jueves, 17 de septiembre de 2009

8. Molotov


Encuadre: primer plano inclinado de Andy que agarra su micrófono y cierra los ojos y se dispone a aullar. Conozco bien este tema. Tengo cargado un rollo T-Max de 800 ASA, porque decidí sacar un rollo sin flash y otro con. Intento y consigo que entre en cuadro un enorme cartel que dice: HOY en MOLOTOV Bar - E.C.D.O. - en vivo. Hay un contraluz casi perfecto que aclara la mollera de Andy. Perfecto, perfecto, vamos.
-¡AAARRGGGHH!
Clic.
-¡Yeahhhh!
Clic, clic.
-All right!
Cómo jode, con el inglés. Clic. Miro el contador. Cuatro, a lo sumo cinco exposiciones más. Miro hacia la puerta del bar: el Guillo, asumiendo no sé qué papel de manager cortaboletos, regatea el precio de la entrada con un grupito de nenes entre darks y punks, onda The Cure en los ochenta pero con un golpe de lavandina. El Guillo está demasiado fumado y borracho, y veo cómo los cuatro o cinco adolescentes se le mandan por un costado, dejando apenas un billete y algunas monedas. De todos modos, el lugar está bien lleno. Cien, ciento veinte personas, calculo al voleo. Ubico a Luigi: en una mesa, muy cómodo, muy colgado, con un par de minitas de esas que nunca faltan a un recital, y con un flaco que no reconozco. Vuelvo a concentrarme en la banda: el escenario no es gran cosa -ni siquiera es un escenario, apenas un lugar para las cajas de sonido y los monitores y los músicos, alumbrado con cuatro luces de mierda-, y ya tengo fotos básicas en cantidad; dudo. Tengo sed. Busco mi botellita de agua mineral sin gas. No la encuentro. Nunca tomo alcohol ni me drogo cuando trabajo, pero creo que por esta noche ya está bien. Además, todos están disfrutando del recital, hasta el sonidista que está apretando con una morocha espectacular, quizás con una apariencia de puta que la sobrepasa. Encuadro. Clic, será, no será puta, opto por esperar el instante en que parezca muy puta. Otro clic, más cercano a la bombacha que le parte la concha: una foto para los amigos.
-Gracias -oigo que dice Andy. También se oyen aplausos, algunos gritos y chiflidos. Todo va bien, por suerte. Clic en primer plano el público, detrás los músicos. Faltarán tres temas, quiero creer. A Huevo, el violero, se le cortó una cuerda; busca cambiarla al mismo tiempo que el bajista -el Polaco- le da de beber de una botella de cerveza de litro. Bien, bien, zoom, bien, clic, ahí va, clic, ¡crac! El blanco y negro ya fue. Descargo la máquina y le pongo un Kodak Pro Color de 100 ASA, busco mi mochila, saco el flash, lo calzo y lo enciendo. Al final le hice caso al Guillo, y entonces uso el color, a pesar de que las luces del Molotov son una reverenda bazofia y todo lo tiñen -fotográficamente- de verde-azulado, pero mal, muy mal. Habrá que compensar con la potencia del flash. Andy se toma un bourbon, el muy hijo de puta. Jack Daniel's. Flash! Huevo se atraganta y escupe espuma. Flash! Pilas nuevas, tiempo de recarga óptimo. Flash! Estoy harto, out. Flash! Se me disparó sin querer, así que pienso ya es suficiente por hoy.
-El último... No, ¡el penúltimo tema! -grita Andy, saltando de lo borracho que está.
Flash! Buena imagen, todo bien.
Huevo termina de reponer la cuerda y se pone a afinarla. Flash!
En la batería, el Gordo transpira y mira a ningún lado, abrumado de cansancio. Zoom. Flash!
Flash! Para molestarlo al sonidista, nada más. Después le voy a cobrar la foto. Basta. Me abro paso entre las mesas y pelotudos que me dicen, me increpan "¡eh, acá, una foto, eh!", llego a la puerta, el Guillo tiene un vaso de trago largo con algo rojo y tibio.
-¿Qué es?
-Je, vos probá, Martino.
Pruebo. Apesta. Es muy fuerte.
-¿Qué tal las fotitos?
Hago una mueca de asco. Por la mezcla.
-¿Qué tal las entradas?
Mira la caja de zapatos -Timberland, pero igual de patética- que hace las veces de registradora.
-Bien... Creo. -Y empieza a ordenar los billetes y a contar las monedas-. Sí, bastante bien.
-Mejor. Ah, se te acaba de colar una pareja, Guillo.
-Y bueno... No problem. Ya se termina todo.
-Me voy a dar una vuelta, ¿venís?
Duda, me mira, mira su trago, la caja de zapatos.
-¿No podés esperar un rato?
-No, ni ahí. Después nos vemos.
-Uh, loco -se apura a contar la plata de la recaudación: el veinte para el bar, el ochenta para la banda. El sonido, en Molotov, lo tiene que pagar el grupo que toca. Mal negocio.
Salgo, voy hasta el Mégane de mi viejo, entro y desarmo la cámara y el flash y lo guardo en mi mochila; saco el medio porro que guardo desde ayer y enciendo el auto. Mejor el movimiento. Arranco, pongo primera, segunda, me detiene un semáforo. Miro para todos lados: apenas montones de pendejos que están dando vueltas sin rumbo fijo, como hicimos todos cuando éramos pendejos y no tuvimos ni auto ni plata, ni siquiera un poco de onda, creo recordar. Prendo un cigarrillo -compré un Lucky Strike 10 hoy a la tarde, por las dudas, a pesar de que casi no fumo tabaco, pero-, para despistar. El otro semáforo se pone en amarillo. Con el Lucky le doy fuego a la tuca, al tucón. El humo del cigarrillo me hace mal, lo noto horrible. Pero es sólo un instante, un ínfimo sacrificio. Tengo luz verde, me doy cuenta, por fin. Arranco, pongo primera, segunda, tercera, llego a la esquina de Maipú y doblo a la izquierda sin hacer ningún rebaje, este auto es de lo mejor, fumo a todo lo que doy, bajo un poco la ventanilla para que corra el aire, por la bocacalle -estará a unos sesenta, cincuenta, cuarenta metros- cruza, a paso de hombre (actitud de mierda, pésima), una camioneta de la policía; desacelero pero apenas, sin hacer bardo; cambio de manos el Lucky y el porrito va a descansar -sin apagarlo, no hay necesidad- al cenicero; treinta metros, veinte, subo la ventanilla, desacelero un poco más, diez metros, los canas terminan de pasar, cruzo detrás de ellos, incluso mirándolos como al descuido mientras le doy una pitada al tabaco rubio/marrón. Ya está, vuelvo a hacer un rápido pase de hechicero, como en "Las manos mágicas", y todo vuelve a su lugar.
Terminé de fumar, tiré el Lucky por la borda, vuelvo al bar. Mo-lo-tov. Buen nombre, lástima los ventanales que dan a la calle, las mesas berretas, de cuarta categoría, el piso, qué se yo. Estaciono lo mejor que puedo en el mismo lugar de antes (estoy con suerte, no lo ocuparon), bajo, respiro hondo, vuelvo a entrar. ¿Habré cerrado bien el auto? Vuelvo sobre mis pasos. Uhhh... Sí, todo bien. Ahora sí.
-No, no es así la cosa -le dice Andy al Nene, el chancho barbudo que hace de dueño del Molotov. Noto que el Guillo está a un costado y atrás de Andy -que parece bastante enojado-, y que tiene cara de esto-me-supera. Ubico a Luigi que se acerca con un vaso de medio litro de cerveza en una mano y una chica en la otra. La mina es Lorena, su novia ex-novia transa, qué se yo.
-Qué querés que haga, ustedes me habían dicho que iban a llenar, pero los números no me cierran -dice el chancho-Nene, Nene-chancho.
-Mirá, nosotros pagamos el sonido y encima te damos parte de la entrada -Andy estará borracho, sí, pero también muy cabrón, y eso compensa la desventaja.
-Es lo menos que pueden hacer. Yo pongo el bar, hago los carteles...
-Bueno, yo no tengo la culpa de que la gente no tome lo suficiente.
-Hagamos cincuenta y cincuenta con las entradas, y arreglamos.
-¿Por qué? No, ni a palos.
-Además, al sonidista lo llamo yo...
-Y te quedás con tu mordida, Nene.
-...las luces también las pongo yo...
-...las luces también son una mierda...
Acabo de decir, desde la claridad de mi cuelgue.
-¿Y vos qué sabés?
-Algo sé, de luces. Y éstas no existen. O a lo mejor, si no existieran, todo estaría más pasable. La mugre se vería menos.
-Mirá, pendejo.
-No, mirá vos -lo frena Andy, lo deja seco-. Te vamos a dar lo que habíamos dicho, y punto.
-¿Qué te pasa? Si seguís jodiendo, ni vos ni tu banda tocan más en Molotov -y remarca Molotov como para hacer creer que estamos en el Whisky A Go-Go de Los Angeles, o algo así.
-Qué bien, qué bien -y Andy se hace a un lado para dejar pasar al Gordo y sus amigos, que cargan las últimas partes de la batería y los equipos en el flete de siempre. Esta mala onda hace que el efecto del caño empiece a disiparse. Todo mal.
-¿Entonces? -apura el chancho, y veo el sudor que le brota de los poros de la cara y que se hace un engrudo con la grasa que es pasta base de su piel.
-Entonces, un carajo. No te damos un mango. Nos vamos.
-¡Estás loco, vos! ¡Pará!
Y hace un mal dibujado ademán de ponerle una mano en el cuello a Andy. Luigi lo intercepta y le tira el vaso lleno a la jeta. Muy divertido. El chancho no reacciona y aprovechamos para desparramarnos por la cantidad de vehículos que tenemos esta noche. Todo bien, entro al Mégane, lo enciendo, arranco, pongo primera, segunda.
-Qué quilombo -dice alguien, al lado mío. Es Luigi. ¿No estaba con una chica, Luigi?
-¿No estabas con una chica, vos?
-Ah, Lorena, sí. La perdí, parece.
Llego otra vez a Maipú, no sé si doblar o seguir hasta Laprida, o incluso hasta más adelante; podría doblar más adelante, multiplicidad de opciones, qué se yo.
-Lástima la cerveza -se lamenta Luigi.
-Pero valió la pena -lo consuelo yo.
Y pongo cuarta velocidad, por fin.

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