
Por qué el día dura tanto, por qué tanta luz, por qué no estoy en mi casa, suerte que traje el walkman. ¡WAAAHHH! Ca-caminar por Peatonal Córdoba, es decir Paseo del Siglo, pleno centro de la city, marea de guachas lindas y viejas con plata y un par de mendigos tirados y un vendedor de artesanías de décima, el atardecer que no llega, pero bueno, es viernes, así que la alegría busca invadirme, con escaso resultado. Casi sin resultado. Se me acaban las pilas y de a poco dejo de escuchar a Beck, maldición. Luigi me toca el hombro, me dice algo.
-¿Qué? -sacándome los auriculares-. ¿Qué?
-Vamos a sentarnos en un banco.
-¿Acá, en la plaza?
-Sí. ¿Por? ¿Alguna mejor idea?
Y con un gesto que me recuerda a una azafata o algo parecido, me señala unos excelentes culos que pasan meneándose a lo perro de raza. Entiendo su mensaje: Andy ya se sentó y, lentes negros mediante, mira y mira y mira. Bueno, no tengo mejores ideas y además, estoy tan de la mente que todo me cae bien, excepto el que las pilas no sirvan más y me priven de Beck. No importa.
-Dame un pucho, Martino -pide Andy al tiempo que saca su teléfono celular-. Che, lo voy a llamar al Guillo a ver qué hace.
-No está en la casa. Lo llamaron del videoclub para hacer un reemplazo -Luigi no puede deshacer su sonrisa: es que a medida que cae la tarde son más las DIOSAS que depredan esta parte de Rosario. Las mejores mujeres del mundo: una razón de peso que ata a cualquiera que se proponga emigrar.
-Lo llamo al videoclub, entonces -Andy saca su miniagenda electrónica, busca, encuentra, la guarda, oprime botoncitos, habla, dice algo que no escucho, cierro con fuerza los párpados, busco mis anteojos de sol, me los pongo, no soporto la luz.
Ser un gigante de ochenta metros y pintar salvaje la ciudad. Desconecto mis oídos, semi-stand by: ponerse a un lado de los acontecimientos, bien. Los humanos que pululan por las veredas, los autos que babosean el pavimento, se me antojan, eh, asquerosos; como tantas otras veces, estando muy demente, me atrapa una intensa antipatía por el género antropomórfico, sin que por ello se esfume mi indolencia con respecto al resto del mundo. Caras, extremidades superiores e inferiores, inferiores cerebrales, ritmo de sangre dentro de sacos de piel y pelos, debajo de cabellos verdaderos o falsos, nevermind. Tap tap tap ritmo de sangre tap tap tap con mi pensamiento busco atacar a una mujer gorda y pintada y que lleva una minifalda, evidentemente no la trauma su enorme volumen ni su apariencia fea y gelatinosa tap tap tap lanzo un rayo infrasónico desintegrador quiero llegar a sus células no puedo atravesar semejante esperpento lo dejo. Ah, mente en blanco, qué paz. Mente en blanco, qué paz. Mente en blanco, vamos. ¡Vamos! Andy me golpea el hombro, dice:
-El Guillo sale dentro de cinco minutos y viene para acá.
"¿Para eso me interrumpiste?", pienso y ya no puedo volver a mi remanso de quietud y, mierda, ahora es Luigi el que me da una palmada y me habla.
-¿Si compramos una petaca de whisky, eh? ¿No tenés ganas de tomar unos tragos de Jack Daniel's?
-No lo puedo creer -murmuro, agarrándome la cabeza con las manos y tirándome del pelo.
-¿Qué, hay bourbon en petacas? -Andy parece interesado en la propuesta.
-Claro, hay de todo, en el formato que quieras. Para algo sirve que las importaciones estén abiertas. -Y Luigi remata, ya sacando su billetera y controlando su existencia-: El capitalismo tiene sus ventajas.
Luigi está decidido a tomar whisky a esta hora. Reflexiono, pienso, reflexiono.
-Alguno de estos días te explota el hígado y te salen los pedazos por la boca -digo.
-Ni ahí. El Jack Daniel's te limpia por dentro. Igual que el escocés y cualquier bebida destilada que sea de buena calidad. ¿Vos qué decís, Andy?
-Bueno, en realidad...
Luigi lo interrumpe:
-Y el buen vino tampoco hace nada. A lo sumo, si mezclás mucho y comés cosas pesadas, vomitarás... Pero después estás como nuevo.
-Claro, claro -digo, pienso en dejar el tema ahí, pero una de mis personalidades me impulsa a seguirla-. Estás en cualquiera. Total, cuando caés desmayado somos nosotros los que te levantamos y te llevamos a tu casa. Y por más que por ahora te la banques, de acá a, qué sé yo, un par de años, vas a reventar.
-¡Ni ahí! -A Luigi le importa un carajo lo que yo pueda opinar. Difícil organizar una discusión-. Está todo bien con el alcohol. Además (se encoge de hombros con suficiencia), a mí me gusta tomar y me gusta ponerme en pedo y ahora mismo me tomaría un Jack Daniel's y eso es precisamente...
Corte al Guillo que se acerca a pasos largos y arrítmicos -no sé qué pasa hoy con los compases-, Andy y Luigi se levantan y lo saludan y después él me saluda y parece que quieren convencerlo para que los acompañe a una estación de servicio o a un supermercado o a un minimarket que Luigi conoce y donde, dice, venden Wild Turkey, un bourbon descontroladamente fuerte.
-¿Vos también querés empezar a emborracharte desde temprano? -le pregunto al Guillo.
-No, emborracharme no. Pero quiero tomar algo, y ni siquiera estoy de la cabeza como ustedes. Unos tragos de whiskardo me van a venir bárbaros.
-Mirá -me encara Luigi un poco atravesado-, si no querés tomar, no tomes. Nosotros vamos a comprar una petaca.
-Y después nos fumamos otro caño mientras damos una vuelta con el auto -aporta Andy-. Y para la noche podemos comprar un par de champagnes, para festejar.
-¿Festejar qué? -pregunto sin entusiasmo. El efecto del porro está pasando de largo. Empiezo a tener hambre. Siempre tengo hambre. ¿No tendré parásitos, la lombriz solitaria, algo por el estilo?
-Que es un lindo día y que va a ser una linda noche -me contesta Luigi-. ¿Qué te pasa, Martino? A vos te pasa algo.
-Sí, claro que sí. Me rodean tres alcohólicos monstruosos que solo piensan en chupar como esponjas marinas para después transpirar como jabalíes con olor a metanol; ¿cómo puede ser que no tengan calor? Hay más de treinta grados, estoy seguro.
-El Jack Daniel's tiene cuarenta y dos grados, ¿no? Me parece que el Wild Turkey es más potente -suelta Andy.
-Entonces, compramos ese. ¿Y si pedimos unos vasos con hielo? -agrega el Guillo.
-¿Y si en vez de una petaca, ya que estamos, compramos una botella? -los anima Luigi.
-¿Una botella?
-¿Y cuánto cuesta?
-Veinte, veinticinco dólares. Pero si quieren compramos algún whisky más barato. Eso sí, importado.
-Eso sí, importado.
-No lo puedo creer...
-¿...vasos con hielo? No sé, no sé...
-Mirá esa rubia, ¡qué fuerte que está! Me da ganas de tomar vodka.
-...y compramos un gin y hacemos gin tonics...
-Me dan asco.
-¡Tequila, tequila!
-...dos litros de un Cabernet Sauvignon...
-...frío y con esas burbujas...
Barrido violento y corte al interior de algo que se autodenomina drugstore y el tipo joven y careta y bronceado y que seguro que toma anabólicos para después matarse en el gimnasio que me sonríe con dientes de curso acelerado de marketing y que me pregunta:
-¿Y vos? ¿Qué querés?
Odio esa confianza hipócrita que despide, pero hago un esfuerzo y respondo, tratando de no empastar las palabras:
-Cerveza. Heineken estaría bien.

coincido en que las mejores mujeres del mundo estamos en Rosario.
ResponderEliminarjajaja qué grande Xd Un abrazo! Kawak ;-)
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