché -susurrado, hacia abajo y atrás, para nadie-. Tengo algo en la guantera, oficial, sargento -el policía 1 no recibe la ironía-. Un segundo, y arreglamos.
Primer plano del policía 1 que sonríe malamente y que gira hacia el policía 2. La imagen deja ver la espalda, la cintura, baja, el policía 1 se rasca el culo, una sola nalga, se ajusta el cinturón que sostiene esposas, cargadores y la Browning 9 mm enfundada en cuero partido. Zoom in al policía 2 que devuelve el intento de sonrisa y que sale de su posición y busca algo en el asiento trasero. Zoom out al policía 1 que vuelve a girar y que enfrenta a Andy que sale, saca medio cuerpo del Fiat y se endereza con un billete en alto en la mano izquierda zoom in corto a plano medio de Andy que eructa.
-A mí no me tuteás.
Corte a espalda del policía 1. Un ptuf y un breve y limitado resplandor.
-Negro de mierda.
-¡Andy, pará!
Ptuf brillo al estómago. Dos segundos. Tambalea. Ptuf brillo a la cara y algo que vuela y gotea y salpica.
-Negro de mierda hijo de mil putas.
-Andy, ay, Andy.
El policía 1 retrocede entre espasmos y choca, golpea el patrullero. El policía 2 saca la cabeza de la ventanilla, rodea el auto, mira al policía 1 que chorrea contra la puerta delantera, mira a Andy, duda, lo encara, lleva muy torpe su mano a la cintura, busca su arma.
-¡Qué querés, vos también!
Parabellum 8.8 con silenciador, ptuf al hombro izquierdo, se lo arranca, el policía 2 vacila, se aferra el hombro herido, lo mira, mira a Andy, insiste en desenfundar.
-Ay, no, no.
Muy torpe. Muy lento.
Ptuf al muslo derecho.
Andy es conciso, metódico, está odiando, belleza.
-Vení, vení a sacarme guita. Dale.
El policía 2 consigue sacar la pistola, entre gestos de dolor y sangre y humo y sudor.
Ptuf a la rodilla izquierda, el policía 2 cae y hace un a-ayyy algo sordo, poco convincente.
-Ay, no.
-¿Pame?
-Ay, ay.
-Reventá, mierda.
Ptuf ptuf y los sesos que se disgregan en el asfalto. Corte a Andy que guarda la Parabellum debajo del asiento, que saca la llave del encendido y clic oprime el encendedor del tablero del auto y sale y va al baúl y lo abre y con un bufido levanta un bidón lleno de algo verde.
-Nafta ecológica -dice Andy en still, llegando al patrullero. Y rocía al policía 1 y luego al policía 2 y después al Chevrolet y una vez vacío tapa el bidón con cuidado para no derramar alguna gota y lo devuelve a su lugar y cierra y se mete en el Fiat y mira a la rubia y le muestra la lengua mientras la pasea por los labios y clic plano detalle salta el encendedor y Andy le levanta la remera a Pamela y el corpiño y saca un Marlboro del atado y.
-Qué buena que estás. -Lo enciende-. Vamos a casa. -Da una pitada, enciende el motor-. ¿Te parece bien?
Tira el cigarrillo dentro del Chevrolet, una pequeña bola de fuego en el asiento trasero, los dos o tres autos que quedaban encienden sus motores y sus luces, el Fiat arranca, tranquilo, grúa muy elevada que muestra al patrullero ya tomado por el rojo, a los policías rojos y amarillos, a los dos o tres autos que aceleran mal, histéricos, a los bandazos.
El parque Urquiza, zona conocida como Villa Cariño, queda desierto, muerto. Excepto el fuego.
Corte a negro. Se oyen las llamas y los motores en retirada.
Sólo se oye el fuego.

lunes, 19 de octubre de 2009

10. Valium y sus amigos



-¡Todo mal, Martino! -Andy boquea al aire nictamfibular, bulargh-. O no, no, todo BIEN. ¡BIEN!
Mi amigolígena desdibujoide está tirado sobre sus-mis colchones. Tiene la carota VERDE Y NEGRA Y sus manos se me antojan delfines gortos y burgueses. ¡Surch, sglurb, cínico hijo de puta, te vuelvo a confundir (sic sic); vuelves a sucumbir ante las tus propias arenas movedizas de la ignorancia! Nabo, inútil, o mejor, inepto. Shit-out. Uf, un respiro.
-¡Me tomo toda la pala y todas las pepas! -me mira Andy a los ojos. Tiene casi un mogra de merca en su poder, una coca buena y fuerte y amargota que compró a un precio razonable. No me invita a jalar, seguro que en espera de que le pida y así le haga lugar en su ejército de egos idiotas que le pululan por el pecho. Af.
-¡Me tomo todo!
Y se mete una raya de blanca y, uch, los ojos se le AGRANDAN y, bueno, me enciendo el porro que armé horas antes con gran esfuerzo y, uhm, le doy tres, cuatro pitadas profundas, entusiastas, eh, así.
-¡Y tengo de las amarillas, además!
Glup se traga una cápsula sedante X, y glub un trago de vino tinto frío, y glup una amarilla, glub trago de vino tinto, glup un Valium varios mg, glub trago vino, glup Xanax (post-psicodelia y pre-disco), glub trago, glup Lorazepam, glub, glub.
Este chico está muy loco.
-¡Mis viejos están re-locos! -grita Andy, suspira, se cae sobre sí mismo, extraña figura-. Mis viejos. Mis viejos están re-locos. Ahh, me tomo toda la merca -se agacha hacia la mesa, se esnifa dos, tres, seis, ocho saques, intercalando experimentadamente las fosas nasales. -Toda, toda me la tomo. Snif. Carajo.
Y BLUM se cae alfombra sillones almohadón ¡BLUMF! Confuso, Confucio, confusión y la fusión de Andy con la hermana La Nada, y que me caigo en el abismo, el abismo verde esmeralda, el abrigo de centurias y centurias de sabiduría animal, ani-mal, ¡MAL!, me caigooo... Ah, subo y fumo y fumo y antes de perder toda pequeña conciencia alcanzo a apagar el caño, así me queda una tuca pa' después. Psé.
-Glurrrrmf-erg -hace Andrés Palermo.
-Puto de mierda -le digo de mala manera.
-Erk -babea este amigo.
-Pedazo de charco de vómito del orto -silabeo.
Se murió. Está muerto como está muerto un pedazo de jamón. Y no, no respira.
Boludo; que se joda.
¡GLARF! Azul Azul Azul tus ojos Luna Polar me rasgan el látex de mi corazón, arden las llamas post-ignéicas de tu radioactivo pelo de cobra: las dentelladas te comen los labios. Pienso: el SIDA mató a Andy. Andy está muerto como un tarúpido, como un estropajo. Muerto de sida. Yo debería haber hecho una propaganda, no, una publicidad de, acerca del sida. Y hubiera salvado a Andy. La publicidad podría haber sido, a ver, digamos, más o menos así: tratando el tema, el tipo de narración-temática/temática-narrativa, por el lado de la discriminación, eso podría ser. Por ejemplo, atención: un grupo de chicos en la barra de un pub-bar (3MEN, 3WOMEN), y una voz en OFF que postula... Imagínalo, imagínalo... Omm-mm, el globo ocular terrestre implota de jugo de sexo luminoso, om. Vos sabés del sida, pibe, sabés que tenés que usar forros, siempre. También sabés que tenés que hacerte el análisis de HIV, como para quedarte tranquilo y al mismo tiempo ponerte las pilas... Infiernos, tal vez no estaría nada mal, pero me la imagino con la voz en off de Mirtha Legrand mezclada con la de nuestro amado-odiado Dieguito Maradona y, y se me ponen los pelos de la nuca de punta al cielo, al cielorraso, al techo planetario surcado de ríos marcianos que a su vez son invadidos por insectos con cabeza de televisor. Mal, mal viaje.
Andy, veo, no reacciona. Voy hasta la cocina, abro al heladera, busco un poco de jugo de naranja envasado. Frío, como lo necesito. Bebo en cámara lenta, sin sonidos parásitos, sin siquiera ruido eléctrico. Vuelvo al living. Andy, reveo, no da señales de estar respirando. Me acerco a su cara de tiza, busco una mota de sangre fluyente. Rien, nothing. Le tiro lo que queda de jugo de naranja en las fosas nasales manchaditas de blanco.
-¡Ah, qué, hijo de puta! -y respinga y tose y escupe y hace como que estornuda y me tira una piña de derecha al voleo, que esquivo, y otra trompada de zurda a la mandíbula, con mayor dirección y velocidad, pero que también esquivo, y le sacudo una formidable cachetada de revés en plena trompa. PAF, hace. Hijo de puta, pienso. Y yo que le salvo la vida, sin siquiera tener que hacer una propaganda, publicidad, debería echarlo a la mierda, a la calle de una patada.
-¡Qué hacés, qué hacés! -me grita Andy, los ojos en blanco y largando una espumita rosada por la comisura izquierdosa. Este tipo está peor que yo. Y yo lo abrazo, impidiendo que siga moviéndose y que vuelva a intentar pegarme, y lo siento en un sillón, y le digo, le grito casi: Pará un poco, estás duro y down, pará.
Increíble. Deja de tener los ojos en blanco; ahora me mira, ¿podrá verme?
-¿Y los chicos?
Me pregunta, suspirando, tranquilizado. No me gusta esta su serenidad.
-Ya vienen, los chicos -le miento, en realidad no sé muy bien nada de lo que acontece en el exterior urbano.
-Ah.
-¿Querés algo, Andy?
Suspira, resopla.
-Ah.
Con el susto y el jugo de naranja se me está pasando el cuelgue.
-¿Querés un vaso de agua?
Me mira, me mira con, con cara de loco. Eso. Cierra los ojos. Resopla, mastica sus muelas.
-Ah, ah.
-Andrés.
Abre los ojos. Parece agotado, pero tiene fuerzas suficientes como para relevar la habitación. Vuelve a mirarme.
-Estoy muy duro, muy arriba, Martino.
-Sí.
-Esta es tu casa.
-Sí.
-Ayudame a bajar.
-Sí.
-¿Me ayudás a bajar?
-Bueno.
-Dame un Valium, o algo de eso, dale.
-Sí.
Busco su mochila, la abro, revuelvo un poco. Algo frío y metálico me llama la atención. El aire está caliente, más que cálido, entonces: ¿algo frío? Miro. Una pistola. Una pistola de verdad. Andy y sus manías de sacado, qué le pasa; es el imbécil del milico de su viejo. Miro la pistola, miro a mi amigo, no hace más que temblar. Guardo el chumbo, no digo nada, mejor así. Revuelvo un poco más, encuentro un set de pepitas claras. Las saco y cierro la mochila.
Vuelvo a la cocina, lleno un vaso de whisky, un old fashioned, con agua mineral sin gas, muy fresca, vuelvo al living, Andy desplomado en el sillón, cric saco una pastillita de su envase, le acerco vaso y medicación. El amigo traga glup muy despacio, glub muy despacio, ojos cerrados, occhi chiusi. Respira hondo, y ahora soy yo el que se siente mejor, creo, tranqui, creo.
Le saco el vaso de la mano. Parece que va a decir algo. No. Suena el teléfono. No atiendo. Que funcione el contestador.
-¿Ya te dije, Martino, que mis viejos están locos?
-Hola -hace mi voz de metal, dentro del teléfono-. Esta es la casa de Martín, pero no estoy.

viernes, 9 de octubre de 2009

9. Emtibí



-A veces hay que saber rendirse.

Y la mano del Guillo agarra el control remoto y uno de sus dedos hace tic.

-Vos de eso sabés mucho.

Y Luigi agita su vaso de Ballantine's tic tic tic.

-Las chicas están agresivas, qué bien.

Y Andy juguetea con un silenciador y lo rasca con la uña del pulgar tic, tic.

-Uh, el video nuevo de los Red Hot.

Y mi entretejido neuronal se adapta a los misiles MTV. Tic.

Del agujero blanco de centro oscuro del inodoro asoman las dos primeras largas patas negras y lisas y relucientes de, de una esbelta y grande araña de Basalto. Gotea. Gotea.

Al video de los Red Hot Chili Peppers le sigue uno de Santana, luego otro de Marilyn Manson. Marilyn Manson es un tipo qué está totalmente demente -o esa es la imagen que vende-, que se pinturrajea la cara y nos ofrece alaridos y ojos desorbitados y lenguas verdes para afuera y chorros de sangre y una introducción guiada a los ritos satánicos. Una boludez, pero muy bien hecha.

-Copado, este chabón -comenta Andy.

-Che, ¿y eso?

Luigi se traga el whisky.

-Un silenciador. ¿Sos ciego? ¿Nunca viste División Miami? ¿O Los Profesionales?

-Uh, de dónde lo sacaste.

-Del viejo, de dónde va a ser -el Guillo juega con el control: satura los colores, aumenta el brillo, saca contrastes, pero no toca el volumen, que está bien bajo. Por suerte.

-¿Armo?

La araña de Basalto bordea el marco de la puerta del baño, repta, camina a velocidad superhumana, camina camina camina, sus OCHO extremos puntiagudos, esos, huelen el aire.

Como nadie me contesta, busco el faso y me pongo a picar; hay mucho humo en el aire, me molesta; no despego la vista de la pantalla de la tele; me siento incómodo, será el humo.

-¿Seguís yendo de picnic al Tiro Federal? -la sigue Luigi, tratando de entrar en conversación.

-No, me aburría -y murmura algo.

-¿Qué?

-Siempre blancos de cartón. De mentira.

-Ah. Te vas a dedicar a otra cosa.

-A tirar a algo que pueda defenderse -tic, tic.

-Glub. Estás de la cabeza.

-NO, no, no... Todavía no. Pero estoy juntando fuerzas y practico decapitando muñecas desnudas de las Spice Girls -Andy cierra los ojos-. ¿Por qué no apagan ese televisor de mierda?

Nadie contesta. Ahora está uno de los presentadores, un VJ como se dice -creo-, hablando de la última gira de Soda Stereo, que se separa. El video-jay es un mejicano que parece tener una papa en la boca. El Chavo hablaba mejor y era, es más divertido.

-Ah, qué palma -Luigi termina de masticar sus cubitos de hielo.

-¿Por qué no dejás de hacer ese ruido?

-Estás denso, Andy.

-Quiero salir a pegar unos tiros.

-Uh...

-A reventar a tiros a cualquiera.

-Uh, qué denso.

-Bang bang, como en las buenas series. El Precio del Deber. Starsky y Hutch.

-Calmate.

-Vos dejá de hacer ruido. Bang, bang. Hunter. Chips. El Justiciero.

-Calmate... Te vas a morir antes de poder matar a alguien -minipausa-. ¡Chips!

-Esa fue buena -me río MIENTRAS sacudo el porro para que se haga un tanto más compacto (demoro bastante, soy un perfeccionista); en la pantalla está un clip de Los Redondos, hecho todo con dibujos animados. Me gusta-. ¿Podrían abrir una ventana? Mucho humo, acá.

-Abrila vos -Andy deja su tic, tic, se guarda el cilindro en un bolsillo.

-Andy no fuma -lo jodo, y termino mi manualidad-. Encendé, Luigi.

-Dame.

-¿Hasta cuándo se fueron, tus viejos?

-Todo el fin de semana -me responde el Guillo, sin dejar de jugar con el control-. Qué paz, ¿no?

-¿Y tu hermana?

-En lo del novio, también todo el weekend.

-¿En lo de Coki, el petiso?

-No sale más con Coki. Éste se llama... Edgardo, Eduardo, creo. Si supiera todos los nombres de todos los tipos con los que está, mi hermana.

-¿Tantos, che?

-Podría escribir uno de esos libritos tipo "Cómo elegir el mejor nombre para su bebé".

-Ah, ja -estuviste bien, Guillermo-. Luigi, el caño, por favor.

-Up, tomá.

-Es una atorranta, mi hermana -tic para subir un punto el volumen-. Pero, si ella es feliz.

-Si ella es feliz, up -hace Luigi-. Buffff.

Alguno dice: ¿Entonces, me la puedo voltear?

Guillo: No se hagan los vivos. Los mato.

A razón de, de ciento sesenta pasos cada tres segundos, la aranha avanza, en GRANDES close-ups, avanza por su mar particular de pintura blanca, entra al living, nos mira con ojuelos.

Ah, qué bello es fumar. Ahora hay un excelente video de Beck, Devil's Haircut, en el que el flaco aparece bailando y caminando por calles muy estadounidenses, y en el que de tanto en tanto lo congelan y zoom in a una suya perfecta imagen fotográfica. Al final del corto se ve que hay unos tipos que lo estaban espiando, escondidos en algún lado de la imagen. Muy creativo, muy lindo.

-Voy a buscar agua. ¿Alguien quiere? -y el Guillo pega un orangutánico salto y aterriza bastante bien, teniendo en cuenta su congénita falta de coordinación.

-Yo, plís -le aviso-. Up, up.

-Pasalo, Martino -me jode Luigi.

-No, che, ponete las pilas que vos acabás de pitar. Aguantá -y Andy me saca el faso de la boca, sin la menor educación, este chico-. Yo también quiero agua. ¿No hay más whiskacho?

-Preguntale a Luigi -y el Guillo desaparece en busca de la cocina y luego, intuyo superperspicaz, de la heladera.

-Es que ya me voy -se lamenta el asesino del Ballantine's-. Tengo que pasar por lo de mi primo para que me dé unas entradas para esta noche. Es viernes, se acuerdan.

-Bu-uffff -ah, qué bueno, pero quiero más-. ¿Para dónde?

-El Último Límite, le pusieron. Es donde estaba La Casa del Bajo. Tengo que pasar ahora, en un rato. Pasalo, Andy.

-Tomá, si es para que te vayas de una vez, up, ep.

-Gracias, querido.

-¿Y no sabés si van las minas ésas, las amigas de Pamela? -pero lo que quiero es porro.

-¿Quiénes? -smoke smoke a gran velocidad, Luigi.

-Las rubias que están rebuenas, las que siempre se visten de negro, creo.

-Ahhh... -smoke-. Sí, están muy buenas y son muy putas.

-¿Como Pamela? -hace una mueca al estilo Nicholson, Andy.

-No sé, vos estarás mejor enterado.

-¿Quién quería agua? Pásenme el caño -al final el Guillo trajo una botella, cero vasos.

-Y, si son la mitad de perras que Pamela, tenemos que ir -Andy es más rápido que yo, o no está aún tan colgado, y puede hablar mientras me ventajea en la búsqueda del líquido elemento.

En la pantalla: veo, siento, me estimulo, me concentro, existe en este instante un especial de Radiohead; copado, Radiohead; tal vez se la dan muy de reventaditos, y ese cantante (¿Jon?, ¿Thom?, ¿Pomb?) que pone todo el tiempo la boquita a lo Mick Jagger, haciendo el ridículo; pero las imágenes son rebuenas, y los videos me gustan; conclusión:

-Parecen copados, éstos -dudo.

Un mosquito de tres centímetros, un zancudo, busca presas dando vueltas espiraladas, de Stuka en el violento 1939. Un chorro de telaraña lo derriba a los quelíceros multiformes; inyección de letalidad; la araña se va hacia la noche. Antes, tuerce la cabeza, nos mira.

-Muy buen, ep, muy buen video. Buenas cámaras -se las da de entendido el Guillo-. Buena fotografía, buenos movimientos, up.

-¿Me das una seca más? Ya me voy.

-Hace media hora que te vas, Luigi.

-No me jodas, Andy, querido, que me voy para conseguirte entradas para que te puedas levantar a tus chichis. Así que agradeceme.

Andy manotea el control remoto dejado por el Guillo, pero esta vez yo soy el veloz y le gano de mano.

-Gracias, Luigi, por tus free pass. No sé qué haría sin mi RRPP particular -Andy me mira-. Martino, dame el control.

-Vos dame el agua.

-Muy bueno, esto, eh, Radiohead. Up, buena edición, buenos efectos, buenas cámaras. Tomá, Luigi.

-Gracias, querido -smoke Luigi smoke.

-Tomá el agua, ahora dame el control.

-Ni se te ocurra cambiar de canal.

-No, pindonga.

-Estamos viendo este... Recital, especial. Este programa.

-Yo cambio.

-¡No cambies un coño! Es mi televisor y mi control remoto. Además, muy buen maquillaje, buena escenografía, buenas cámaras.

-El único coño que quiero es el de las amigas de la putilla de Pamela. Y tomá tu roñoso control.

-Chau, buffff -bufa y resopla y saca notable nube verdegris de sus pulmones Luigi, el Relaciones Públicas de la República de Mondonguia.

-Chau -hace el Guillo-. Cerrá bien.

-Chau -hace Andy-. Conseguí alcohol gratis.

-Chau -hago-. Chau.

El control del televisor es mío. Yo controlo la Music Tele Vision. Yo soy el amo.

Ahora pasan un video de Metallica.

Ahora pasan un video de Beastie Boys.

Ahora pasan un video de Divididos.

Ahora pasan un video de Blind Melon.

Ahora pasan un video de Nike.

Ahora pasan un video de Fishbone.

Ahora pasan un video de Los Fabulosos Cadillacs.

Ahora pasan un video de Mano Negra.

Ahora pasan un video de Aterciopelados.

Ahora pasan un video de IBM.

-Buenas luces, buenas manchas, buenas cámaras.