
-Quiere decir "Tigre Valiente" -informa el Guillo.
-Pero si acá no había tigres -duda Luigi.
-Pero había pumas, y a los pumas también se les decía tigres -reinforma el Guillo.
-A los jaguares también se les decía tigres, ¿no? -y Andy fuma el largo cañote.
-Sí, así es... Creo. -Opto por callarme y mirar el paisaje nocturno: no mucho, campo y campo y campo y ni por asomo una sierra, un monte, una, bueno, nada de eso.
-Uppp, puf, para qué habremos salido de noche -Andy alarga el porro para atrás; lo recibo y hago uso, claro-. Luigi, un café, sivuplé.
El copiloto es Luigi, y como tal es el encargado de mantener despierto al conductor a como dé lugar: por ahora, con marihuana y café lo va llevando bastante bien.
-¿Cuánto falta, cuándo llegamos? -pregunto, en la más colgada.
-No empieces. Recién hace una hora que salimos. -El Guillo está agreta, muy ortiba. Le paso el armado, mejor. Antes, otra pitada.
-Es mejor viajar de noche, querido. -Luigi lucha por no derramar el termo encima de Andy, lo consigue-. Es más... Místico. Tu cofi.
-Más místico las garonchas. Bue, por lo menos no hay nadie, en la ruta.
-Estamos en pleno invierno, es la madrugada de un jueves, claro que no hay nadie por acá -el Guillo está muy de cara, todavía. Que fume un poco-. A ver... Para ser exactos, son las 4:16 de la mañana, sí. Up, ahhh.
El 1.6 pega un saltito, acelera a 100, 110, 120 km/h.
Jueves, 6:15 AM
Estación de servicio en la ruta. Cuatro jóvenes argentinos ingresan y piden cafés con leche, medialunas, galletitas de vainilla y limón, alfajores de dulce de leche, una petaca de ron cubano.
-Uh, ya falta poco.
-¿Cuánto?
-Dos horas, dos horas y media.
-¿Seguro?
-Siempre y cuando no nos perdamos.
-Agh.
-Los caminos esos, de noche, son un quilombo.
-Ni un cartel.
-Nada.
-Bueno, hasta que nos bajemos este desayuno, puede llegar a amanecer.
-¿Te parece?
-No sé.
-Siempre amanece.
-¿Seguro?
-Casi siempre.
Jueves, 8:33 AM
Amanecer. Las sierras cordobesas largan algo de vapor de rocío amarillento. Un Fiat color claro, blanco, crema, naranja pálido, da bandazos en un baqueteado camino de ripio. Estaciona frente a una tranquerita que lleva a un atípico chalet de montaña. Algunos pájaros hacen ruido. El pasto está escarchado en varias partes, escarcha que se derrite con los rayos del sol oblicuo.
-¡Llegamos a la casita! -el Guillo se entusiasma, será el día que comienza, será el ron.
-Primero entremos el auto, después armamos un caño, después desayunamos -organiza Andy y enciende un cigarrillo. Y se pone a mirar un hormiguero que está en la base de un árbol.
Entrar las mochilas y los bolsos y las cajas con las provisiones nos supone un terrible esfuerzo físico, y una buena porción de tiempo. Pero lo logramos. Voy hasta la cocina, abro la llave del gas, doy fuego a una hornalla, ¡funciona! Todo bien. Pongo agua a calentar. Vuelvo al comedor, busco y encuentro el mate y la bombilla, pero la yerba. Luigi corta las tiras de cinta de embalar de una de las cajas de cartón con un cuchillo que de dónde lo habrá sacado, es un cuchillo de caza, de monte. Abre la caja:
-Antes que nada, Luigi, dame la yerba -pido, y obtengo un kilo de Aguantadora-. Uf. -Hago-. A mí me gusta más la Nobleza Gaucha.
-No jodas, Martino; también compramos medio de Taragüí, ¿te va?
-Más o menos, bueno, sí, todo bien.
Entonces, Luigi va sacando y poniendo encima de la mesa: medio kilo de café Cabrales, un kilo de azúcar, dos, tres, cuatro botellas de vino tinto (Carcassone, dos Martins, Flichman), una botella de ginebra De Korenauer, una de vodka Absolut, una de tequila Conquistador (no la tengo, a esta marca), dos de whisky Blender´s, ¡un Jack Daniel´s!, ¡un Wild Turkey!
-Che, de comida... ¿hay algo? -llega y pregunta el Guillo.
Luigi saca dos paquetes de fideos y uno de arroz. Y de su bolsillo, un alfajor empezado.
Jueves, 12:47 PM
Andy y Luigi vuelven con el asado que acaban de comprar, en algún lado.
-Nos tuvimos que ir con el auto hasta la loma de la mierda. -Andy resopla.
-La loma de la mierda queda lejos, sí -el Guillo ya está tomando vino-, atrás de la loma del chimango y al lado de la sierra de los teresos.
-Es que está lleno de lomas y sierras, por acá -rubrico.
-Váyanse a la mierda, ambos -Andy se sirve un vasote de tintorro.
-Pero si acabás de venir de ahí, y decís que queda lejos.
-Uh, Martino, basta. ¿No ves que estoy cansado?
-¿No ves que Andy está cansado, Martino? -el Guillo se manda otro vaso.
-¿Y el fuego? -Luigi también se copa con el Carcassone.
-Me extraña, araña. Vamos a poner la carne, dale -me hace el Guillote y salimos hasta la galería, que por suerte o por previsión está cerrada con paneles de fibra de vidrio transparente. Es que hace un frío. Las brasas están perfectas, más que justas. Parecen latir. De hecho, laten, aunque creo que soy el único que lo nota.
Jueves, 5:01 PM
Termino mi taza de café, me hacía falta. Andy duerme, con sus anteojos oscuros, tirado en el sillón que domina el paisaje, desde esta parte de la galería. Paisaje: cielo despejado, una o dos nubes que se deshilachan, sierras, una paloma que vuela, un caminito de tierra que baja desde algún lado y que va a algún sitio, piedras que brotan de la tierra, muy poco más. Y silencio. Ahora noto ese algo que me incomodaba: el silencio, claro. Sonrío. Luigi bosteza y se duerme al instante, sentado en su silla. Nadie levantó los platos, todavía. El Guillo, detrás mío, me dice:
-A ver, Martino, sonreí, dale.
Me doy vuelta: está apuntándome con su cámara de video. Creo que sonrío.
-Decí unas palabras, dale.
-Uh, no, Guillo.
-Dale, che. Bueno -y empieza-. "Acabamos de llegar, ehh, a Nahuel Toro, mi casa cordobesa".
-Y ya estamos fisurados -ilustro. Luigi ronca. Andy parece desmayado-. Si la cámara deja de mirarme y apunta para ese lado, verá a Andy, que ya no sirve para nada.
-¿Cuándo sirvió para algo? -narra el camarógrafo.
-Y, un poco más allá, a Luigi, que ronca y, si la cámara se acerca más, así, bien, ¡eso! Eso que cae de la comisura de la boca de Luigi es, señoras y señores, salivita babosa.
-¡Corte!
Atardece, veo, porque las sombras se alargan minuto a minuto. Tengo sueño, también.
Jueves, 9:22 PM
Termino de cocinar unos fideos, los cuelo, saco la salsa de tomates con un toque de azúcar, bastante sal, pimienta blanca, pimienta negra, orégano, tiro los fideos de vuelta a la cacerola, le echo toda la salsita, mezclo. Llevo el menjunje a la mesa del comedor. Todos están muy contentos fumando el tercer, cuarto porro del día, así que nadie se queja de nada. Es más:
-¡Grande Martino, le chef!
-A ver qué tal está esto... ¡Muy bueno, che!
-Dale, querido, servite unos buenos platos.
Y se largan a comer con una desesperación digna de mejor causa. Aprovecho, atrapo lo que queda del caño, me voy a la cocina con la excusa de:
-Traigo hielo para el vino -y fumo con ganas. Ah. Otra vez. Ahhh. Ahora sí, el hielo. ¿Qué vine a buscar? ¿El hielo? Uhhh, a ver, otra seca. Creo que era el hielo. Seguramente.
Jueves, 11:04 PM
Andy se sirve otro vaso de Jack Daniel's. La botella se defiende lo mejor que puede, pero dudo de su resistencia: somos cuatro, y nos encanta lo que tiene adentro.
-¿Armo otro, eh? -hace Luigi.
-Pará, pará. -El Guillo parece lúcido, habrá que desconfiar-. ¿Cuánto faso trajimos?
-Con Luigi compramos un veinticinco -dice Andy y paladea su bourbon.
-Bárbaro, entonces. Con Martino compramos otro, y bien cargado.
-¿Entonces? -hace como que pregunta Luigi, ya alisando una seda.
-Vos dale, que yo busco las cartas y hacemos un truco. -Bebo mi néctar alcohólico-. ¿Y de plata, cómo andamos?
-Yo traje cien dólares -Andy se masajea la cara.
-Yo, unos cien pesos, también, o sea, cien dólares. -El Guillo está dejando su escasa lucidez debajo de la mesa, creo-. ¿Luigi?
-¿Qué?
-¿Cuánto trajiste?
-Cincuenta, casi sesenta.
-Medio poco. ¿Vos, Martino?
-Cien, también.
-Bárbaro. Nos alcanza.
-¿Nos alcanza para qué? -pregunto-. ¿Qué se puede hacer, en este lugar? ¿En qué podemos gastar la moneda?
-Eh, no sé. -El Guillo patina vocalmente-. Urc, glub, me parece que en asado, facturas, pan...
-Qué farra -masculla Andy. Eso. Masculla: habla entre dientes, con mala onda.
-¿Quién lo prende? -pregunta Luigi. Este chico arma porros a velocidad supersónica.
Yo lo prendo, pero ya me está entrando el sueño.
-¿Y las cartas, Martino?
-Up, ¿qué?
-¿No ibas a traer las cartas, vos? -sigue el Guillo, ya muy en pedo.
-Uppp, sí, ahí voy.
Viernes, 11:35 AM
Mucha luz por todos lados. Miro a mi alrededor: el Guillo duerme a lo roca muerta, en la cama de al lado. Me levanto, salgo al pasillo, miro en el otro dormitorio: Luigi que se tapa la cabeza con la almohada. Andy no está. Voy al baño, meo, me lavo la cara, me pongo un poco de dentífrico en la boca y hago unos buches. Sput a la pileta, cierro la canilla. Hace frío. Vuelvo a la pieza, me pongo un buzo y me calzo las zapatillas y salgo y voy hasta la cocina, la pava está caliente, así que armo un mate y lleno el termo y salgo a la galería. Andy, sentado en el sillón, fuma un cigarrillo y sorbe una taza de café.
-Cómo va, Andy.
-Tanto tiempo.
Nos callamos. Me cebo un mate, está fuerte, me cebo otro, mejor.
-¿Trajiste la cámara, Martino?
-Claro.
-Después nos vamos por ahí, caminando, y sacamos unas buenas fotos.
-Dale.
-Antes nos fumamos este caño que armé.
-Me parece bien.
-Ok.
Ruidos dentro de la casa. Aparece Luigi, muy dormido, con una botella en una mano y un vaso en la otra.
-Buen día -hace-. Tengo una resaca.
-Por eso te tomás un whisky, ¿no? -y me cebo otro mate. Tengo ganas de tortas fritas.
-No es whisky, es bourbon.
-Bueno, Luigi.
-Y sí, me tomo un traguito para cortar la resaca. ¿Alguien quiere?
-Bueno... -empiezo.
-Dame el vaso -se decide Andy.
-Sí, bueno, voy a probar qué se siente, a esta hora de la matina -concedo, y es que el mate se me antoja medio pelotudo, al lado de los brillitos y reflejos que suelta el agua dorada al recibir las partículas luminosas llegadas con el viento solar.
-Con Martino nos vamos a sacar fotos por ahí. ¿Venís, Luigi?
-Uhmmm... No sé. ¿Van con el auto?
-No.
-Ah, entonces no.
Más ruidos dentro de la casa. Algo choca contra algo y otro algo se cae y rebota, no llega a romperse. Una puteada, pasos, aparece el Guillo con mortal cara de zombie. Nos mira, mira a lo lejos, entrecierra los ojos, vuelve a mirarnos, se detiene en la mesa o en lo que hay encima de ella, frunce el ceño, tuerce la boca, se rasca la barbita de pocos días.
-¿Qué hace el Wild Turkey acá? -pregunta.
Viernes, 3:43 PM
El Guillo y Luigi se quedaron en la casa haciendo panqueques, los que tendremos, tendrán que rellenar con dulce de durazno (que es el único que trajimos), a menos que junten la suficiente voluntad para poder andar los irregulares tres kilómetros que nos separan de la despensa más próxima. Vamos a comer panqueques de durazno.
-Ahí, Martino, ahí -dice, se entusiasma Andy, saltando entre los yuyos y las rocas. Me señala una ladera bastante colorida, matizada de sombras que son proyectadas por una manadita de nubes que acaban de aparecer detrás de otras sierras, más alejadas. Supongo que no es una mala foto, pero sin el componente humano va a resultar bastante aburrida, así que:
-Ponete por ahí, Andy, a ver, si querés te podés sentar en esa piedra, dale.
Y el amigo me hace caso, dócil (es notable, pero todos me hacen caso cuando estoy sacando fotos), y toma posición junto, encima de una linda y afilada roca saturada de incrustaciones de mica. La luz reverbera, se quiebra, quiebra, estalla a través de mi lente y dentro de mi córnea.
-Listo, sigamos.
-Vamos por allá, mirá, ahí tenés otra foto espectacular.
Caminamos. A pesar del esfuerzo, el aire es fresco, increíblemente puro, no se oyen motores, ni nada que parezca humano. Llegamos hasta un arroyo, un arroyo casi de montaña, ¿o será un río?, porque ahora calculo que tendrá unos diez, doce metros de ancho. No es profundo, a lo sumo un metro en algún lado, así que intentamos cruzarlo. Pero el agua está helada. No se puede. Nos sentamos en una miniplaya natural, Andy enciende un cigarrillo, yo apenas si tiro un par de fotos y ya; en realidad tengo ganas de estar así, sin hacer nada, sin siquiera tener que medir la luz y encuadrar y pensar qué velocidad voy a usar, ni nada de eso. Ni nada de nada, para ser exacto. Nada. Eso. Nada. Las sombras están moviéndose. Por suerte, Andy no la sigue con eso de sacá esta foto, sacá la otra. Son todos fotógrafos, re-creativos, super-observadores, cuando uno está cerca con su cámara cargada (mi reflex siempre está cargada), y todos quieren despuntar el vicio. Bah. Tengo sed. ¿Se podrá tomar el agua de este río? El agua del Paraná es muy poco recomendable... Pero acá estamos en otro mundo; si hasta parece otro planeta. Miro el cielo: azul, azul, un grupo de nubes grises y blancas a la izquierda, otro grupo menor de negras y grises y blancas muy a la derecha. Bajo la vista, miro el agua que está a apenas un par de pasos de mí: es transparente, no sé si cristalina ("aguas cristalinas", eso está bien para una sucia propaganda, nada más), algo verdosa, o será el fondo que la hace deslucir verdosa. Me llego hasta la orilla, meto la mano, muy fría, pruebo un poco, parece buena, tomo unos tragos, está bien, me doy por satisfecho. No moriré envenenado. Al menos no por esto, creo.
-Vodka, Martino -dice Andy, y se pone de pie.
-¿Eh?
-Que volvamos. Ya fue.
Viernes, 6:17 PM
Acabamos con todos los panqueques y con lo que quedó de harina improviso unas tortas fritas, y le encargo a Andy que traiga grasa de vaca del almacén, ya que va con el auto a comprar cigarrillos. Porque freírlas en aceite sería algo triste. Ya casi no hay luz natural. Luigi pone un cassette de David Bowie, creo (no soy un experto en Bowie). El Guillo enciende un porrete, se tira en el sofá del living, pone la tele: se ven unas imágenes muy borrosas, llenas de fantasmas y que van del blanco y negro al color y viceversa, pero más blanco y negro.
-Qué cagada -y el Guillo hace off-. La antena debe estar mal puesta. Up-uppp. A lo mejor alguna tormenta la movió. Up-ep-bufff. Dentro de un rato voy a ver.
-¿Tenés una linterna? -simula interesarse Luigi, aunque está concentrado en la brasita del cáñamo.
-Seguramente. En algún lado.
-Pasá el faso, querido.
-Ugh, dentro de un rato voy.
-Afuera hace un frío de locos dementes -le advierto-. Andá y fijate.
-¡Ahí voy! -al tiempo que se levanta a lo jabalí agónico-. ¡Soy pura vida, hermano!
Y va en busca de la puerta que nos conecta con la galería. La masa de las tortas fritas se me está saliendo de control, parece que quiere tomar conciencia de sí misma, y se debate, se pega a mis dedos, uhhh.
-¡Eh, che! -me aturde Luigi-. ¿Vas a fumar o no?
-Uhhh -infrareacciono-. Y bueno, dame una seca.
Afuera, frenos del Fiat. Andy entra, cierra de un portazo.
-No saben la tormenta que se nos viene encima. El cielo está negrísimo. Tomá la grasa, vos.
Consigo deshacerme de la mancha voraz que es esta pegatina de huevos, manteca, sal, harina, agua; abro el paquete de grasa y pongo un buen pedazo en la sartén, a fuego lento.
-¡Uy, che, no lo puedo creer! -reingresa el Guillo-. Va a llover. Hay viento. Nubes por todas partes. Hasta puede llegar a caer granizo.
-¿Granizo? -se extraña Luigi-. ¿Te parece?
-Acá llueven piedras así de grandes -exagera, creo, el Guillo-. O a lo mejor tenemos nieve.
-¡Nieve! -repite una vez más Luigi.
-Voy a poner el auto debajo del techito -dice Andy, y vuelve a salir.
Doy forma a la primera torta, la tiro muy torpe a su baño de grasa líquida, que me salpica.
-Aylaputísimamadre -me asusto un poco.
-Qué boludo -me alientan a coro los amigotes.
Viernes, 10:10 PM
El fuego del hogar está al máximo. Afuera: truenos, relámpagos, lluvia, viento, todo junto. Andy y el Guillo juegan al ajedrez. Con Luigi vamos por el quinto partido de backgammon. La botella de Wild Turkey está a punto de vaciarse, así que la ayudo y no more liquor. Andy trae el tequila de la cocina, un limón, un salerito de porcelana. Tiro mis dados; voy perdiendo cuatro a tres, creo. Saco un seis y un cuatro. Retumban los truenos. Luigi insiste con David Bowie, pero como nadie lo amonesta, me callo. Saboreo mi alcohol. Estoy muy colgado y relleno de tortas fritas, igual que los demás, así que nadie piensa en cenar. Me estoy mintiendo a mí mismo: de hecho estoy sopesando la idea de comer algo; después, en todo caso. Relámpagos, truenos, el viento que golpea contra las puertas y las ventanas con terrible fuerza. Esto, en cualquier momento, se vuela como la casita de los dos primeros chanchitos; pero no, si ésta es de ladrillos, no problem. Algo choca contra el techo.
-Les dije que iba a granizar -triunfante, el Guillote-. Che, vos, jaque mate.
No se le puede ganar, al protocerdo. Es el capo del juego ciencia. La única forma es estando uno por completo sobrio y apostar a que el escabio y la marihuana le nublen el pensamiento.
-¿Dónde, jaque mate? -se enoja Andy, que cae de algún cielo o sube del infierno.
Y el Guillo le muestra y le explica la jugada de manera doctoral, humillando al contrario mientras intercala frases del estilo "es obvio", "cómo no lo viste", "muy fácil". Andy no espera a que su vencedor termine y nos encara.
-A ver, que quiero jugar.
No le damos bola y seguimos tirando los dados contra el tablero de madera, fichas de marfil. Así da gusto. Choques golpes chasquidos contra y desde el techo, el viento insiste, sacude las ventanas, fuerza las persianas. Pero todo está bien cerrado. Todo. Me levanto y apago a Bowie. Vuelvo a sentarme, agarro el cubilete.
Los sonidos de la tormenta son fantásticos.
Sábado, 10:57 AM
Me levanto total y por completo aturdido, cansado, semisonámbulo. Al pasar por el living hacia la cocina, veo que Andy ya está despierto, con una taza de café o té en una mano y un pucho en la otra.
-Está todo embarrado. No voy a poder sacar el auto -me informa.
-¿Café?
-Ajá -me responde.
Excelente, medio litro y vuelvo a ser operativo. Agarro un paquete de galletitas de agua de marca desconocida, made in Córdoba, voy al living, me siento.
-Le voy a decir al Gordo que nos haga gamba con lo del disco.
-¿Ehm? -mastico, mezclo con café apenas azucarado.
-Que le voy a decir que nos aguante hasta que salga el disco, y que después vuelva a ser el batero titular, una vez que nos conozcan.
-Querés quedar bien con todo el mundo, vos -lo molesto. Pero si es la verdad-. No se puede.
-Entonces, no sé, lo siento. Pero yo voy a sacar mi disco.
Bebo el café caliente, hago una bola con las galletitas ya masticadas, trituradas.
-¿Seguro que no podés sacar el auto?
-Seguro.
-Bueno. -Café, trago-. Vamos a tener que comer fideos con manteca.
-Y, sí.
-¿Hay queso rallado?
-No. Pero hay para rallar.
-Bueno, dale, vos encargate del queso que yo hago los, eh, spaghetti.
-¿Ya querés comer, Martino?
-Sí. ¿Por?
-Porque podrías armar un faso, antes.
Me doy un golpe en la frente con las yemas de anular-medio-índice de mano derecha.
-¡Uy, claro! -y me digo: es que todavía estoy algo dormido.
Sábado, 9:55 PM
Atacamos el asado por todos los flancos. Una molleja aquí, unos chorizos allá, chinchulines, seso, morcilla, las achuras son una orgía en sí mismas.
-Grande, Luigi, si no fuera por vos -elogia el Guillo.
-Eso, un aplauso para el valiente -se toma un vaso de Flichman, lo vuelve a llenar, Andy.
-Che, que yo también lo acompañé -me ofendo.
-Sí, pero vos porque perdiste en el sorteo. -Este Guillo maldito-. Luigi se ofreció como voluntario, así que lo tuyo no tiene peso.
-¡¿Cómo, no tiene peso?! -me indigno, ahora.
-Bue, paren -intercede Andy-. Sí tiene peso, lo de Martino... Pero menos.
-Ya traigo las tiras y el vacío -y el medalla de honor Luigi se levanta, haciéndose el modesto y diligente. Pero sé, sabemos, que lo hace para elegirse esa punta de vacío que en este preciso instante debe estar en su punto óptimo.
-Che, oigan -y el Guillo levanta una mano y nos obliga a prestar atención-. ¿Oyen?
Sí. Cada vez más fuerte, un silbido agudo, irregular, envolviéndonos.
-El viento -se encoge de hombros Andy y clava su tenedor en la última morcillita-. ¿Y qué?
-Otra vez tormenta, me parece -postula el dueño de casa, haciéndose el baqueano.
-¿No será un tornado, Guillo? -lo molesto-. A que es un tornado.
Llega Luigi con el asado. Abro el segundo Martins: el vino se termina, y no compramos ninguno de repuesto, en el almacén. De colgados que somos. La carne despide un humo, un aroma, la corto, la observo en largo plano detalle, más el sonido del viento. Muerdo.
Domingo, 4:15 AM
-¿Cómo, que se acabó el tequila?
-Se acabó.
-Traigo la ginebra, ya vengo.
-¡Y hielo!
-¿Cómo vamos?
-Veintiocho a... Veinticuatro, ganamos nosotros.
-A ver qué hacés con esto: envido.
-¿Vos tenés algo?
-No.
-No quiero.
-Truco, entonces.
-Tomen el hielo... Che, ¿jugás solo, vos?
-Para lo que me ayudaste en todo el partido...
-¡Quiero retruco!
-A la mierda.
-Dale, pasame la, esta, ¿De Korchenbagüer?
-El hielo.
-¡Quiero valecuatro!
-Loco, así no juego más.
-¡QUIERO, MIERDA!
-Y encima esta lluvia, y nos estamos cagando de frío.
-¿Por qué no le ponés más leña al hogar, a la chimenea?
-¿Por qué no vas vos?
-Siete de espadas, ancho de espadas, gracias por participar.
-No juego más.
-¿Armamos otro caño?
-Traé esa ginebra para acá.
-¿Hacemos un último partidito?
-El hielo.
-¿Por qué no armás vos?
-¿Eh?
-Y esta puta lluvia.
-Lindo, Córdoba. Mucho paisaje.
-Hay que venir en verano, que se llena de mujeres.
-Ajá, sí, claro.
-Bue, me harté. ¡Pasen el hielo!
-Si querés yo pico el faso, querido.
-Bárbaro, dale. Mañana será otro día.
Domingo, 4:25 AM
cricPUF!
-No.
-No lo puedo creer.
-¿Qué pasó?
-¿Sos boludo, vos, o te hacés? Qué va a pasar; se cortó la luz.
-¿Hay velas?
-Acá tengo una, pero es de marihuana.
-Prendela, que por acá hay un candelabro.
-¡Quién fue el puto que me tocó el culo!
Domingo, 2:47 PM
-Dale, Andy, que si nos apuramos llegamos con tiempo para bañarnos y comer algo, antes de ir al boliche.
-Vos dame un café, Martino, que estoy muy de la cabeza, todavía.
Le sirvo en la tapa del termo, le agrego un sobrecito de azúcar.
-Tomá.
-Gracias. ¿Y esos dos?
Miro el asiento de atrás: Luigi y el Guillo duermen, dos marmotas desmayadas a culatazos.
-Están arruinados. -Con el puño desempaño, más bien borroneo el vidrio de mi ventanilla. Afuera: viento, lluvia, frío, campo mezclado con alguna elevación. Adelante: la ruta, algo de barro sobre el asfalto oscuro.
-La naturaleza nos expulsa -masculla Andy.
-¿Qué?
-Nada.
Pero sí, lo escuché. Y tal vez tenga razón.

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