
Estoy en el bar Warhol, que es, lejos, el que menos me desagrada. Espero a los amigos. Mientras tanto, tomo un Manhattan que por suerte fue bien hecho, cosa infrecuente. En el bar hay una muestra de fotos de un colega que se llama, se hace llamar Fernando F. Divertida, la muestra. El leit motiv es "Sangre y pavimento". El flaco estuvo meses en la guardia del Hospital de Emergencias Clemente Álvarez, saliendo con las ambulancias y registrando los accidentes de tránsito de la ciudad y alrededores: choques de autos, de motos, de camiones, de peatones arrollados y aplastados a lo matambre, un locomotora-versus-camioneta (el más grosso, cuatro muertos desmembrados a lo cine gore), y hasta uno de la propia ambulancia que se llevó por delante a un repartidor de diarios en bicicleta, una madrugada de sopor y neblina, corriendo para salvar a una viejita que se murió de todos modos en la sala de cirugía. Anécdotas aparte, las fotos son muy buenas y Fernando F. está feliz, muchas personas lo saludan y hasta hay un periodista del diario Rosario/12, que se dedica a atragantarse con canapés y sandwichitos. Para tomar hay nada más que ananá fizz y strawberry fizz y jugos sintéticos de naranja y pomelo, así que tuve que pagarme un trago okey.
Suena una musiquita funky, parece Sly and the Family Stone, no puedo asegurarlo, pero si hay un lugar en Rosario donde pasan música escuchable, es éste. Miro hacia la puerta: están entrando Luigi y el Guillo, los dos recolgados y con anteojos oscuros, los pavotes. Pero hasta con los lentes se los nota desfigurados, rictus canábicos aflojándoles y poniéndoles en tensión los musculitos faciales. Malditos. Me doy media vuelta, me interno en los cardúmenes de pirañas de vernissage de inauguración de x-posición, tomo mi buen Manhattan que seguro me levantará el ánimo, Dios, que sea rápido. Es muy temprano, todavía. Giro a mi derecha, y.
1 metro setenta y pico, a ver, tendrá tacos, sí, pero son cortitos, entonces 1 metro 77, 78; delgada no escuálida, no anoréxica, muy esbelta, muy bien parada; piernas largas, pantalones verdes con líneas amarillas, dos serpientes, coooool; saco de cuero marrón oscuro seventies que tapa su culito, que mis zonas imaginativas definen como superior, muy duro y fuerte; brazos armónicos, hasta melódicos; hombros armados sin esfuerzo; y pelo rojo, rojo. Me acerco, sin pensarlo.
Ah, pero si una luz rojiza le da justo en la cabeza. Sin embargo, es pelirroja, suavemente colorada, casi rubia. Me paro a su lado. Miro por sobre su hombro: charco de sangre negruzca que se mezcla con masa encefálica que sale de la achatada cabeza de algo que sobresale de un intríngulis de fierros y plásticos y astillas de fibra de vidrio.
-Fuerte. -Me paro algo más adelante, para poder verla con comodidad cuando giremos.
Pero ella no gira.
-Sí, la fuerza de la imagen. Esto no es real -me contesta, con convicción pero sin énfasis.
Bueno, esto no estaba planeado.
-Tal vez no, pero yo puedo sentir la sangre, puedo olerla, hasta podría lamer la foto y probar su sabor.
-¿De verdad? -Sé que sonríe, aunque apenas si intuyo su cara-. A ver, probá.
Sonrío nada más que para mí mismo, acerco la boca al papel, paso la punta de la lengua por la imagen del charco que se muere.
-¿Entonces? -hace la, esta mujer.
-Como siempre -le devuelvo-. Salada, con un toque de nafta de 99 octanos.
Hace una risita, ahora sí gira: no, sí, linda, bella, hermosa, con dos círculos azules que me miran y me perforan y, trago saliva, qué decir.
-¡Eh, Martino! -me palmea la espalda el Guillo. Nunca pensé que pudiera alegrarme tanto de saludar a estos amigos.
-¿Qué hacés? -pregunta Luigi y termina su rojito fizz y lo intercambia a velocidad luz por otro que pasaba trepado a la bandeja de un mozo.
-Todo bien, acá -sospecho que cualquier cosa que diga será usada en mi contra, así que actitud pasiva.
-Uhhh, man, mirá esta foto -gargajea el Guillo.
-Qué descontrol, querido -comenta Luigi.
Y se cuelgan con la masacre, por suerte. Aprovecho, y largo, sin que la frase pase antes por mi cerebro.
-Probá esto, que no está mal -a la extraña. No duda, acepta el Manhattan.
-Fuerte, también. -No me devuelve el whisky más vermouth más bitter más hielo. Me mira.
-Vamos a sentarnos -y ya la saco de ahí. Los chicos siguen babeando frente a la imagen.
Corte a mesa contra pared. Enfrente mío: ella, que apoya una carpeta sobre el mantel.
-¿Y esto?
-Fotos. Mis fotos.
-¿Sos fotógrafa... o modelo?
-Intento ser lo primero para dejar de una vez lo segundo. -Y ríe. La frase me suena a... común.
-¿Se puede?
-Se puede.
Abro la carpeta, de tapas de ¿cartón acanalado?; adentro, carátula: Sofía di Lorenzo - Fotos - "Las Miradas"; sigo: un par de ojos en papel blanco y negro, ojos de niño, o niña; sigo: un ojo de anciana, o anciano; sigo, otro par de ojos, papel color.
-Estos son tuyos.
-Un autorretrato -me confirma.
Ahora nos miramos. Plano detalle de sus ojos. Plano detalle de los míos.
-¿Salimos? -propongo.
-Bueno.
En la puerta, casi habiendo logrado huir, me cruzo con Andy. Sus ojos: enrojecidos.
-Eh, Martino, ¿te vas?
-Un rato, después vuelvo -ojalá que no-, adentro están los chicos, por allá.
-Ah.
-Chau, che.
-Chau -hace, y se lo traga el bar.
En el exterior hace frío, me gusta, ella -Sofía- parece disfrutarlo.
-¿Adónde? -me pregunta, se sube el cuello del saco.
-Buena pregunta. Supongo que a otro bar, o a comer.
-No tengo hambre... Todavía.
-Entonces, caminamos hasta encontrar otro bar.
-Yo tengo auto.
-Qué suerte, qué bien, ¿vamos?
-Vamos. Está acá a la vuelta.
-...
-...
-¿Por qué fotografiás miradas?
-Por qué... Para aprender. Para aprender a mirar.
-Está bien.
-Es ése, el 504.
-Bueno.
-¿Me guardás la carpeta en el sobre que está debajo de tu asiento?
-Sí, claro.
-¿Por dónde voy? ¿Derecho, doblamos...?
-Doblá acá, por San Martín, vamos hasta Urquiza.
-Vos me avisás, ¿sí?
-Sí, eh... ¿No sos de acá?
-No.
-Ah. La próxima es Urquiza. Yo también soy fotógrafo.
-Yo todavía no soy fotógrafa.
-Cómo que no. Sacás fotografías, tenés una intención; resultado: sos fotógrafa.
-Bueno, desde ese punto de vista.
-...
-¿Martino es tu apellido, o tu nombre?
-No, mi nombre. Bah, Martín es mi nombre, pero.
-Martín está muy bien. ¿Vos expusiste el año pasado, en Warhol?
-Sí, pero a vos no te vi. No estuviste.
-No fui a la inauguración. Nadie me invitó; además, no me gustan esas... reuniones.
-¿Entonces, hoy...?
-Fer es un amigo, y además quería mostrarle mis fotos a un tipo que tiene un estudio.
-¿Y qué dijo?
-¿Quién?
-El tipo este, el del estudio.
-No, no se las di, al final.
-¿Por?
-Uy, porque... ¿Seguimos derecho?
-Eh, sí, no, no sé. ¿Querés que vayamos a un bar, o?
-¿O?
-Bueno, podemos ir a mi casa.
-Ah, bueno, jijiji. No andás con vueltas, Martín. Me parece que... bueno, no sé.
-Puf. Los bares, hoy, me molestan. Además, si querés ver fotos mías, nuevas.
-El viejo truco de ir a ver las fotos.
-El viejo truco de ir a ver las fotos. Más el nuevo truco de la botella de Jack Daniel's.
-¡Jack Daniel's! ¡Ay! ¡Hace tanto que no tomo Jack Daniel's!
-Qué mejor oportunidad. Che, ojo que se puso en amarillo.
-¿Y vivís solo?
-No, pero mi vieja está de joda en París, mi viejo no está, mi hermana tampoco.
-Bueno, no sé...
-Y no vuelven, hoy. Ni mañana. Nadie nos va a joder.
-¿Mañana, qué? Si voy es para ver tus fotos y después me voy.
-Jack Daniel's, Sofía.
-Está bien, dale; un vasito, miramos las fotos, me voy, mañana nos vemos. ¿Sí?
-Me parece bien, sí. En la próxima doblá a la derecha, a veinte metros está el garaje.
-¿El garaje?
-El auto va a estar más seguro. Están robando mucho, por acá.
-Pero si es por un rato... Pero, bueno, el auto no es mío.
-¿Qué, te lo afanaste?
-Casi. Es de mi tío, que me lo prestó para venir a Rosario.
-Esperá que te abro.
-...
-Dale, pasá. En el número 4.
-¿Seguro que lo puedo dejar?
-No hay problema. Salí primero que tengo que marcar la clave de la alarma.
-¿Y tu casa?
-Para allá, cruzando la calle. Buf, está frío.
-...
-...
-Me gustaron tus, tus fotos, Martín, las del año pasado.
-Ah, bueno, gracias, eh.
-"Gentes en plazas", se llamaba, ¿no?
-Pero qué buena memoria, sí, sí. Pasá, esperá que prendo la luz. Uh, qué quilombo.
-¿Por qué, "Gentes", en plural?
-Porque para mí, esas... Gentes, son más que "la gente" y menos que "la persona".
-Ah... Pero son personas, todas.
-Pero para mi cámara son extraños, desconocidos, objetos animados.
-Es duro, suena duro, eso.
-La imagen es dura, siempre, Sofía. Lo blando, en estos días, no se ve. Tu bourbon.
-Gracias. ¿Brindamos?
-Claro. Puf, por fin un motivo.
-¿Qué?
-Que... Bueno, que podemos brindar por, será cursi, por nosotros.
-Será cursi pero es lindo, también. Y por la imagen, ¿sí?
-Y por lo que no podemos fotografiar.
-Por lo que no podemos fotografiar.
-...
-...
-Bueno...
-Bueno...
-Vení, sentate un poco más cerca mío.
-¿Así está bien?
-Uf, sí, bueno, mirá, quiero decir, escuchá, yo.
-Sí, qué.
-Te parecerá idiota, bueno, no estoy muy acostumbrado.
-No, todo bien.
-En realidad estoy seguro de que va a sonar estúpido, pero.
-No importa, hay tantas cosas que siempre me parecieron estúpidas.
-No es una gran ayuda, eso, mujer.
-Quiero decir que podés decir lo que quieras, Martín, que.
-Esto es raro, no quiero decir que nunca me haya pasado, pero hace tanto.
-Está todo bien, no importa.
-Bueno, pero.
-No es tan grave.
-Bueno, no sé, es que, uf.
-¿Te puedo acariciar?
-¿¡!?
-Mientras me decís eso tan terrible... ¿Puedo?
-Sí...
-Gracias...
-"Sofía"... Es tu nombre, definitivamente.
-Definitivamente...
-...
-...
-Qué lindo abrazo...
-Mmm... Mar-tín...
-Shhh, dormite,dormite...
-Mmm...
-Shhh...
-...
-...
-Ey, Martín... Martín, despertate. Martín...
-¿Eh...?
-Dale, que son más de las siete... Me tengo que ir.
-¿Adónde, te vas a ir?
-A mi casa. Tengo que volver. ¿Me decís la clave del garaje? No, no te levantes.
-Pero quedate un rato, tomá algo, no sé, desayuná.
-No, no puedo. Si querés te llamo hoy a la tarde.
-Pero, pará, mujer, pará un poco. Uf, no. Bueno. Uf. Tenés mi número.
-No.
-A ver, Sofía, dame mi billetera.
-Tomá. ¡Ay! Dios mío, Martín, atendé el teléfono. Qué susto.
-Tomá, esta es mi tarjeta. Pero llamame hoy, Sofía.
-Hoy a la tarde, a la nochecita te llamo. ¿Cuál es la clave del garaje?
-4444. Cuatro veces cuatro. A prueba de, bueno.
-Chau, dame un beso, chau. Atendé que van a cortar.
-Chau. Cerrá con fuerza la puerta de calle, que a veces. Chau.
-¡Chau!
-Hola.
-Hola, Martino, por fin.
-Uh, che, qué carajo pasa.
-Tenemos medialunas de La Nuria y un porro marca ACME. ¿Estás desocupado?
-Dios mío.
-Martino, por favor, que hasta dentro de dos horas por lo menos no nos dormimos.
-No lo puedo creer.
-Dale, querido.
-Bueno, vengan.
-Hacé café con leche para tres. ¡Uh, perdón, con vos somos cuatro!
-Chau, hijos de.
-clack!
Sofía no me llamó, pero por lo menos recibí una carta suya, sin remitente, un mes después.

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