
-¡Todo mal, Martino! -Andy boquea al aire nictamfibular, bulargh-. O no, no, todo BIEN. ¡BIEN!
Mi amigolígena desdibujoide está tirado sobre sus-mis colchones. Tiene la carota VERDE Y NEGRA Y sus manos se me antojan delfines gortos y burgueses. ¡Surch, sglurb, cínico hijo de puta, te vuelvo a confundir (sic sic); vuelves a sucumbir ante las tus propias arenas movedizas de la ignorancia! Nabo, inútil, o mejor, inepto. Shit-out. Uf, un respiro.
-¡Me tomo toda la pala y todas las pepas! -me mira Andy a los ojos. Tiene casi un mogra de merca en su poder, una coca buena y fuerte y amargota que compró a un precio razonable. No me invita a jalar, seguro que en espera de que le pida y así le haga lugar en su ejército de egos idiotas que le pululan por el pecho. Af.
-¡Me tomo todo!
Y se mete una raya de blanca y, uch, los ojos se le AGRANDAN y, bueno, me enciendo el porro que armé horas antes con gran esfuerzo y, uhm, le doy tres, cuatro pitadas profundas, entusiastas, eh, así.
-¡Y tengo de las amarillas, además!
Glup se traga una cápsula sedante X, y glub un trago de vino tinto frío, y glup una amarilla, glub trago de vino tinto, glup un Valium varios mg, glub trago vino, glup Xanax (post-psicodelia y pre-disco), glub trago, glup Lorazepam, glub, glub.
Este chico está muy loco.
-¡Mis viejos están re-locos! -grita Andy, suspira, se cae sobre sí mismo, extraña figura-. Mis viejos. Mis viejos están re-locos. Ahh, me tomo toda la merca -se agacha hacia la mesa, se esnifa dos, tres, seis, ocho saques, intercalando experimentadamente las fosas nasales. -Toda, toda me la tomo. Snif. Carajo.
Y BLUM se cae alfombra sillones almohadón ¡BLUMF! Confuso, Confucio, confusión y la fusión de Andy con la hermana La Nada, y que me caigo en el abismo, el abismo verde esmeralda, el abrigo de centurias y centurias de sabiduría animal, ani-mal, ¡MAL!, me caigooo... Ah, subo y fumo y fumo y antes de perder toda pequeña conciencia alcanzo a apagar el caño, así me queda una tuca pa' después. Psé.
-Glurrrrmf-erg -hace Andrés Palermo.
-Puto de mierda -le digo de mala manera.
-Erk -babea este amigo.
-Pedazo de charco de vómito del orto -silabeo.
Se murió. Está muerto como está muerto un pedazo de jamón. Y no, no respira.
Boludo; que se joda.
¡GLARF! Azul Azul Azul tus ojos Luna Polar me rasgan el látex de mi corazón, arden las llamas post-ignéicas de tu radioactivo pelo de cobra: las dentelladas te comen los labios. Pienso: el SIDA mató a Andy. Andy está muerto como un tarúpido, como un estropajo. Muerto de sida. Yo debería haber hecho una propaganda, no, una publicidad de, acerca del sida. Y hubiera salvado a Andy. La publicidad podría haber sido, a ver, digamos, más o menos así: tratando el tema, el tipo de narración-temática/temática-narrativa, por el lado de la discriminación, eso podría ser. Por ejemplo, atención: un grupo de chicos en la barra de un pub-bar (3MEN, 3WOMEN), y una voz en OFF que postula... Imagínalo, imagínalo... Omm-mm, el globo ocular terrestre implota de jugo de sexo luminoso, om. Vos sabés del sida, pibe, sabés que tenés que usar forros, siempre. También sabés que tenés que hacerte el análisis de HIV, como para quedarte tranquilo y al mismo tiempo ponerte las pilas... Infiernos, tal vez no estaría nada mal, pero me la imagino con la voz en off de Mirtha Legrand mezclada con la de nuestro amado-odiado Dieguito Maradona y, y se me ponen los pelos de la nuca de punta al cielo, al cielorraso, al techo planetario surcado de ríos marcianos que a su vez son invadidos por insectos con cabeza de televisor. Mal, mal viaje.
Andy, veo, no reacciona. Voy hasta la cocina, abro al heladera, busco un poco de jugo de naranja envasado. Frío, como lo necesito. Bebo en cámara lenta, sin sonidos parásitos, sin siquiera ruido eléctrico. Vuelvo al living. Andy, reveo, no da señales de estar respirando. Me acerco a su cara de tiza, busco una mota de sangre fluyente. Rien, nothing. Le tiro lo que queda de jugo de naranja en las fosas nasales manchaditas de blanco.
-¡Ah, qué, hijo de puta! -y respinga y tose y escupe y hace como que estornuda y me tira una piña de derecha al voleo, que esquivo, y otra trompada de zurda a la mandíbula, con mayor dirección y velocidad, pero que también esquivo, y le sacudo una formidable cachetada de revés en plena trompa. PAF, hace. Hijo de puta, pienso. Y yo que le salvo la vida, sin siquiera tener que hacer una propaganda, publicidad, debería echarlo a la mierda, a la calle de una patada.
-¡Qué hacés, qué hacés! -me grita Andy, los ojos en blanco y largando una espumita rosada por la comisura izquierdosa. Este tipo está peor que yo. Y yo lo abrazo, impidiendo que siga moviéndose y que vuelva a intentar pegarme, y lo siento en un sillón, y le digo, le grito casi: Pará un poco, estás duro y down, pará.
Increíble. Deja de tener los ojos en blanco; ahora me mira, ¿podrá verme?
-¿Y los chicos?
Me pregunta, suspirando, tranquilizado. No me gusta esta su serenidad.
-Ya vienen, los chicos -le miento, en realidad no sé muy bien nada de lo que acontece en el exterior urbano.
-Ah.
-¿Querés algo, Andy?
Suspira, resopla.
-Ah.
Con el susto y el jugo de naranja se me está pasando el cuelgue.
-¿Querés un vaso de agua?
Me mira, me mira con, con cara de loco. Eso. Cierra los ojos. Resopla, mastica sus muelas.
-Ah, ah.
-Andrés.
Abre los ojos. Parece agotado, pero tiene fuerzas suficientes como para relevar la habitación. Vuelve a mirarme.
-Estoy muy duro, muy arriba, Martino.
-Sí.
-Esta es tu casa.
-Sí.
-Ayudame a bajar.
-Sí.
-¿Me ayudás a bajar?
-Bueno.
-Dame un Valium, o algo de eso, dale.
-Sí.
Busco su mochila, la abro, revuelvo un poco. Algo frío y metálico me llama la atención. El aire está caliente, más que cálido, entonces: ¿algo frío? Miro. Una pistola. Una pistola de verdad. Andy y sus manías de sacado, qué le pasa; es el imbécil del milico de su viejo. Miro la pistola, miro a mi amigo, no hace más que temblar. Guardo el chumbo, no digo nada, mejor así. Revuelvo un poco más, encuentro un set de pepitas claras. Las saco y cierro la mochila.
Vuelvo a la cocina, lleno un vaso de whisky, un old fashioned, con agua mineral sin gas, muy fresca, vuelvo al living, Andy desplomado en el sillón, cric saco una pastillita de su envase, le acerco vaso y medicación. El amigo traga glup muy despacio, glub muy despacio, ojos cerrados, occhi chiusi. Respira hondo, y ahora soy yo el que se siente mejor, creo, tranqui, creo.
Le saco el vaso de la mano. Parece que va a decir algo. No. Suena el teléfono. No atiendo. Que funcione el contestador.
-¿Ya te dije, Martino, que mis viejos están locos?
-Hola -hace mi voz de metal, dentro del teléfono-. Esta es la casa de Martín, pero no estoy.

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