domingo, 25 de abril de 2010

21. Contrabando


-Che, vieja, qué tal -actúa Andy.
Los cinco o seis pibes rocanrol se dan vuelta, se fijan en nosotros, nos miden. Acaba de terminar un recital de Divididos y La Renga y Los Vándalos, en el Bajo. Habrá quinientas, seiscientas mentes alteradas saliendo del lugar, en este momento.
-¿Qué pasa? -pregunta uno de los chicos, dieciséis o diecisiete temporadas, camperita de jean que dice Aguante Los Redondos.

Estamos tan de la cabeza que casi nos llevamos por delante a los tipos de seguridad de las barreras de contención del boliche. Pero como siempre, pasamos antes que los que hacen cola desde hace un rato largo.
-Está bueno, el lugar -admite el Guillo-. ¿Vamos a tomar algo?
-¿Ya? -pregunto mientras la vista se me va detrás de unas piernas con micromini.
-Si quieren, Martino, vos y Luigi quédense por acá, que con Andy vamos a la barra de un amigo mío -y el Guillo enciende un Marlboro-. Nos consigue el Chandon a diez mangos.
-Vayan, vayan -acepta con entusiasmo Luigi. Me comenta-: Y pensar que estuve a punto de irme con Lorena al recital de Divididos.
-¿Qué, te amigaste?
-Pero no, Martino. Bueno, no sé. No.
Suenan los Rolling Stones, un tema nuevo, muy para bailar. Plena pista principal, para la masa: pasan hits y toda esa mierda.
-¿Dónde tocaban, los Divididos?
-Tocan. Dentro de un rato tocan en el Bajo.
-Ah, acá nomás.
-Dos cuadras... ¿Y si me voy?
-No seas boludo. Mirá lo que es este lugar. El infierno tan querido.
-Tenés razón. Además Lorena ya les dio las entradas a unas amigas suyas.
Ahora suena un tema viejo de INXS, New Sensation.
-Pobre Michael Hutchence -dice Andy y nos reparte vasos y sirve el champagne, champán.
-¿Vamos a las pistas de abajo? -los aliento.

Los del 505 son tomados por sorpresa, pero a pesar de eso le hacen frente al primer grupo y tiran patadas que, con semejantes borceguíes militares, pueden romper cualquier hueso poco o muy calcificado. Uno de los del auto alcanza a abrir el baúl y saca un bate de béisbol. Cae un segundo grupo de atacantes y consigue separar a uno de los pelados, lo rodean puños y piernas, el pelado grandote cae al piso, se defiende como un enorme perro ciego.

-Esto me gusta, sí -achica los ojos el Guillo, deslumbrado por los flashes que siguen el ritmo acelerado del rap/hip hop de Tres Delincuentes. Esta pista es más oscura, menos concurrida, subterránea.
-Eh, ahí hay una amiga mía -dice Andy y se lleva la botella con él-. ¡Ya vuelvo!
-¡Les va a dar el champú a las minas! -se lamenta Luigi.
-Después compramos otro -lo tranquiliza el Guillo, un bucólico Buda urbano-. Además, consigo whisky a tres pesos.
-¿Qué whisky? -desconfío de tan buena oferta.
-Premium, me parece.
-Está muy bien, querido.
-Sí, está muy bien -acepto. Ahora suena Cypress Hill. El champagne está frío y seco, abre mis conexiones neuronales. Una mujer muy alta, pelo negro, maquillaje reflectivo alrededor de sus ojos de gata, se me viene, me grita por encima de la música, que está muy fuerte:
-¡Hola!
La miro, extasiado. Es que la maría juana de esta noche es HI-FI. Además, la morocha es un camión.
-¡Hola! -vuelve a decir-. ¿Te acordás de mí?
Shit, por qué habrá preguntado justamente eso.
-La verdad que no -me sincero-. Pero estoy muy ebrio, en este momento.
Se ríe. Mejor.
-Soy Luna. Nos conocimos hace unos meses en Mamacita, ese bar.
-Ah, sí -digo, tomo un trago.
-Después nos fuimos al entrepiso del Bar del Mar.
-Ahora no hay más del Mar.
-Ya sé, cambió de nombre.
Ahora suena Run DMC, un tema viejo. Tomo otro trago. Miro a Luna.
-Y después nos fuimos en tu auto.
-Ah, sí -digo, pero no sé de qué me está hablando. Debo confraternizar-. ¿Querés un poco?
-¿Qué es?
-Chandon Extra Brut -miento, seguro de que es Demi Sec. A que ésta no se entera de nada.
-A ver... -Da un par de traguitos pseudoeducados- ¡Ay, qué rico! Me encanta el Extra Brut, no puedo tomar otro champagne.
-Claro, claro -y le sonrío.

Los del auto bordó se la bancan, veo, vemos, y pegan golpes y putean y tiran patadas y el del bate le acierta a un gordo tremendo de pelos enrulados muy largos en plena cabezota y el fiera cae y sangra y se retuerce. Pero llegan más y más bandas de tipos enardecidos, aullando, y se enrollan las remeras y las camperas que dicen Los Ratones, Nirvana, Sepultura, hasta hay un par de punkitos con sus estandartes de los Sex Pistols, Los Ramones, y al toque imitan a los más experimentados y también se enrollan los trapos en los brazos y así paran los batazos del pelado, de algún lado vuela una botella de cerveza y aterriza en la nuca del grandote macizo y hace ¡ah! y, mal para él, cae.

-¿Estás sola? -le pregunto a la catadora.
-No, con dos amigas, ¿las ves?
Dos morochas más, pantalones superajustados que embuten magníficos culos.
-Bueno, traelas para acá y se las presentamos a mis amiguitos del alma.
-¿Cuáles son?
-Esos dos que bailan como payasos en el medio de la pista.
Es que ahora resuenan los Red Hot con Warped, nada menos.

Y llegan más y más y los pelados son sobrepasados y cagados a golpes, y un flaco alto con la remera de Central agarra del cuello a uno de los del 505, un petiso que grita basta basta, y el canallón le da una piña en la boca, otra trompada en la nariz, se la rompe con sus dedos llenos de anillos. Uno de los punkitos le da un batazo al parabrisas trasero del auto. El vidrio se fragmenta, pero resiste. Otro palazo. Vuelan las esquirlas.

-¿Vamos a pedir unas cervezas? Yo te invito -digo, mientras saludo con besitos a las fuertísimas amigas de, eh, Luna.
-Dale, vamos.
-¡Eh, che, pónganse las pilas que hay unas mujeres que los esperan! -le parto el oído al Guillo.
-¿Dónde, dónde? -babea el muy simiesco.
-¡No podés controlarte un poco! -lo reto-. Ahí.
Luigi es el primero en encarar, muy simpático él. Excelente, esta noche promete. Y pensar que casi no salgo, hacía, hace tanto frío afuera, en las calles. Le paso un brazo a Luna por la cintura, caminamos en dirección a la barra, algo me golpea la nariz, medio segundo después los ojos. Un olor... Un olor conocido, pero qué.

Y llegan más y más, y todo se convierte en una masacre, los pelados son aplastados, triturados en la más salvaje, uno, un rubio, el más alto y grande (y son todos muy corpulentos y llenos de músculos), pierde su campera de cuero negro de alta calidad y deja ver debajo una remera blanca con una nítida, negra, definitiva esvástica en el centro. La remera empieza a mancharse de gotitas rojas. El auto es bordó, o rojo.

Gritos, gritos, me sorprendo tosiendo, un humo espeso brota de algún lado y chicos y chicas que corren y tropiezan y caen y yo mismo olvido todo y corro hacia la escalera, la escalera está atestada de chicos y chicas que gritan, se debaten por subir como pueden, alguien cae desde el piso superior, se golpea contra la baranda de la escalera, gritos de auxilio, gritos de un incendio, ¡UN INCENDIO! SE DISPARA MI INSTINTO trepo encima de dos o tres mujeres que están siendo aplastadas una mano me agarra del cuello, me tira para atrás con increíble fuerza, caigo sobre alguien, tiro puñetazos al aire.
-¡Pará, Martino, carajo, pará!
ES EL GUILLO QUE ME SACUDE y me arrastra hacia abajo, de donde vengo, hacia el humo del incendio el humo tóxico, monóxido de carbono, óxido, nos vamos a morir, me ahogo, toso y escupo y vuelvo a escupir. El Guillo me tira al piso. Abro mis ojos: a mi lado están Luigi y un par de chicos más, PERO EL HUMO SIGUE Y SIGUE Y.
-¡Es gas lacrimógeno, quedáte ahí!
ME GRITA el Guillo y se tira a un costado y se pone un pañuelo en la cara, entonces, entonces no nos vamos a morir, veo que el humo es menos denso a ras del piso, oigo los gritos y los alaridos de los que quieren salir, escapar, tan desesperados, ahora suena Pearl Jam.

-¡MUERTE A LOS SKINHEADS! -aúlla, los ojos desorbitados, un negro con cara de chino con dreadlocks desteñidos mientras salta encima del techo del Peugeot 505. Todos están encantados con la idea, y se abocan a hacerla realidad. Suena un tiro, algo lejos. La media docena de pelados es carne de morgue.

El Guillo se levanta y salta a la cabina del disc jockey, pisoteando las bandejas, ahora deja de sonar Pearl Jam y es la música del PÁNICO PÁNICO la que todo lo invade, el Guillo tironea de una ventana que, parece, da a la calle, la fuerza, LA ARRANCA, vuelve a bajar, nos grita: ¡vamos, suban, suban!, lo seguimos, primero se trepa Luigi, unas manos lo reciben desde afuera, después salen los otros dos chicos, ahora es mi turno, saltan unas chispas de debajo de los controles del disc jockey, se enciende un fuego, ¡pero dale Martino subí!, me empuja el Guillo, estiro MIS MANOS OTRAS MANOS LAS AGARRAN SALGO AL AIRE FRÍO DE LA NOCHE, toso y escupo y escupo y me doy vuelta y miro a la ventana de la que sale cada vez más humo y veo el resplandor de unas llamas EL FUEGO y me abalanzo hacia el humo y no puedo ver ni respirar y tanteo y estiro mis brazos y una mano me roza desde abajo la atrapan mis manos Y TIRO Y TIRO Y Dios es muy pesado, pero alguien a mi lado también tira y sube y subimos al Guillo que tose como un marihuanero tuberculoso y otras manos nos ayudan y lo sacamos y nos arrastramos por la vereda, alejándonos de esa muerte.

Otro tiro, otros dos tiros, y las bandas, las tribus se retiran llevándose a sus heridos y dejando un tendal de cabezas rapadas abiertas, rajadas a golpes. La sangre dibuja gotas, hilos, charquitos, se mezcla con los vidrios desmenuzados, el pavimento se entibia con el líquido que humea tenue, las luces y las sirenas llegan, se acercan, apenas si van a poder sacar algunas fotos y juntar los pedazos.

-¿Qué hacemos, Martino? -Luigi está agotado, bastante mal, y me mira y lo mira al Guillo que está boqueando panza arriba.
-Vengan, vamos a llevarlo del otro lado de la esquina, que hay ambulancias -dice uno de los chicos que estaban con nosotros, abajo, y con otros que aparecen cargan al Guillo y Luigi se va con ellos y yo intento ponerme de pie, pero me da una arcada y vomito un poco de champagne agrio, no sec, junto al cordón de la vereda.
-Martino, che, Martino.
Enfoco: Andy se me acerca, me levanta, me sacude por los hombros.
-¿Estás bien?
-Burc... A vos qué te parece.
-¿Y los chicos?
-Se los llevaron a una ambulancia.
-¡¿Qué?!
-Pero están bien; Luigi está mejor que yo.
-¿Y el Guillo?
-El Guillo se va a poner bien, seguro. Es una bestia.
-Bue, mejor. Llegaron los bomberos, la cana, esto es un quilombo.
-Ya veo.
-Vamos a buscar el auto, que con este descontrol me lo pueden llegar a afanar.
-¿Y vos pensando en tu auto?
-Sí. Después volvemos y levantamos a los chicos y nos vamos a casa a tomar algo.
-Mierda, qué sangre fría, Andy.
-¿Y qué podemos hacer? Vamos.
Y caminamos, nos alejamos de las luces intermitentes y las sirenas esporádicas y los llantos de las mujeres, y yo que todavía escupo un poco, pero respiro y sigo caminando.
-¿Vos dónde estabas? -le pregunto, respiro más hondo.
-Arriba, cerca de la entrada VIP, así que salí enseguida.
-Ah.
Andy enciende un cigarrillo.
-¿Querés uno? -me pregunta.
-Pero, no seas hijo de puta.

-Pasa que hace un rato unos nazis lo fajaron a mi amigo, acá -y Andy me señala: todavía tengo los ojos irritados y estoy, en general, bastante desfigurado-. Y además les pegaron a dos minitas que estaban con él, y que venían a ver el recital de Divididos.
Los fieritas rocanrol me miran, yo pongo cara de pobrecito, lo miran a Andy que está ofreciéndole un cigarrillo a uno de los pibes, se miran entre sí. Andy da fuego, hace un silencio estratégico, drama griego.
-Las minitas están en el hospital.
-¿En el hospital?
-¿Seguro que son nazis?
-¿Dónde están?
Andy levanta, apenas, la voz. Veo que llegan otros pibes, que nos rodean.
-Si alguien lleva anillos con esvásticas y grita muerte a los negros -micropausa-, mientras les da patadas con borcegos de punta de metal a dos minas -pausa-; ¿son nazis, o qué? -Pausa-. Hágannos el aguante, vieja.

-Pero dale, fumate un pucho -me carga Andy, se ríe.
-Dejate de joder, por favor.
Pasamos al lado de un grupo de tipos con camperas de cuero que están tomando cerveza al lado de un auto, uno se nos pone delante, nos cierra el paso.
-¡Eh, vos! -grita, a lo sargento.
Los tipos están en un lugar algo oscuro, debajo de una columna de luz que parpadea, ahora se enciende: el que nos intercepta es grandote, rubión, el pelo muy cortito.
-Epa, qué tenemos acá -hace Andy.
-¿Cómo te va, primo? -saluda el quía, se nos acerca: es muy alto, bastante más que nosotros.
-Qué hacés, Matías -Andy fuma su Marlboro, se dan la mano. Le doy la mano.
-Acá, tranquilos, tomando unas birras con los amigos -y Matías nos señala en dirección al auto: cinco o seis como él, nunca tan altos, pero bien cuadrados. Y pelados.
-Ah, qué bien -Andy está pensando.
-¿Vienen de Contrabando? -sonríe torcido Matías. Una sonrisa muy parecida a la de mi amigo, en ciertas y pocas ocasiones. Gen de familia.
-Sí, de ahí venimos.
-Qué despelote se armó, ¿no? -pregunta, se ríe.
-Sí.
-¿Vos estabas adentro?
-Sí, estábamos adentro.
-Qué lástima -vuelve a reírse-. Che, Andrés, ¿puedo ir a la casa de tus viejos, quiero decir, a tu casa, en estos días?
Andy piensa, pita el pucho, lo tira, sonríe. Con franqueza.
-Sí, Matías, cómo no. Llamame, antes.
-Perfecto. Chau, primo.
Se saludan, nos saludamos, seguimos caminando en busca del Fiat Tipo 1.6.
-Che, Veneno, ¿ése es el rockero? -alcanzo a escuchar que le preguntan a Matías.
Caminamos. Caminamos. Damos vuelta en la primera esquina. Acá no está, el auto.
-Acompañame, Martino.
-¿Adónde?
-Acá, al Bajo. Es un rato, nada más.

Muy cómodos y seguros, a más de media cuadra del 505 que ahora está rodeado de patrulleros y policías y un par de fotógrafos que tiran flashazos, Andy y yo miramos desde dentro del Fiat.
-Ahora sí, dame un cigarrillo -pido. Ni siquiera tiramos un golpe, se me ocurre. Mejor.
-Nunca me lo banqué, al primo -dice Andy, me da fuego-. Los chicos se habrán ido, ¿no?
-Creo que sí.
-¿Qué tal un café con leche?
-Estás realmente inspirado, hoy, Palermo.

1 comentario:

  1. Me gustó mucho tu novela. Es un proyecto muy copado.
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